google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 20, 2026

Pedro Navaja ladrón de esquina…

Las peripecias de no pocos patriotas mezclados a mucha indelicadeza cometida contra el patrimonio público adquieren a ratos visos caricaturales. A las patéticas protestas de inocencia, “Yo  tengo mi conciencia tranquila”, se suman las excusas chantas que pretenden que el jefe de gabinete obraba a su antojo sin informarle al prócer, o bien que la repartición a tu cargo se manejaba sola, tú no fuiste, lo juras cachitos p’al cielo, faltaría más.

Si en un descuido de quienes velan por que estas cosas queden impunes te envían a la chirona de la Gente Como Uno, el miedo de que se te caiga el cassette estimula a muchos ilustres “amigos” a visitarte dando así público testimonio de la inconcebible injusticia que se está cometiendo contigo no vaya a ser cosa que te acojones y se te ocurra contar la firme echando p’alante a todo dios. Peripecias. No menos hipócritas son las protestas de la oposición pinochetista, los Larraín & Larraín, los Longueiras y los Moreiras, en fin toda esa satrapía que intenta hacer olvidar que participó del festín inmoral de la dictadura. Para estos falsarios la corrupción acaba de ser inventada, “Antes, gracias a Dios (y a la virgen santísima), estas cosas no ocurrían”. La oligarquía chilena se las ha arreglado durante siglos para ocultar que la acumulación de su gigantesco poder financiero es el producto del robo, la estafa, el fraude, el contrabando, la explotación, el esclavismo, el dolo, la prevaricación y hasta el crimen. ¡Desde los tiempos de la Colonia! Numerosos historiadores dejaron constancia de ello: Miguel A. Vallejo Vera, en su monumental obra “O’Higgins, una visión desconocida”, relata algunos ejemplos. “El caso más grotesco por su descaro fue el que se efectuó por dos siglos con el despojo y robo del Real Situado, que era el dinero que asignaba la Corona para sus gastos a las colonias”. El de Chile llegó a sumar doscientos doce mil ducados, pero ese dinero era robado por los hombres de negocios y a Santiago llegaban sólo fardos de cosas inservibles. “De este modo se apropiaban del Real Situado, enviando al Gobernador de Chile no más de cincuenta mil ducados, con los cuales era imposible realizar obras públicas, mantener alguna enseñanza, pagar la administración y el ejército”. ¿Parece cuento conocido? Espera, que no termina ahí: para la oligarquía que ha saqueado el patrimonio público durante siglos no hay lucro pequeño. Vallejo Vera prosigue: “Los fardos cerrados enviados a Santiago eran acá recogidos por otros especuladores privilegiados y con toda desvergüenza y lucrativa inmoralidad, éstos no tenían el menor escrúpulo en revender estas mercaderías ya pagadas, a los propios soldados y colonizadores, a quienes debían entregárselas. Y encima lo hacían a precios despiadados, “explotando el estado andrajoso y el hambre en que aquellos se encontraban por el abandono””. En el contrabando que dañaba las arcas reales participó la crema de la oligarquía naciente, incluyendo a más de algún Capitán General (Pinochet no fue el primer ladrón con ese título): “Hubo casos en que éstos mismos organizaron el contrabando, como ocurrió en Chile con don Juan Andrés de Ustáriz, quien, según se aseveró, firmaba disposiciones implacables contra los violadores “en nombre del Rey Nuestro Señor”, mientras por debajo recibía los crecidos intereses que el buen negocio le producía””. ¿Recién llegada la corrupción? No toques las pelotas: ¡La pudrición celebró hace algún tiempo su propio Bicentenario! En 1780 el rey Carlos III tuvo que enviar a un ministro para terminar con el escándalo, los robos y los abusos de la Colonia. En 1789 Ambrosio O´Higgins denunció la evasión fiscal e intentó arreglar “lo que hasta el momento era como una especie de conspiración para mantener impago a los tramposos, creando un terrible vacío de caudales en la hacienda pública” (informe al rey Carlos III). El mismo O´Higgins denunció a los terratenientes que le arrebataban sus recién nacidos hijos a los nativos para ponerles con fuego la marca del “amo”. El destino al que los encomenderos esclavistas sometían a los nativos era: “Trabajar todo el año sin intermisión, en las minas, en los obrajes, en la labranza de los campos y en todo cuanto sea de la comodidad y ventaja de éstos, que se llamaban sus amos, para que nada faltase a la esclavitud a que estaba reducida esta grande porción de vasallos de Vuestra Majestad” (informe al rey Carlos III). Los intentos de darle a este país la dignidad de una república se estrellaron siempre con el poder del dinero. El cura Ovalle acusó a la oligarquía chilena de haber introducido “la soberbia, la dañina diferencia de clases”, y de haberle levantado un “templo al orgullo y a la ignorancia”. Como dice Vallejo Vera, la aristocracia criolla se contagió con los prejuicios de la nobleza española. Esta última nunca le perdonó a Ambrosio el haber nacido plebeyo, ni la primera a Bernardo el haber nacido bastardo. Ladrones, pero de alcurnia, cuatreros pero con linaje. Lástima que el medio pelo concertacionista les haya elegido como modelo.