Entonces echémosle pa’ adelante no más con el desprecio a los hermanos peruanos que explotamos sin pagarles imposiciones; sigamos escarneciendo a nuestros hermanos mapuches (para los cuales hasta el momento aún no hay reparación -la cual no se reduce ni se agota en el $); pues en consecuencia sigamos con nuestros alcoholismos surtidos (droga legal) en que hemos abandonado a los que no tienen futuro en este país (Nota: Chile ostenta las más altas cifras en alcoholismo adulto e INFANTIL en el mundo); sigamos inflándoles la pancita y la papadita a nuestros niños (y claro, como la tele los deja vacíos, con comida tipo usamericana los compensamos… Es que “sale en las películas”). “¡Somos orgullosos y qué!”, contestaría Adimark. Entonces sigamos organizando campañas de marketing donde se regalen “cachorritos” a destajo (mientras tanto hagámonos los lesos por las cientos de miles de mascotas desechables, es decir, perritos que hemos abandonado, que vagan con sus vientres vacíos a lo largo del país). “¡Pero es que hay que estar orgullosos de ser chilenos, poh!”, protestaría haciendo pucheros el infaltable espinita para congraciarse con su jefe (en realidad su jefe es un maleducado, que trata como animales a sus subalternos cada día; quién no sabe, las jefaturas tipo Antuco reinan en este país). Y si estamos orgullosos por ser como somos, hay que seguir, pues, amparando a una ética patronal farisaica, que comulga los domingos, pero que aparte de la pésima paga, en alianza con las Isapres castigan a nuestras mujeres por esperar guagua, y luego dicen: “¡No al condón, no al Postinor!”. Pues si nos admiramos a nosotros mismos, sigamos poniendo en los contratos de trabajo -por el tema de previsión social, al referir a la mujer y a los niños- “CARGAS”, y no digamos nada cuando la Cervecita Escudo persista con sus degradantes spot televisivos del “¿y tu hermana?”; y sigamos preguntándonos luego “¡cómo es posible que en Chile un tipo con una sierra eléctrica ataque por la espalda a “su” propia mujer!” Y, para terminar, sigamos dándole la razón -ahora más que nunca gracias a “El Pago de Chile” de Nicanor Parra- a aquellos criminales que aún guardan silencio frente a una pregunta que Dios le viene haciendo hace más de treinta años a todo un país: ¡¿DÓNDE ESTÁN?!
Por lo dicho precedentemente y por respeto a la memoria de las víctimas inocentes del pasado y por las que hoy exigen respeto y derecho en la periferia, invisibilizados por tantos autitos lindos (y re-contaminantes) -y ojalá se entienda bien lo que queremos decir, señor director-: no podemos decir lo mismo; no podemos sentir ese orgullo.
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