Mientras un nuevo sismo provocó, el miércoles 2, deslizamientos menores que obligaron a evacuar a quienes buscan a los desaparecidos, el senador Horvath insistió en la salida de la directora de Onemi y el alcalde Catalán giró en su táctica confrontacional con el gobierno. Estos juegos resultan irritantes al cotejarlos con las necesidades de una población sumida en el temor y el aislamiento.
En todo un clásico se convirtieron las declaraciones de quien era intendente metropolitano en 1983, el general Sergio Badiola, cuando aseguraba por TV que la situación suscitada por las inundaciones de ese año estaba “totalmente controlada”, mientras detrás suyo se veía como el Mapocho arrastraba algunos automóviles. Previsible o no, en algún grado, lo que haga la naturaleza, la autoridad está obligada a manifestarse muy cautelosa y eficientemente frente a ella, porque la gente será más implacable aún al exigirle cuentas.
Es lo que está ocurriendo frente al desastre telúrico de Aysén, donde, como nunca antes –ni menos durante el régimen militar- el elemento político ha venido a adicionarse, de manera muy ingrata, al dolor, el miedo y las necesidades materiales y de salud de la población. La legítima exigencia a los representantes y funcionarios públicos se distorsiona a menudo cuando entra en acción el juego entre bandos que actúan movidos por intereses partidarios o de facciones, y que por afán electoral aprovechan la oportunidad para enfrentarse entre sí o en contra de las autoridades locales y regionales.
Así se vio desde el primer momento durante la presencia en terreno de la Presidenta Bachelet, en el que confluyeron dos elementos. El primero es el estilo de la gobernante, de cercanía a la gente, del cual dio prueba tempranamente en 2001. Entonces, como ministra de Salud, se hizo presente en Maipú, a pocos minutos de producido el accidente de los fuegos artificiales de Año Nuevo. Ahí probablemente, mientras daba instrucciones como médico y autoridad, se afianzó esa insospechada popularidad que la llevaría a la Presidencia. Pero ese estilo le puede jugar la mala pasada de que las mujeres, en especial, la encaren en estado de penosa y rabiosa impotencia. Es lo que ocurrió el año pasado en Chiguayante y probablemente volverá a ocurrir en circunstancias parecidas, en las que la gente le hace reclamos, al mismo tiempo, a la mamá cercana y a la señora política.
El otro elemento fue la arenga a la muchedumbre por los opositores, con el caudillesco y políticamente incorrecto alcalde Oscar Catalán a la cabeza. Los parlamentarios empezaron a posicionarse de a poquito. El senador DC Adolfo Zaldívar se quedó al medio, entre la abnegación presidencial y la ira popular, admitiendo que se tomaron algunas medidas preventivas en marzo, pero que debió evacuarse entonces a la gente del área crítica. El diputado PPD René Alinco criticó primero a las autoridades y luego centró sus dardos en el alcalde, quien en su escalada verbal llegó a hablar de responsabilidades criminales de los autores de un díptico gubernamental en el que no se preveía el terremoto, mientras que el senador RN Antonio Horvath pidió derechamente la remoción de la directora de la Onemi, Carmen Fernández.
Lo claro es que se abrió una ofensiva contra el gobierno, en la cual la oposición ha decidido encarnizarse y algunos oficialistas desmarcarse, por desafecto o cálculo. La Presidenta ha procurado, a su vez, zafarse del acoso, fustigando a agoreros e irresponsables, de modo que las insuficiencias y errores del gobierno no dejen el terreno abonado para la labor de zapa. La Jefa de Estado, por su investidura, está posicionada para hacerlo. En cambio, la directora de Emergencia, la intendenta de la Undécima Región y la gobernadora de Aysén debieran cuidarse de hablar mucho, para que no les ocurra lo del general Badiola, ya que quien se exalta o explica demasiado suele enredarse y dejar una mala imagen.
El juego opositor y disidente no termina ahí, y se libra al interior mismo de los partidos y las alianzas. En el caso de la derecha, el presidente de la UDI decidió adelantarse, con un puñado de ediles y paquetes bajo el brazo, al viaje anunciado por Sebastián Piñera, a quien el alcalde Catalán – un UDI ex RN- trató primero de oportunista, para luego transmitirle la bienvenida en su calidad de magnate.
El verdadero problema político en torno a la tragedia es la inversión de recursos públicos y de colaboración efectiva con la empresa privada, en la que los salmoneros, por ejemplo, no esperen que la autoridad les indique que deben evacuar a sus trabajadores en riesgo, y se asegure, de algún modo, la subsistencia de los lugareños erradicados. Dar conectividad a las zonas apartadas y sacarlas del desamparo es otro frente donde focalizar el gasto social. Esto no resulta tan ingente, como tampoco la instalación de una red sismológica en el país, que en el plazo de cinco años no costaría, según los expertos, más de 8 millones de dólares. La ganancia que se perciba por colocar parte de las cuantiosas platas del cobre en el extranjero, en fondos sin demasiada rentabilidad, debe cotejarse políticamente con los déficit social y de infraestructura.
