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Agosto 18, 2026

La pobreza profunda no sabe de superestructuras

La solidaridad de los voluntarios civiles con los necesitados tiene un techo y el Estado y la política no pueden eximirse de sus deberes en pro de la justicia social. Ni las crisis de administración ni los conflictos partidarios pueden postergar a quienes viven hundidos en la pobreza, en el sur profundo –como se relata en esta crónica- y en el inframundo de las ciudades de todo el país.

A 50 kilómetros de Ancud, en plena ruralidad de la isla grande de Chiloé, están todos los problemas sociales de los cuales se ocupan –o debieran ocuparse- los funcionarios y dirigentes políticos en las “ocho manzanas de Santiago” y que a veces se reunen fuera de ellas, para tratar de resolver las crisis de gestión que cada cierto tiempo se les desencadenan.
 
Ajenos a estos “problemas de administración”, en El Pangal hay dos familias que presentan algunas de las caras más lacerantes de la pobreza, pese a lo cual saben reir en medio de la monotonía y emocionarse hasta las lágrimas cuando alguna brizna de solidaridad los alienta a seguir luchando.
 
Narciso Díaz, de 50 años y su mujer, Gladys Maldonado, de 35, tienen a dos hijos varones en los últimos grados de la enseñanza básica y su gran aspiración es que vayan al liceo agrícola de Ancud. Campesinos desde antes de nacer, resulta notable que ellos perciban esa necesidad para sus descendientes, aislados como están, sin conectividad, luz ni agua potable, sólo con una radio a pilas que transmite música tropical todo el día. A Narciso y hermanos el padre sólo les dejó una tierra de unas ocho hectáreas y ahora los otros quieren vender. Eso significa tener que irse a Ancud. Bueno para los estudios de los niños, malo para los padres, que quieren quedarse en su terreno húmedo y agreste, lo único que conocen, saben trabajar y habitar.
 
Francisco Belén, de 72 años, es el rostro mismo del infortunio. Padre de ocho hijos, quedó viudo y ciego hace treinta y a su lado sólo permanece su hija Jimena, por sobre los 40 años de edad, discapacitada mental. Si su vecino Narciso -a quien sólo conoce por el mote de Barbaseca- hace, junto a su señora, “unas 50 lucas al mes”, él recibe una pensión asistencial por un monto algo menor. Sólo tiene unas pocas gallinas y dos gatos; sus vecinos dos chanchitos, siete vacas y un caballo y un pavo que no comerán para Navidad, porque entonces se come cordero por esos lados.
 
Hasta estas tierras aisladas por riachuelos y barro que en invierno se convierten en un lodazal que sólo se puede cruzar en carreta, llegaron –el viernes pasado- 23 de los hombres y mujeres que componen la representación en Santiago del Banco Interamericano de Desarrollo, BID. Este año se decidió cambiar el habitual retiro corporativo por la experiencia de construir dos casas para las familias de Narciso y Francisco, que el invierno pasado vieron 
colapsar sus precarias viviendas. Lo hicieron hasta que les dolieran las manos y se les moliera el cuerpo, conscientes de que debían hacer carne uno de los proyectos en que el BID está involucrado, el programa “Un Techo para mi País”, que se quiere replicar en otros siete países: Argentina, México, Uruguay, Perú, El Salvador, Colombia y Brasil.
 
Se sumaron así a los miles de voluntarios que la obra “Un Techo para Chile” logra congregar año tras año, desde 1997, cuando un grupo de jóvenes construyó 350 viviendas de emergencia en el sur del país. La consigna “dos mil viviendas en el año 2000” dio lugar, al siguiente, a la institucionalización y la gran meta del Bicentenario sin asentamientos marginales. Hasta hoy se han construido 25 mil viviendas de emergencia.
 
La gran preocupación de los voluntarios de ayer que se transformaron en directores, subgerentes, técnicos ya asistentes de la obra es que los participantes sucesivos continúen involucrados con las familias a las que ayudaron a construir una vivienda. La mayoría se queda de alguna manera, para entregar en sus horas libres capacitación en oficios básicos, alfabetización, nivelación escolar, planes de salud, fomento productivo y microcrédito. El breve acto de caridad, de amor ocasional, da paso así a un vínculo sólido, que está en la etimología de la palabra solidaridad.
 
Pero -ya está dicho a través de las breves semblanzas de las familias de Narciso y Francisco- los problemas claman hasta por  tratamiento prolongado oftalmológico y siquiátrico y asistencia legal, para enajenar o subdividir tierras. Las tareas de los voluntarios no sustituyen las redes de protección social del Estado, a través de la administración central, regional y comunal. Las “10 lucas” que la esforzada ordeñadora doña Gladys recibe, esporádicamente, del programa Puente del municipio son cuantitativamente insuficientes y no deben, en términos cualitativos, reemplazar el tesón propio. Ya está visto en su caso y el de su marido que ellos no necesitan asistencialismo, sino oportunidades para desarrollarse. Los microcréditos alguna vez obtenidos pecaron de inconstantes.
 

Como en Chiloé, estas carencias anidan también a escasos minutos de los barrios residenciales y comerciales más pujantes de Santiago, dando lugar a la segregación humana aún en breves espacios territoriales. Es justicia social postergada que debiera estar en la  prioridad uno de las agendas políticas, por sobre el asunto de cómo se salva la unidad partidaria frente a las crisis de administración por destapes de las cloacas del clientelismo. Porque los verdaderos damnificados de estos problemas superestructurales son familias como las de Narciso y Francisco, hundidas en el sur profundo, y otras tantas que habitan en el inframundo de las ciudades de todo el país.