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Agosto 18, 2026

Todos los caminos conducen al infierno

Casi nadie es capaz de resistir a las tentaciones del demonio. Es que Don Satanás abre las puertas del infierno y el calor de las brasas ardientes iluminan nuestras zonas más oscuras, despertando todos los sentidos humanos, embriagándonos de hedonismo y una desmesurada pero necesaria libertad.

Entonces nos arrancamos del paraíso abúlico y rutinario en el que vivimos, y nos apropiamos de la noche con desenfado y a veces con exceso de intrepidez.

La primera imagen que se recrea en el inconsciente colectivo es la de una parrilla cuyos fierros se calcinan con la combustión del carbón, mientras sobre ella descansan los restos descuartizados de un animal ingenuo, de nula inteligencia, que fue sacrificado para satisfacer nuestras apetencias, en un ritual donde la muerte se confunde con el alcohol estrujado de las uvas que ya no burbujean porque fueron trituradas por los pies descalzos de unos campesinos para convertir la fruta dulce en vino.

Sin duda, mucho más creíble y verdadero que la conversión mágica que habría hecho Cristo del agua en vino, según cuentan, los cronistas de su época. Todos militantes incondicionales del cristianismo popular y político que se sublevaba contra el imperio romano, enarbolando un discurso de sacrificios y resignación frente a la dominación militar imperante; en contraste con Espartaco, líder de los esclavos y gladiadores que se alzó en armas y combatió con dignidad y honor en contra sus cancerberos.

Son las lógicas de Dios y del Demonio; la sumisión del primero y la rebelión del segundo. El hombre posee en su interior un ángel y un demonio según el escritor Dostoyevsky, que se confrontan e influyen en el tipo de decisiones y en las conductas asumidas por el hombre.

En nuestro país las tentaciones de Satanás son inofensivas comparadas con aquellas que están dotadas de cierta moralidad y actitudes “políticamente correctas”. Mientras los discípulos del primero se funden con la ciudad hurgueteando entre las arquitecturas ciegas para ventilar el cuerpo y la carga de emociones contenidas, los otros, asumiendo el ordenamiento valórico que nos impone la principal divinidad de la globalización: San Dinero, actúan en consecuencia con los principios fundacionales de su evangelio, atesorarlo en pequeñas o grandes cantidades para alcanzar prestigio social y poder.

Los métodos son variados, y el viejo concepto de austeridad es desfasado por los apetitos voraces de quienes se proponen alcanzar un espacio dentro de las elites.

¿Para que se hace empresa?, simplemente, para ganar dinero. ¿Para que se postula a un alto cargo público en la mayoría de los casos?, para ganar dinero, y en cantidades superiores a la mayoría de los mortales de carne y hueso. Sin embargo, si reflexionamos para que trabaja la mayoría de los chilenos, el resultado será el mismo, para ganar dinero.

Y es que el dinero nos proporciona supuestamente “una mejor calidad de vida”, según los criterios ideológicos del neoliberalismo, confundiendo crecimiento con desarrollo. Porque crecer significa multiplicar los objetos de consumo para incorporarlos a nuestro perfil de vida cotidiano, cuantificando el patrimonio individual, y por tanto, la propiedad.

Por esta razón los chilenos son en gran medida consumidores compulsivos, cada vez que reciben dinero el destino inevitable será comprar, irse al Mall más cercano y agotar su efectivo, y si este no alcanza a satisfacer sus expectativas aumentan su deuda personal a través del uso de tarjetas de crédito.

Al final, la religión del dinero deja al sujeto con una sensación ambigua de felicidad y vacío. Porque los objetos forman parte de su riqueza material relativa; pero como la producción en serie debe continuamente perfeccionarse, los productos van quedando obsoletos en un corto plazo, y por tanto, el status alcanzado nace y muere continuamente.

Hay claramente en este forma de vida, una confusión entre necesidades y deseos, porque las primeras son finitas y se pueden sintetizar en las siguientes: subsistencia, protección, entendimiento, afecto, participación, creación, identidad, ocio y libertad; en cambio, los deseos son infinitos y se promueven a través de estrategias de marketing con el fin de internalizar el consumo entre las personas.

Primero fue el celular para comunicarse, luego se le incorporaron juegos virtuales. En la actualidad disponen de fotografías digitales y cámaras de grabación con una memoria reducida. Y este “perfeccionamiento” no se puede detener, porqué en este sincretismo tecnológico radica el negocio de las empresas telefónicas.

Múltiples son los ejemplos de como se reproduce el capitalismo influyendo en la conciencia individual y colectiva de sujetos permeables a la manipulación.

Por esta razón, los placeres que propone Satanás son una forma de evasión y liberación del paraíso impuesto por la modernidad. Disponer de un espacio para el hedonismo sin que esté involucrado el lucro, es una forma de superación de la esclavitud que nos impone el dinero.

Es asunto de imaginación y trasgresión, tener la voluntad de desordenarse y ayudar a desordenar a los demás. Rebelarse existencialmente, luego, frente a las normativas culturales del modelo, y trascender el status mecánico de la materialidad, por uno cuyo juicio esencial sea la utopía y la libertad.

Hace algunos años escribí un epigrama en mi libro “Arquitectura Sencilla”:

Restablecieron el orden / pero como no les creemos / uno a uno / volvemos a desordenarnos.