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Agosto 20, 2026

Pensar América latina desde Europa

En los años sesenta del siglo XX Florestán Fernandes, sociólogo brasileño, escribió en la revista Mexicana de Sociología bajo el título genérico de “Las ciencias sociales en latinoamérica” un ensayo que acabó por irritar y sacar de sus casillas  a los científicos sociales de las excelsas universidades del viejo continente que se jactaban de comprender  nuestra realidad socio-política y cultural.

En él, Fernandes, denunció el sentido que tenía para ellos dedicarse al estudio de las sociedades latinoamericanas desde el primer mundo. Sus conclusiones no podían ser más devastadoras. Quienes miraban la región no lo hacían vocacionalmente, salvo excepciones. Sus objetivos eran terrenales: prestigio social, oportunismo, ascenso académico y mejoras salariales. Preguntarse sobre la historia de Argentina, Chile, México o Bolivia tenía fines espúreos, eso sí, tan válidos como interrogarse sobre la siembra de las patatas o la emigración del mirlo negro. Por ello, la mayoría de las investigaciones adolecían de calidad. Así, muchos terminaban abandonando y dedicándose a otros menesteres en el medio y largo plazo. Con semejantes docentes, concluía Fernandes, era casi imposible crear una comunidad científica entre ambos continentes para debatir ideas. Lo más que se podía llegar era al  intercambio de tarjetas de visita y programar viajes de turismo académico, sin perder las buenas maneras. La imagen se completaba con un convencimiento de estar ante una comunidad de profesionales sesgados por el colonialismo  cultural.  Como europeos estaban convencidos del escaso aporte teórico  de América latina al desarrollo  del conocimiento  en especial a  las ciencias sociales. La cuna del saber había sido Grecia y Roma y en la modernidad había construido la civilización occidental.  Paris, Roma, Amsterdam, Nápoles o Berlín. Nada creativo podía venir del Sur.  Romper esta lógica perversa requería  una dinámica  asentada en otros criterios tanto epistemológicos como humanos y sólo había una manera de lograrlo.

 
El fundamento era simple, pensar América latina sin los prejuicios del colonialismo cultural. Era obligado acudir con cierto grado de modestia intelectual. Y para ello,  había que  vivir, pensar y compartir la realidad, bajo la experiencia del ser latinoamericano.  Residir  en Santiago, Ciudad de México, Lima, Buenos Aires o Bogotá. Fernandes pedía  responsabilidad, compromiso no filiación política. Nombres como Gino Germani, Alain Touraine, Alain Roquie, Gunder Frank, Hinkelammert, Joan Garcés  o Norbert Lechner caben en esta categoría. Sus aportes son esenciales para comprender el siglo XX latinoamericano. Otros, tras pasar por el continente, mostraron su verdadera cara, decidieron venderse, ofreciéndose como asesores  a los gobiernos, ayuntamientos y aprovecharse de su experiencia e,los años sesenta; los más sangrantes  Manuel Castell y Jordi Borja. En cualquier caso, Florestán Fernandes tenía razón, sus conclusiones siguen vigentes. Para la mayoría de los europeos, estudiar América latina  constituye un pasatiempo, una opción profesional, una manera de hacer turismo y de ganar dinero.
 
Hoy, en Europa proliferan instituciones, centros de análisis, y un sin número de  universitarios  disque  expertos en América latina que siguen los mismos pasos, acompañados por políticos de derecha o de izquierda igualmente soberbios e ignorantes.  Se les ve pontificar sobre lo humano y lo divino de la realidad latinoamericana. No tienen vergüenza.  Refiriéndome a España podemos notar que son de un plumaje especial. Han leído cuatro cosas elementales y  publican libros, es el caso de Víctor Pérez Díaz. Catedrático, su obra es un insulto para la  historia y la sociología latinoamericana. Está llena de tópicos y  errores históricos. Sin embargo, da charlas, acude a tertulias y asiste a programas de televisión publicitando su libro. Pero si éste es un caso extremo de falta de respeto, podemos  señalar que la mayoría de expertos y asesores se presentan ante los medios de comunicación sin pudor. Son capaces de  explicar lo que está pasando en  Ecuador y diez minutos más tarde la realidad de Argentina, Uruguay, México, Chile, República Dominicana o El Salvador. No hacen asco. Si les preguntan sobre la problemática  política, tienen un discurso preparado. Señalan sus preferencias por el sistema  bipartidista, critican el presidencialismo, el déficit de  parlamentarismo, el alto grado de abstención y  la pérdida de confianza de la población en la democracia. Dan volteretas en el aire y terminan hablando de gobernanza, calidad de la democracia y  la evolución de las instituciones. Llegados a este punto, se sueltan el pelo.  Todo vale. Cuando les falla algo, recurren al manido populismo latinoamericano, concepto útil para solucionar  la falta de conocimientos. Si se atascan en los argumentos, se decantan por las tipologías y los  datos sobre pobreza, marginalidad o inversiones extranjeras. La audiencia lo agradece. Se apuntan a un terremoto y un tsunami.  Pueden disertar sobre los procesos de integración, el deterioro del medio ambiente, los derechos humanos, la estructura social, la geopolítica, el desarrollo económico, la biotecnología, las luchas de género, la cultura, el teatro, la literatura, la corrupción, la historia, la antropología, la religión, la política internacional, el fútbol, la violencia y el narcotráfico, todo un logro. Poseen el  don de la ubicuidad,  aparecen en  las noticias de las cadenas de televisión públicas y privadas  con sus galones diciendo  barbaridades.  El discurso ramplón se impone. Es un espectáculo.
 

¿No sé si la comunidad científica aceptaría este tipo de personajes si en vez de pontificar sobre América latina se tratase de Europa Occidental? Es decir,  catedráticos que un día acuden para  pontificar sobre la situación política, social, económica, cultural, geográfica, medioambiental de España y al día siguiente  con la misma pachorra sobre las drogas en Italia, la crisis de la familia en Francia, la inflación en  Holanda, el parlamentarismo en Dinamarca, la sucesión en Bélgica, los partidos políticos en  Rusia, los empresarios en Gran Bretaña. Cundiría el desasosiego y la vergüenza. Pero como se trata de América latina, es indiferente. Sirva como ejemplo una muestra. Tras el deceso de Pinochet, fui entrevistado junto a un colega considerado una eminencia en temas latinoamericanos. La periodista  inquirió: ¿Que pasará en Chile, muerto Pinochet?. Su respuesta más o menos fue ésta y no tuvo desperdicio. “Muchas cosas. Su pregunta encierra  interrogantes. Lo cierto es que la muerte de Pinochet, supone la desaparición del dictador.” Y ni se inmutó. Así pasan los días los expertos entre tertulias  y comidas de negocios. América latina, les importa un carajo, por eso viven de ella.