¿Una reina con sensibilidad social?

Lo peor que le podría pasar a la Jefa de Estado es que ella quede ante sus conciudadanos como una suerte de reina, que entrega el gobierno a un Primer Ministro y a un “hombre fuerte” de la economía. Dejando para sí sólo el tejido de las redes de protección social, el que se ha visto, por lo demás, severamente cuestionado por la puesta en marcha del malhadado Transantiago.

Que el entusiasmo y la fe del carbonero no bastan, aunque éste tenga singulares cualidades para acometer su tarea, lo está demostrando el nuevo ministro de la Presidencia, ante las enormes dificultades que empezaron a aparecer en su camino. El más caracterizado rival interno de Viera Gallo en el PS, el senador Alejandro Navarro, graficó la situación de una manera pintoresca, pero que ayuda a entender un punto de la coyuntura. Después de reunirse con aquél en La Moneda, el senador Alejandro Navarro dijo: “El problema con José Antonio es que generalmente señaliza a la izquierda y vira a la derecha. Ahora está señalizando para la derecha”.

La imagen esconde, en todo caso, el desistimiento de Michelle Bachelet de una de las ideas fuerza con que se instaló en La Moneda: la renovación de las élites gobernantes con mujeres y hombres que estaban subsituados o en la reserva del Estado. El fin de la paridad y el llamado a hombres que no ejercían su vocación pública trajo como nuevos titulares a ex ministros y ex parlamentarios, subsecretarios y embajadores. El tren se vistió de colores tecnocráticos y ecuménicos y se le dotó de un itinerario: una vuelta de tuerca en el Transantiago y postergación de la TV digital; diversificación de la matriz energética y descarte, en este período, de la fuente nuclear, y avances en las modernizaciones en los frentes militar, judicial y medioambiental. Para el ministerio más político de todos los tocados por el ajuste la tarea era obvia: mejorar las relaciones con las filas opositoras y –tanto o más difícil- con las oficialistas.

 Para esto Viera Gallo debía moverse en tres ejes, por lo menos: terminar con el clima de guerra con los partidos y de luchas al interior de éstos, en momentos que la capital del país vive el lacerante drama social suscitado por el Transantiago. Sin tocar directamente el tema –aunque probó su sensibilidad sacando una tarjeta bip! del bolsillo cada vez que pudo-, el ministro debía transmitir la idea de que se estaba ante un tema político, de Estado, aunque su solución fuese técnica.  El segundo eje lo constituía la demorada designación de un nuevo Contralor General de la República y había que demostrar resolución y eficacia en producir consenso en torno a un nombre. El tercero, en fin, era agilizar la agenda legislativa y –para sorpresa de la derecha- los proyectos elegidos como emblemas fueron los de sistema e inscripción electorales.

El pronóstico es alentador sólo en el eje del Transantiago, no porque se visualice una salida a corto plazo del atolladero, sino porque se ha manifestado una voluntad clara de girarle crédito político al ministro Cortázar. Incluso discursos agoreros como el del senador Longueira conllevan un compromiso en ese sentido, en tanto que las voces más negativas de la UDI tienden a desvanecerse en el ambiente, aunque alcaldes como el de Recoleta encabecen legítimas, pero algo confusas, manifestaciones de protesta a bordo de una antigua micro amarilla.

La puesta en el tapete como candidato a Contralor de Ramiro Mendoza marcó una señalización a la derecha, pero las reacciones la excedieron. La acogida que su nombre suscita entre los senadores opositores contrasta con la esperada de los socialistas Navarro y  Naranjo y también con el persistente rechazo de quienes como el DC Adolfo Zaldívar insisten en un funcionario del organismo. No se cumplirá aquí el objetivo de alinear las filas oficialistas.

Lo que sí puede considerarse un éxito es el relanzamiento de la reforma electoral. Aunque no se apruebe finalmente, por el enredo que arman los directamente afectados –los parlamentarios de todas las layas-, el hecho de que provoque una división en la derecha ayuda a clarificar las aguas. Aquí es donde Viera Gallo, más que un negociador vaticano –como lo llamó el analista Ascanio Cavallo- parece un operador capaz de asumir actitudes florentinas. El “socialista conservador, católico” recuerda su pasado Mapu como subsecretario de Allende y aboga por la reincorporación al Parlamento de los comunistas, que tanto dieron al país, dijo. Esto es como la discusión de 1958 sobre la Ley de Defensa de la Democracia, agregó, y es bueno que se sepa quienes están o no por sacar del ostracismo a una fuerza política significativa.

¿Maniobra maquiavélica, otro saludo a la bandera de una clase política que no quiere realmente el fin del binominal? Más que eso, las imágenes podrían sugerir una nueva escenificación en la cúpula: la Mandataria se repliega en su papel promotor del “empodereramiento” –una palabra que a ella le gusta utilizar- de los ciudadanos, la mujer y las figuras nuevas. Las pesadas inercias de las estructuras sociales y estatales y los hábitos centenarios en las relaciones entre grupos y países la obligan a renunciar a algunos gestos que le demanda su sensibilidad de socialista -como el voto por Venezuela en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas- y de mujer, como deshacerse de una apreciada colaboradora en la secretaría general de la Presidencia.

Lo peor que le podría pasar a la Jefa de Estado es que ella quede ante sus conciudadanos como una suerte de reina, que entrega el gobierno a un Primer Ministro y a un “hombre fuerte” de la economía. Dejando para sí sólo el tejido de las redes de protección social, el que se ha visto, por lo demás, severamente cuestionado por la puesta en marcha del malhadado Transantiago.