Es lo que está ocurriendo frente al desastre telúrico de Aysén, donde, como nunca antes –ni menos durante el régimen militar- el elemento político ha venido a adicionarse, de manera muy ingrata, al dolor, el miedo y las necesidades materiales y de salud de la población. La legítima exigencia a los representantes y funcionarios públicos se distorsiona a menudo cuando entra en acción el juego entre bandos que actúan movidos por intereses partidarios o de facciones, y que por afán electoral aprovechan la oportunidad para enfrentarse entre sí o en contra de las autoridades locales y regionales.
Así se vio desde el primer momento durante la presencia en terreno de la Presidenta Bachelet, en el que confluyeron dos elementos. El primero es el estilo de la gobernante, de cercanía a la gente, del cual dio prueba tempranamente en 2001. Entonces, como ministra de Salud, se hizo presente en Maipú, a pocos minutos de producido el accidente de los fuegos artificiales de Año Nuevo. Ahí probablemente, mientras daba instrucciones como médico y autoridad, se afianzó esa insospechada popularidad que la llevaría a la Presidencia. Pero ese estilo le puede jugar la mala pasada de que las mujeres, en especial, la encaren en estado de penosa y rabiosa impotencia. Es lo que ocurrió el año pasado en Chiguayante y probablemente volverá a ocurrir en circunstancias parecidas, en las que la gente le hace reclamos, al mismo tiempo, a la mamá cercana y a la señora política.
El otro elemento fue la arenga a la muchedumbre por los opositores, con el caudillesco y políticamente incorrecto alcalde Oscar Catalán a la cabeza. Los parlamentarios empezaron a posicionarse de a poquito. El senador DC Adolfo Zaldívar se quedó al medio, entre la abnegación presidencial y la ira popular, admitiendo que se tomaron algunas medidas preventivas en marzo, pero que debió evacuarse entonces a la gente del área crítica. El diputado PPD René Alinco criticó primero a las autoridades y luego centró sus dardos en el alcalde, quien en su escalada verbal llegó a hablar de responsabilidades criminales de los autores de un díptico gubernamental en el que no se preveía el terremoto, mientras que el senador RN Antonio Horvath pidió derechamente la remoción de la directora de la Onemi, Carmen Fernández.
Lo claro es que se abrió una ofensiva contra el gobierno, en la cual la oposición ha decidido encarnizarse y algunos oficialistas desmarcarse, por desafecto o cálculo. La Presidenta ha procurado, a su vez, zafarse del acoso, fustigando a agoreros e irresponsables, de modo que las insuficiencias y errores del gobierno no dejen el terreno abonado para la labor de zapa. La Jefa de Estado, por su investidura, está posicionada para hacerlo. En cambio, la directora de Emergencia, la intendenta de la Undécima Región y la gobernadora de Aysén debieran cuidarse de hablar mucho, para que no les ocurra lo del general Badiola, ya que quien se exalta o explica demasiado suele enredarse y dejar una mala imagen.
El juego opositor y disidente no termina ahí, y se libra al interior mismo de los partidos y las alianzas. En el caso de la derecha, el presidente de la UDI decidió adelantarse, con un puñado de ediles y paquetes bajo el brazo, al viaje anunciado por Sebastián Piñera, a quien el alcalde Catalán – un UDI ex RN- trató primero de oportunista, para luego transmitirle la bienvenida en su calidad de magnate.
El verdadero problema político en torno a la tragedia es la inversión de recursos públicos y de colaboración efectiva con la empresa privada, en la que los salmoneros, por ejemplo, no esperen que la autoridad les indique que deben evacuar a sus trabajadores en riesgo, y se asegure, de algún modo, la subsistencia de los lugareños erradicados. Dar conectividad a las zonas apartadas y sacarlas del desamparo es otro frente donde focalizar el gasto social. Esto no resulta tan ingente, como tampoco la instalación de una red sismológica en el país, que en el plazo de cinco años no costaría, según los expertos, más de 8 millones de dólares. La ganancia que se perciba por colocar parte de las cuantiosas platas del cobre en el extranjero, en fondos sin demasiada rentabilidad, debe cotejarse políticamente con los déficit social y de infraestructura.
Cataclismos como el de Aysén dejan al desnudo realidades muy dramáticas y las carencias no se llenan con guerrillas subalternas. En la búsqueda de la solución a los problemas, las pasadas de cuenta tienen que ser también eficaces y apuntar a quienes de verdad se necesite relevar para hacer mejor las tareas.
