El show medial ha sacado de foco las prácticas corruptas, para resaltar el mesianismo de un senador susceptible de caer también en “la embriaguez del poder”. Así lo revela su tendencia a privilegiar su individualidad antes que el proyecto colectivo pro transparencia.
La cruzada anticorrupción del senador Fernando Flores se ha convertido, antes y después de su autosuspensión del PPD, en una “Comedia del poder”, para decir lo cual habría que pedir prestado el título a la película francesa actualmente en la cartelera local. Nada más que el título, porque la protagonista del filme de Chabrol calza más bien con una jueza como Gloria Ana Chesevich, y en la versión chilena en clave real es el parlamentario por la I Región quien se ha colocado en el centro del escenario.
Relegado el senador Guido Girardi al papel de villano “que a hierro mata y a hierro muere” (según el dicho que le aplicó su amigo Jorge Schaulsohn), Fernando Flores empezó a vivir su momento estelar, uno que buscaba desde que decidió venirse de Estados Unidos a lanzarse como senador por Tarapacá y, ya infructuosamente, plantearse como presidenciable y buscar la jefatura de su partido. Finalmente, halló su oportunidad al salir a luz las corruptas prácticas que, según dijo, venía observando desde sus días de campaña electoral en sus correligionarios, de las cuales surgió como un adalid nadie menos que Girardi, el parlamentario que hizo su carrera política como el denunciante por antonomasia.
Flores se ganó las loas de la derecha por su decisión y esto lo llevó a pensar que podría servir de puente entre el gobierno y por los menos dos senadores de ese sector, Allamand y Mathei, para pergeñar un nuevo acuerdo nacional sobre modernización el Estado y probidad, más amplio y eficaz que el alcanzado por Lagos-Insulza con Longueira-Piñera en enero de 2003. Pero le faltaba legitimarse en el seno de la Concertación y para ello acudió a lo más profundo de ella. Pidió una audiencia presidencial a fin de dar a conocer las irregularidades que con su staff de abogados está investigando y, para su sorpresa, la Mandataria lo visitó informalmente en su departamento de Américo Vespucio. En ese mismo lugar había reconocido a “El Mercurio” que el ex Presidente Lagos lo llamó y le dijo: “Fernando, es una situación delicada, te deseo la mejor suerte”.
Los trazos de comedia se acentúan cuando el senador, junto con develar su conversación de dos horas y media con la Presidenta, agregó que ésta había conformado una “comisión secreta y transversal” sobre la corrupción y que a la vuelta de Vietnam “escucha lo que voy a decir”. En los dos días siguientes, Bachelet debió conceder una reunión de similar duración en La Moneda a la presidenta subrogante del PPD, Carolina Tohá, y un almuerzo al titular, Sergio Bitar. tal como días antes debió atender, también a solas, a la jefa democratacristiana, Soledad Alvear. Como un eco quedaron los dichos del ministro Belisario Velasco de que la Mandataria había hablado con Flores de muchas cosas, entre ellas, el desarrollo tecnológico y la iluminación de las ciudades. Y al descorrerse el velo de la comisión “secreta”, surgió más bien un grupo “reservado” de siete expertos, que prepara insumos para un proyecto pro transparencia que Bachelet anunciará el 23 de noviembre.
Otros incidentes pintorescos los aportó la oposición, Al negarse, en un principio, a formar una comisión investigadora de los diputados que finalmente concurrió a aprobar. Si a su principal promotor, el socialista Fulvio Rossi, le costó el reproche de que actuaba con el corazón (en alusión a su esposa la diputada Tohá), a la derecha el restarse pudo, según sus cálculos, granjearle impopularidad, tal como le ocurrió al negarse a aprobar el Presupuesto de la Nación, pese a que sus parlamentarios se quedaron hasta las 3 de la madrugada para dar quorum y permitir que las bancadas de la Concertación lo aprobaran con la mayoría simple que necesitaban.
En conclusión, la lucha contra la corrupción no ha salido ganando con estos escarceos de los partidos y con el mesianismo con que el senador Flores ha tomado la causa. Incluso tanto show medial ha sacado de foco las prácticas detectadas, pareciendo ahora lo más dramático tratar con “guante blanco” al irascible parlamentario, para que acepte comparecer al Tribunal Supremo del PPD en una fecha que le acomode y no arrastre al partido al quiebre. Aunque esto último parece improbable en la medida que Flores ha deslizado su preferencia por volver a sus negocios y familia en Norteamérica, antes que buscar la reelección. ¿Cuántos se atreverán finalmente a seguir a un “guru” tan enigmático, que privilegia su individualidad antes que el proyecto colectivo? Sus dichos en primera persona singular -“Yo no vine a formar parte de una pandilla, una camorra”, “Tengo un problema en Iquique con un alcalde irregular”-, debilitan la fuerza de sus acusaciones (en la hipérbole de la “camorra”, por lo demás, los medios no han destacado que se refería a la mafia napolitana).
