Tengo un recuerdo imborrable de Rigoberto Quezada. Era la noche del 11 al 12 de septiembre 1973. Los jóvenes socialistas que en un colegio de San Miguel habíamos esperado en vano las herramientas para defender el gobierno de Salvador Allende nos habíamos reunido en la casa de un poblador militante del partido. Estábamos allí, entre otros, Carlos Lorca, Ariel Mancilla y yo mismo. Durante la noche llegó Rigoberto, cansado, triste por la muerte de Allende, y orgulloso de haber tenido la posibilidad de combatir a los golpistas con las armas en la mano.
Recuerdo su frase que me quedó esculpida en la conciencia: “Yo por lo menos defendí a este gobierno”. Nunca olvidé ni al personaje, ni la frase, ni la gigantesca dignidad con la que la pronunció. Todos no pudimos decir lo mismo. ¿Vale la pena decir que Rigoberto no se enriqueció con la renovación? ¿Hay que contar que nunca se preocupó de “crearle oportunidades de negocio al sector privado”? ¿Que nunca fue lobbysta? Que siempre fue socialista, y al decirlo no sonrío… Socialista, digo.
