Que la Presidenta haya escogido finalmente abstenerse en el duelo venezolano-estadounidense en Nueva York revela que la definición del conflicto interno en materias internacionales no se ha resuelto, y que lo más probable –dado el carácter de la coalición que sustenta al gobierno- es que no se dirima jamás. La fórmula será el anclaje en un “regionalismo abierto” que procure, por un lado, la integración y la cooperación latinoamericana, y, por el otro, la apertura a los otros centros de poder del globo.
Si hay un arbitraje presidencial de las tendencias que conviven en la Concertación, el abstencionismo en el Consejo de Seguridad resulta completamente coherente. Pierden así algo de sentido las argumentaciones de un sometimiento de Bachelet a las “espurias” presiones de quienes se inclinan “genéticamente” a EEUU y se oponen “visceralmente” al chavismo. La gobernante reproduce a escala regional el consenso que busca dentro del país. Es el estilo que la llevó a formar tantas comisiones en los más diversos ámbitos, para escuchar antes de decidir, y a esperar hasta última hora para dar a conocer su decisión en Naciones Unidas.
Los réditos que vayan a darle este estilo de aparente indecisión es algo que está aún por verse, no sólo en el desenlace de cada caso en particular, sino en el resultado global de su gestión. Que todos los gobernantes escuchen, consulten, duden y hasta se dejen influir es algo consustancial al ejercicio del poder y ni siquiera el omnipresente y asertivo Ricardo Lagos escapó a ciertas conductas ambiguas (casos del golpe contra Chávez y la invasión de Irak). El problema es de imagen, y de la influencia que ésta pueda tener en la política mediatizada. El estilo “maternal” y comprehensivo de Michelle Bachelet puede construir mitos que vayan en la dirección opuesta a los que logró su antecesor, cuyo “cesarismo democrático” se proyectó incluso en las relaciones exteriores, particularmente cuando le pidió a Bush aplazar su decisión de invadir el país de Sadam Hussein y quedó como el aliado que supo decirle que no al Presidente estadounidense.
Se ha recordado que, en aquella ocasión, la entonces Canciller Alvear debió someterse a lo que dispuso su jefe y que ahora, a la cabeza del partido Demócrata Cristiano, habría logrado imponerse a su ex competidora. Todo esto parte de supuestos falsos y lleva, por consiguiente, a conclusiones erradas. Entonces Lagos coincidió con Tony Blair en aplazar una votación en el Consejo de Seguridad que nunca se realizó; hoy, el triunfo de Alvear se dio en un cuadro de logros y derrotas para sus diversas posturas: a favor en la abortada legislación sobre la eutanasia y coincidencia en un gasto social más expansivo, y en contra en la píldora del día después y el puente sobre el Chacao.
Además, el nuevo enfrentamiento de la DC con el gobierno se fundamenta en que Bachelet se inclinaba por el voto a favor de Venezuela, tal como la mayoría de su partido Socialista. Este es un supuesto excesivo, porque lo que ella sienta como militante puede resultar engañoso. La Mandataria no dijo lo que pensaba sino hasta cuando arribó a una conclusión definitiva, que estuvo dictada por su afán de consensuar sus políticas hasta donde le sea posible.
Esto es algo distinto a lo que se ha reprochado a otros gobernantes, como el argentino Kirchner, de hacer política extranjera de acuerdo a los avatares nacionales, y a los de Bolivia y Perú, de usar con frecuencia las relaciones exteriores para aventar conflictos internos. Lo de Bachelet puede ser, en definitiva, más arriesgado, porque los procesos internacionales son muy complejos y las realidades de los países participantes siempre distintas.
De ahí que la calidad de presidente de las Organización Demócrata Cristiana de América lleve a políticos como Gutenberg Martínez a confusiones al adoptar posiciones convenientes para Chile y la integración sudamericana. Contrario sensu, resulta hasta grosero el calificativo de “chavistas criollos” que se endilga al grupo de parlamentarios encabezado por Alejandro Navarro, porque la adhesión a procesos como el venezolano no conlleva necesariamente la búsqueda de políticas parecidas para el propio país.
Tan confuso y lamentable debate parece tener, hasta ayer, un efecto colateral positivo: el seguimiento por los medios nacionales de cada una de las votaciones para dirimir el duelo en Naciones Unidas, aunque ese inusitado interés nazca de la subyacencia que, voluntariosamente, se le asigna a Bachelet en este áspero enfrentamiento entre Chávez y Bush, las dos antípodas que la Presidenta quiere incluir en su política de regionalismo abierto.
Regionalismo abierto con Chávez y Bush
El arbitraje presidencial de las tendencias internas que pensionan la Concertación llevó a Michelle Bachelet a anclarse en una política exterior que procure, por un lado, el integracionismo y la cooperación latinoamericana y, por el otro, la apertura a los otros centros de poder del globo.
Las sucesivas e infructuosas votaciones para elegir a un nuevo representante latinoamericano en el Consejo de Seguridad de la ONU llevaron, ayer, a la Presidenta Bachelet a hablar de un “proceso que habíamos previsto”. Si Chile logra jugar un papel activo en la búsqueda de un tercer candidato, que concite amplio respaldo en la región, habrá conseguido “ser parte de la solución”. Pero cualquier triunfo diplomático que quiera reclamar el gobierno en este episodio no obviará dos hechos: la existencia en su seno de dos tendencias opuestas en política exterior y doméstica y la supeditación también de aquella a esta realidad.