¿Qué es más importante, entonces, el combate a la corrupción por el actual gobierno o un lanzamiento presidencial a tres años plazo? El título original de la película de Claude Chabrol es “L’ ivresse du pouvoir”, es decir “La embriaguez del poder”. Y esa la viven aún los que no son corruptos.
Relegado el senador Guido Girardi al papel de villano “que a hierro mata y a hierro muere” (según el dicho que le aplicó su amigo Jorge Schaulsohn), Fernando Flores empezó a vivir su momento estelar, uno que buscaba desde que decidió venirse de Estados Unidos a lanzarse como senador por Tarapacá y, ya infructuosamente, plantearse como presidenciable y buscar la jefatura de su partido. Finalmente, halló su oportunidad al salir a luz las corruptas prácticas que, según dijo, venía observando desde sus días de campaña electoral en sus correligionarios, de las cuales surgió como un adalid nadie menos que Girardi, el parlamentario que hizo su carrera política como el denunciante por antonomasia.
Flores se ganó las loas de la derecha por su decisión y esto lo llevó a pensar que podría servir de puente entre el gobierno y por los menos dos senadores de ese sector, Allamand y Mathei, para pergeñar un nuevo acuerdo nacional sobre modernización el Estado y probidad, más amplio y eficaz que el alcanzado por Lagos-Insulza con Longueira-Piñera en enero de 2003. Pero le faltaba legitimarse en el seno de la Concertación y para ello acudió a lo más profundo de ella. Pidió una audiencia presidencial a fin de dar a conocer las irregularidades que con su staff de abogados está investigando y, para su sorpresa, la Mandataria lo visitó informalmente en su departamento de Américo Vespucio. En ese mismo lugar había reconocido a “El Mercurio” que el ex Presidente Lagos lo llamó y le dijo: “Fernando, es una situación delicada, te deseo la mejor suerte”.
Los trazos de comedia se acentúan cuando el senador, junto con develar su conversación de dos horas y media con la Presidenta, agregó que ésta había conformado una “comisión secreta y transversal” sobre la corrupción y que a la vuelta de Vietnam “escucha lo que voy a decir”. En los dos días siguientes, Bachelet debió conceder una reunión de similar duración en La Moneda a la presidenta subrogante del PPD, Carolina Tohá, y un almuerzo al titular, Sergio Bitar. tal como días antes debió atender, también a solas, a la jefa democratacristiana, Soledad Alvear. Como un eco quedaron los dichos del ministro Belisario Velasco de que la Mandataria había hablado con Flores de muchas cosas, entre ellas, el desarrollo tecnológico y la iluminación de las ciudades. Y al descorrerse el velo de la comisión “secreta”, surgió más bien un grupo “reservado” de siete expertos, que prepara insumos para un proyecto pro transparencia que Bachelet anunciará el 23 de noviembre.
Otros incidentes pintorescos los aportó la oposición, Al negarse, en un principio, a formar una comisión investigadora de los diputados que finalmente concurrió a aprobar. Si a su principal promotor, el socialista Fulvio Rossi, le costó el reproche de que actuaba con el corazón (en alusión a su esposa la diputada Tohá), a la derecha el restarse pudo, según sus cálculos, granjearle impopularidad, tal como le ocurrió al negarse a aprobar el Presupuesto de la Nación, pese a que sus parlamentarios se quedaron hasta las 3 de la madrugada para dar quorum y permitir que las bancadas de la Concertación lo aprobaran con la mayoría simple que necesitaban.
En conclusión, la lucha contra la corrupción no ha salido ganando con estos escarceos de los partidos y con el mesianismo con que el senador Flores ha tomado la causa. Incluso tanto show medial ha sacado de foco las prácticas detectadas, pareciendo ahora lo más dramático tratar con “guante blanco” al irascible parlamentario, para que acepte comparecer al Tribunal Supremo del PPD en una fecha que le acomode y no arrastre al partido al quiebre. Aunque esto último parece improbable en la medida que Flores ha deslizado su preferencia por volver a sus negocios y familia en Norteamérica, antes que buscar la reelección. ¿Cuántos se atreverán finalmente a seguir a un “guru” tan enigmático, que privilegia su individualidad antes que el proyecto colectivo? Sus dichos en primera persona singular -“Yo no vine a formar parte de una pandilla, una camorra”, “Tengo un problema en Iquique con un alcalde irregular”-, debilitan la fuerza de sus acusaciones (en la hipérbole de la “camorra”, por lo demás, los medios no han destacado que se refería a la mafia napolitana).
¿Qué es más importante, entonces, el combate a la corrupción por el actual gobierno o un lanzamiento presidencial a tres años plazo? El título original de la película de Claude Chabrol es “L’ ivresse du pouvoir”, es decir “La embriaguez del poder”. Y esa la viven aún los que no son corruptos.
