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Agosto 18, 2026

Deus é bom

En el altar de la gigantesca Catedral Metropolitana de Río de Janeiro, detrás del Cristo suspendido en el húmedo aire carioca, justo arriba del trono del arzobispo, en la intersección de los ejes de los cuatro imponentes vitrales que iluminan la vasta bóveda y a la vertical de la cruz que hace de cielo, hay una inscripción sorprendente: “Deus é bom” (Dios es bueno). Digo sorprendente porque para el cristiano de a pie eso va de suyo.

A nadie se le ocurriría pensar que el Dios de los cristianos es rencoroso, reivindicativo, vengativo, bilioso y cruel. A nadie, salvo por supuesto a la Biblia que pinta un Ser supremo algo impaciente y muy beligerante para con el fruto de su propia creación, hecha, si no nos cuentan cuentos, a su imagen y semejanza. Los castigos divinos suelen ser terribles, imprescriptibles, eternos, y en ellos no hay pena remitida, o si la hay es que tienes acceso directo al celular de la Virgen o al de algún apóstol, o tal vez santos en la corte (es el caso de decirlo), o bien estuviste sometido no a la vindicta divina sino a la justicia chilena que suele encontrar el modo de dejar todo en agua de borrajas cuando no se trata de “ilícitos” en plan robo de gallinas. Al ver la curiosa inscripción de la catedral de São Sebastião, que así también llaman al templo carioca, se me ocurrió sugerirle a quién corresponda – que expertos hay muchos más de lo que fuese útil y necesario -, que en el frontispicio de cada edificio público se esculpa la frase: “El Estado es probo y transparente”. De ese modo el ciudadano de a pie, que piensa que eso va de suyo, pudiese comprender mejor los esfuerzos que despliega Michelle con sus comisiones comisionadas a expertos de sobrada experticia para lograr que el Estado sea “probo en la medida de lo posible” (sic). Contento de mi propia idea seguí reflexionando y llegué a la conclusión de que también sería acertado inscribir en la fachada de las sedes de las multinacionales y en los dinteles de los accesos a las oficinas de los lobbystas la mención: “Nosotros no corrompemos a nadie”. Y para no apenar a quién hace la ley, habría que grabar en letras de mármol en el umbral del esperpéntico Congreso de Valparaíso la máxima que cae de cajón: “Nosotros tampoco”. Ya sé que para el común de los mortales eso va de suyo y que habría que ser muy mal pensado para imaginar lo contrario. No obstante, si a propósito de escopeta se estimó oportuno recordar la bondad de Dios, vistos los incontables “ilícitos”, o para ser justos los “presuntos ilícitos” en los que se encuentran envueltos muy a su pesar altos funcionarios, honestos parlamentarios, dignos empresarios, meritorios ex ministros, instituciones estatales de mucha solera y hasta algún capitán general, no es de desdeñar que se recuerde la ética y la deontología que han caracterizado desde siempre a quienes transformaron nuestra copia feliz del edén en el paraíso del gran capital. Debo reconocer que hubo un instante en que llegué incluso a considerar la posibilidad de cincelar en el dintel de la SOFOFA, en caracteres romanos, la frase: “El Mercado es bueno”. Sin embargo renuncié porque fue más fuerte el temor de verme acusado de herético, de apóstata, de renegado, de arcaico y de otras lindezas que muy bien pudiesen serme atribuidas al comparar nada menos que al Mercado, realidad tan real, con el objeto de la fe cristiana, Dios, del cual no se tiene ninguna prueba de la existencia como no sea el gol que con la ayuda de Su Mano Maradona le hizo a los ingleses el 22 de junio de 1986 en un partido de cuartos de final de la Copa del Mundo en el Estadio Azteca de México.