Te ungiste de todos los honores posibles, trasformándote en Generalísimo, en Senador vitalicio, en una especie de “padre de la patria” para vergüenza de O’Higgins y otros, te transformaste en un personaje que pudo navegar en la más absoluta impunidad amparado en tus propias leyes, hasta que llegó el día en que en tierras ajenas fuiste detenido por Jueces españoles que pretendieron llevarte a juicio por tus crímenes y aberraciones, pero ahí convergieron las fuerzas del mal encabezadas por Frei, Insulsa y muchos más, para liberarte de cumplir con las leyes terrenas, y mediante argucias y mentiras, pudiste volver al país que nunca debió haberte visto nacer, para seguir disfrutando las mieles de tu propia maldad. Para seguir escondiendo dineros robados, para seguir ordenando que las hojas se movieran o permanecieran quietas.
La historia y el mundo entero ya te juzgó, y todos, absolutamente todos los seres humanos que luchamos en la vida para que ésta sea tan sólo un poco más digna, ya te condenamos, y es por eso que, precisamente el día en que en el planeta se celebraba el Día Internacional de los Derechos Humanos, se te ocurrió hacer algo que no tiene mayor significación y que todos haremos finalmente, morirte. Es lo único digno que hiciste en toda tu larga vida, y en medio de los “honores” que le están brindando a tu cadáver, encerrados en recintos militares, rodeado tu cuerpo de cobardes que aprendieron de ti, con una bandera chilena a media asta pero manchada de sangre hasta el vómito, cobijado por todo un sistema de impunidades y complicidades, sin haber sido condenado por las leyes de los hombres, pero habiendo sido condenado por las leyes humanas, te despido en tu viaje final deseándote que tengas: por traidor, por asesino, por terrorista, por cobarde, por sinvergüenza, por ratero, por miserable, por representar lo más bajo de la escoria humana, por todo esto y mucho más, un buen viaje, General Pinochet.
David Rencoret
Diciembre del 2006
