google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

De Concejos y Consejos

Hay que haber sido pobre para saber que la primera libertad de enseñanza reside precisamente en la posibilidad de ir a la escuela. Digo escuela, y no parkeadero de escuincles, pibes, peques o mocosos, en el que se paga para que pasen el día mientras sus genitores pierden su vida intentando ganársela para darte una mejor. Vida, digo. Uno va a la escuela a aprender. O lo que es aun más apañao, a aprender a aprender. Cada época histórica ha constatado el control del saber por los poderes dominantes.

En la Edad Media, cuando la Iglesia ponía los huevos arriba de la mesa y hacía y deshacía quemando “brujas”, “heréticos”, enemigos del Papa, amigos del Papa, e incluso envenenando Papas amigos, la enseñanza dependía de la buena voluntad eclesiástica y no era aconsejable pedir “libertad de enseñanza” bajo riesgo de terminar encima de una hoguera y no precisamente en calidad de bombero. Luego los reyes se “transcurrieron”, cataron que se los estaban pasando por la punta de la sotana, y recuperaron la mano en temas jurídicos, culturales, políticos y guerreros. El Papado tuvo que envainar la espada y otros órganos penetrantes, cediéndole a las monarquías los privilegios que dieron en llamarse reales: educación, impuestos, poder judicial, acuñar moneda, defensa, diplomacia, el sagrado derecho de pernada y una que otra virguería que hace de ti un huevón especial, con poderes de vida y muerte sobre el prójimo y similares. Visto que la educación era financiada por Su Majestad, era mal venido reclamar “libertad de enseñanza” bajo riesgo de perder la cabeza y no precisamente en plan me volví loco. La Revolución francesa recuperó para la República, o sea para la ciudadanía organizada, los privilegios reales. Y extendió el derecho a la enseñanza al conjunto de la nación, con un objetivo extraordinariamente egoísta: se trataba de utilizar toda inteligencia, independientemente de su origen plebeyo o burgués, noble o villano, para hacer de la República Francesa la nación más poderosa de Europa. En el Chile de hoy se vive una época distinta y generosa. El acceso al saber tiene que ver con la ampliación del mercado de “sostenedores” por un lado, y el de los agiotistas por el otro. Si un “sostenedor” es además prestamista… ya es la “raya”. A eso le llaman hoy en día “libertad de enseñanza”, libertad que según el consejo del Concejo conviene salvaguardar. Ahora bien, todas las evaluaciones de la calidad de la enseñanza en Chile muestran que dejarle la responsabilidad a los privados equivale a confiarle la lucha contra el alcoholismo a Johnnie Walker y a Jack Daniels. Aparte desear la preservación del modelito actual, en su informe al gobierno el Concejo no toca ni la financiación de la educación ni el Estatuto Docente de tal modo que uno se pregunta de qué coños hablaron durante tantos meses. Tampoco se moja con proposiciones concretas y pareciera que el Concejo lo presidió Tony Montana (Scarface), que hizo famosa la frase: “Mis manos están hechas para el oro y ahora están en la mierda”. El Concejo las retiró con premura y a quién se le ocurrió preguntar por temas de fondo, como las platas y el lucro, como hizo el alcalde Zalaquett, le dijeron lo que Travis Bickle a su espejo (Robert de Niro en Taxi Driver): “Talking to me, talking to me? Are you talking to me?” Se dice que el gobierno ha estado estudiando el problema en paralelo, como si el Concejo que nombró en su día no hubiese sido sino un entretenimiento para ganar tiempo. Y uno lo da por bien empleado si por fin, seriamente, se comienza a cambiar radicalmente el modelito que nos legaron los del apagón cultural.