Las guerras de los colorines

Las pugnas por las elecciones y nombramientos territoriales echaron sombra sobre “la rectificación del modelo” reclamada por los colorines, y ante la cual se alzaron propuestas de “cambio” y “profundización” del mismo desde otros sectores de la DC. Mientras tanto, prosiguen los cantos de sirena derechistas para que el partido se baje del barco de la Concertación.

Los colorines dan ahora su guerra en dos frentes: contra la presidenta del partido Demócrata Cristiano, Soledad Alvear, y contra la Presidenta de la República, Michelle Bachelet. Dos hechos sin conexión aparente -pero que, en realidad, discurrieron juntos por los subsuelos más o menos ocultos de la política- desataron las iras del adolfismo: las elecciones territoriales de la DC y el recambio de intendentes y gobernadores, que estalló por sorpresa la tarde del domingo último.
 
En el primer caso, la crispación es por la lectura de la directiva alvearista del resultado de los comicios internos, de un triunfo aplastante contra la disidencia. En el segundo, porque la Presidenta cedió a las presiones y borró de un plumazo a los representantes de Zaldívar en el gobierno interior. “Una parte importante del partido se siente expulsada del gobierno, y de la peor forma”, dijo el lugarteniente de aquel, el diputado Jaime Mulet.
 
Si el primer hecho no tenía otro interés para el público en general que el constituir un factor en la carrera por la sucesión presidencial, el segundo tiene que ver con la gestión de las regiones. Y en la medida que los dirigentes partidarios insistan, también en ese nivel, en mantener los “equilibrios” dentro de la Concertación, los ciudadanos afectados pueden sentir que lo que se privilegia es el “cuoteo”. 
 
Y no tratándose ya de equilibrios entre partidos, sino entre  grupos en su interior, es una guerra sectaria la que se desata y, por extensión, de personalismos. No es un  misterio que tanto Alvear  como Zaldívar conservan intactas sus aspiraciones presidenciales y para eso trabajan, cada uno a su modo y de acuerdo a su circunstancia. Esto, que se inscribe en la lógica de poder que guía a los partidos y sus líderes, ocurre de manera sangrienta en la DC, lo que no hace sino restar las posibilidades de que haga valer su mejor derecho para encabezar a la Concertación en la batalla de 2009.
 
Como lo registra la crónica político-judicial de los últimos días, no sólo los corvos han salido a relucir por elecciones y nombramientos. De modo apenas un poco más sutil se está administrando, por gotas, la poción envenenada de las denuncias por corrupción. Es así que personeros alvearistas llamaron al adolfismo a asumir sus responsabilidades por el nombramiento del detenido Juan Michel en Chiledeportes y alguien deslizó una denuncia de desvío de fondos de esa repartición a la campaña del diputado Mulet. Mientras éste salió frontalmente al paso de la denuncia, Zaldívar ha cultivado, en las últimas semanas,  un perfil tan bajo que los parlamentarios que lo siguen le pidieron que volviera a “salir a la palestra”.
 
Y cuando el jefe colorín sale al combate, tiembla La Moneda. Durante la administración Lagos era aquel y no Pablo Longueira quien parecía el jefe de la oposición. Y su sentencia de entonces –“La Concertación ha muerto”- tuvo un correlato cuando anunció que en la actual legislatura votará sin alinearse con la izquierda ni la derecha.
 
¿Hasta cuando podrá estirarse la cuerda del desafecto con el gobierno, los socialistas y el PPD? Para preparar una respuesta, hay que sumar otros ingredientes. Desde luego, el zaldivarismo no es el único que tiene motivos dentro de la DC para sentir un alejamiento de sus socios. La diferencia está en que Alvear arrió por ahora, por razones estratégicas, la bandera de la confrontación con Bachelet, al considerar que no le convenía disociarse de su popularidad actual y que un saldo final negativo de su gestión podría atribuirse, por una porción de la ciudadanía, a una razón de género, lo que jugaría en contra de una aspirante a sucederla. Esta constatación no elimina las actitudes recalcitrantes, como la del diputado chilote Gabriel Ascencio, ni las advertencias que de vez en cuando emite el senador Jorge Pizarro, la última vez por la falta de apoyo del “equipo político” a la dimitida subsecretaria de Deportes, Catalina Depassier, por el falseamiento de su currículo (hecho más importante que la insuficiencia académica).
 
Un punto en que las sectas decés tienden a reencontrar su identidad común es en los temas valóricos, que los llevan a agruparse incluso con la derecha en “frentes por la vida”. Pero vuelven a alejarse entre ellas y también respecto de la Alianza cuando discuten sobre “el modelo económico y social”. Hoy existe al interior del partido un debate animado principalmente por los colorines para “corregir el modelo”. Con  esta postura se han confrontado –según nos decía el presidente de la Juventud Demócrata Cristiana, Héctor Gárate- las de “cambio del modelo” de Sergio Micco y de  “profundización” del  mismo de Ignacio Walker.
 

Pero la lucha por los puestos de trabajo ha impedido que trasciendan estas posiciones doctrinarias. Mientras tanto, los cantos de sirena derechistas para bajarse del barco de la Concertación –provenientes, entre otros, del presidente de RN, Carlos Larraín, y del senador  Alberto Espina- no cesan de escucharse desde la isla en que está confinada la oposición.