Las intervenciones de Sadam Hussein en las sesiones no fueron nunca difundidas por los medios, ni grabadas, ni reflejadas en acta. Los periodistas tenían vetado el acceso a la sala, ni tampoco consta registro del juicio. La defensa no pudo citar a testigos cuya nacionalidad no era iraquí, por lo que, como bien recuerda Amirian, no se pudo saber quiénes le facilitaban desde occidente el ántrax y la toxina butilínica con la que fabricar sus armas biológicas. Tampoco los directivos de las empresas francesas y estadounidenses que, mientras ejercía de amigo de occidente en la guerra contra Irán, le proporcionaron las armas químicas.
Con el objetivo de azuzar la guerra sectaria entre sunitas por un lado, y chiítas kurdos por otro, el delito enjuiciado es haber firmado la condena muerte de 143 chiítas en 1982. Por cierto, menos condenas de las firmadas por George Bush mientras gobernó Texas. Nada se dice sobre los cuatro mil comunistas iraquíes asesinados en 1963, aquello fue al servicio de la CIA y está perdonado.
Si la responsabilidad de la muerte de estas 143 personas se merece a horca, sería bueno reflexionar sobre qué condena merecen los responsables de los 654.965 muertos que la guerra de “liberación” en Iraq ha provocado en este país, según cifras de la revista británica The Lancet.
Publicado en Telesur
