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Agosto 20, 2026

Doxa, Corsé y perneras

Las feministas norteamericanas, enredadas en los espejos del poder, sostenían que los modos lingüísticos femeninos ofrecían una imagen suave, “equivalente a la falta de mando”, por lo que había que copiar al hombre, seguir sus esquemas. El ejemplo más risible es “la dama de hierro”. Así, se critica que Ana Botella —esposa de José María Aznar—, siguiendo seguramente a sus asesores, muestre un discurso político cercano al de su marido, y se exprese de una manera “controlada y estudiada”.

El punto entonces es el lenguaje (esa urdimbre). En la palabra, como refiere un documento de Amesty Internacional, hay una historia, un descubrimiento, una  transformación, también una identidad, un combate, una victoria o una derrota; una palabra puede expresar el ingenio de una persona política, la creatividad de un artista, el grito de alarma de un activista; hay palabras que incitan a la violencia, otras a la paz; palabras que expresan el poder de excluir, otras, la voluntad de incluir.
 
Agnes Callamard, una investigadora de Amesty en Londres, estudia en el documento “El sexismo a flor de palabras” (en Internet), un fenómeno que, aún actualmente, muestra “un contrasentido gramatical”. Los gestores de los derechos civiles, políticos, económicos y culturales de la revolución de 1789, se negaron a otorgar a las mujeres los mismos privilegios que a los hombres. Problema —dice la autora— que llega a nuestros días por medio de la “nobleza” del género masculino, y la universalidad formal del término “hombre”, soslayando los supuestos pactos de igualdad entre hombres y mujeres.
 
El tema había sido discutido en la Asamblea Nacional pero, al ser considerada la mujer “desprovista de razón”, apenas se salvaguardó la legalidad de una minoría de ellas. Aun obviando que hasta en la toma de la Bastilla su participación fue activa (“La Libertad guiando al Pueblo” es mujer de carne y hueso, nos dirá Delacroix en 1831). Por eso una mujer, Olympe de Gouges, en 1791, redacta la Declaración  de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, al modo de una revisión de los Derechos del Hombre. La gestora de esta idea fue guillotinada dos años más tarde.
 
Recién en 1944 las francesas conseguían derecho a voto y a ser candidatas electivas en el plano político. Los demás países, poco a poco irán regularizando esta contrariedad, en aras de un circuito cultural que disciplinará lo genérico y también lo humano.
 
Antes, durante la Edad Media, la forma masculina no acaparaba la dualidad genérica del lenguaje. Los pregoneros declamaban para todos y todas (tuit et toutes), en el siglo XIII se podía decir alcaldesa (mairesse), comandanta (commandante en chef) e inventora (inventeuse); era la época en que el señor reinaba su feudo y la señora podía hacer del hombre un vasallo de su complacencia cortés. Pero el desnivel surge cuando las economías se vuelven más precisas y se entra en el monopolio del poderío de estado, cuando nacen los países (y los bancos) y —sobre todo— cuando el hombre se lanza a la aventura de descubrir nuevas tierras, incluidas las suyas, y termina dejando a la mujer en el hogar.
 
Más atrás todavía, Platón consideraba que la “opinión fugaz” de la mujer no representaba la verdad. Fingimiento, indiscreción e infamia. Doxa llamaba el filósofo a este lenguaje.
 
Desde que la mujer entra al ámbito de la igualdad en el plano de la educación, de la cultura en general, pero también —en el nivel afectivo— desde que se la considera como sujeto y no como objeto (en esa fecha que aún está llegando), ya puede ser estimada de honesta, ya se le escucha su discurso, ya ha retomado el poder y la gracia. Fortaleza que mostraba milenios ha, en la Prehistoria, donde eran las mujeres sedentarias las que cultivaban la tierra con sus hijos; fuente de la vida, afrodita, pues se tenía la idea de que en la fecundación de un nuevo ser no intervenía el macho; con poder social (regía cada cual su tribu), político y religioso; hasta que el hombre, en su afán de caza y aventura, descubre la propiedad y delira en las civilizaciones que iniciarán la Historia.
 
La mujer es naturaleza y el hombre es cultura, se dice. Cuando la mujer ha querido violentar la teorización cultural del varón, ha sido tachada de “bruja”. El hombre necesita nombrar (que es una forma de, buena o malamente, apropiarse del mundo) mientras que la mujer necesita ser nombrada (señalada, apreciada, atendida) o, al decir de la lingüista francesa Helen Cixous, debe provocar “formas en movimiento” al “escribir con su cuerpo”. El hombre se detiene en las cosas, en los objetos; la mujer, en las relaciones.
 
No podemos soslayar que el idioma cumple un papel fundamental en la formación de la identidad social de los individuos pero también, y fundamentalmente, en la conformación y proyección de nuestra identidad personal y sexual.
 
Lenguaje y gracia, cual secreto íntima, cual fuga, alimentan similares flores.