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Agosto 18, 2026

Sin dramatismos y con toda parsimonia

La flemática actitud del canciller Foxley ante el caso del embajador Delgado responde a la estrategia de la Presidenta Bachelet de evitar una nueva crisis en las relaciones con la Venezuela de Chávez. Tras éstas hay una sinuosa historia que vale la pena recordar.

Con toda la flema británica que le otorga su ancestro, el canciller Alejandro Foxley está enfrentando las urgencias políticas y periodísticas frente al  caso de los dichos del embajador venezolano en Santiago. Este ya se encuentra en Caracas, para informar al presidente Chávez de las “implicancias” de sus acusaciones a la Democracia Cristiana y al gobierno chileno de apoyar el golpe de Estado que intentó derrocar al líder bolivariano en abril de 2002.
 
La verdad es que la parsimonia del canciller se aviene bastante con el diseño que la Presidenta Bachelet ha elaborado para que el episodio no se transforme en una nueva crisis entre los dos países. La gobernante sabe que el colega venezolano maneja su carácter con maestría y que sus manifestaciones verbales y gestuales buscan producir determinados efectos, según le convenga. En esta pasada, Chávez fue consecuente con el afecto que le prodiga a Chile y “a Michelle”, como le dice, pero también con la sintonía que tiene con quien fuera su instructor de aviación, el coronel Víctor Delgado, quien, por lo demás, no dijo nada que el propio jefe no piense.
 
Chavez eligió la vía personal y un estilo informal para acusar recibo de la nota de Santiago, que no fue tampoco  de protesta, como se estila en estos casos, ni menos contenía una declaratoria de “persona non grata”. Sólo insinuó, muy entre líneas, la conveniencia de cambiar al embajador que se salió del carril. Que esto finalmente ocurra lo recomiendan los propios usos diplomáticos, entre los cuales está no mantener un jefe de misión por más de cuatro años, y el coronel Delgado ya cumplió cinco aquí.
 
Mantenerlo alejado de Santiago hasta que se produzca la elección en el Consejo de Seguridad el 16 y 17 de octubre no sería una situación normal, y tal vez  sería obligatorio llamar al embajador Claudio Huepe desde Caracas. No sería la primera vez en producirse una situación así entre los dos países en los últimos años. En noviembre de 2003, el Presidente Lagos retiró a su embajador Fabio Vio y Venezuela replicó llamando a su vez a Delgado. Todo porque Chávez exteriorizó su famoso sueño de bañarse algún día en una playa de mar boliviano.
 
La Presidenta Bachelet no quiere volver a esta situación, porque recomponerla por completo costó casi un año y medio, y hoy Chile necesita a Venezuela como factor prominente en su estrategia de plena inserción en América del Sur, no sólo por razones políticas, sino por sus carencias en el ámbito energético, en el que Venezuela tiene mucho que aportar. Ya lo hizo, por lo demás, en mayo de 2004, cuando ofreció suministro energético en momentos que Argentina anunciaba la restricción de sus envíos.
 
Eso fue lo que pavimentó la reconciliación con Lagos, ante el cual Chávez se cuadró como generalísimo de Insulza a la OEA para los países caribeños. Se portó así como un “negro bueno” que olvidó los rencores por la ambigua posición del gobernante chileno ante el golpe que lo sacó de palacio por largas e inciertas horas. Eso es lo que rebrotó el embajador Delgado en sus declaraciones sobre la DC y el gobierno chileno, cuya canciller era Soledad Alvear.
 
Es por todo eso que Michelle Bachelet ha optado por la cautela para pronunciarse sobre su voto en Naciones Unidas y ha tratado de restar todo dramatismo a la situación originada por el recordatorio del embajador Delgado. Más allá de que si éste fue oportuno o no, lo importante es que la Presidenta sepa resolver en conciencia y resistir todas las presiones de quienes quieren convertir la votación en un asunto de política interna.
 
El fantasma que pena a Chile
 
La dilación impuesta por la Presidenta Bachelet a su definición sobre las candidaturas latinoamericanas al Consejo de Seguridad de la ONU tiene mucho que ver con la sinuosa historia de las relaciones de los gobiernos de la Concertación con la Venezuela de Chávez.
 
Todo comenzó el viernes 12 de abril de 2002. Entonces el Presidente Ricardo Lagos se encontraba reunido de urgencia con sus pares del Grupo de Río, en San José de Costa Rica, analizando la desaparición de Hugo Chávez del palacio de Miraflores en Caracas. Presumiblemente éste se encontraba bajo arresto y una Junta de Gobierno empezaba ya a conformarse con el líder empresarial Pedro Carmona a la cabeza.
 
La delegación chilena había convocado a una rueda de prensa, pero Lagos no pudo comparecer por el alargue de la Cumbre. Fue en ese momento que sus asesores Fernando Reyes Matta y Carlos Rubio distribuyeron un comunicado de dos párrafos bajo el rótulo “Ministra de Relaciones Exteriores”, en el cual se lamentaba “que la conducción del gobierno venezolano haya llevado a la alteración de la institucionalidad democrática con un alto costo de vidas humanas y heridos, violentando la Carta Democrática Interamericana a través de esta crisis de gobernabilidad”, y se instaba  “a que se adopten las medidas necesarias para convocar a la brevedad a elecciones libres”.
 
Lagos llegó finalmente, con los Presidentes de Costa Rica y Perú, e hizo, en resumen, cuatro alcances sobre “la gobernabilidad de Venezuela” y “la polarización que generó las condiciones para una inadecuada interrupción del orden constitucional”, ante la cual “es muy importante la capacidad que tengamos de colaborar con las nuevas autoridades para salir adelante”.
 
Todo cambió con la fantasmagórica  reaparición del gobernante venezolano en palacio. Mientras Lagos y la canciller Alvear debieron enfrentar cuestionamientos por sus erráticas posiciones frente a esta nueva crisis de la democracia en América del Sur, Chávez prefirió soslayarlas. Demostró con esto que no es un personaje puramente vitriólico, sino que elige sus palabras según el momento y el escenario, de modo que el efecto de ellas le sea favorable. En una primera, larga y relajada  conferencia de prensa prefirió destacar el papel jugado en conjunto por México, Brasil y Chile al interior del Grupo de Río, que no llegó a reconocer al gobierno de facto. Poco antes, Lagos lo había llamado por teléfono, sellándose entre ambos una suerte de reconciliación. O una nueva “boda”, de la cual el “pato” fue el embajador chileno Marcos Alvarez, quien debió dejar el puesto, por sus precipitadas declaraciones en pro de los golpistas.
 
 Todo cambiaría en noviembre de 2003, al exteriorizar Chávez su sueño de bañarse algún día en una playa boliviana, aludiendo, de paso, a la actitud del gobierno chileno ante el intento por derrocarlo. Se llamó a consultas al representante en Caracas y el embajador Delgado recibió una orden similar. En mayo siguiente comenzarían los pasos de reacercamiento, cuando Venezuela ofreció suministro energético a un país que empezaba a agobiarse con la restricción de los envíos argentinos. En la Cumbre de Puerto Iguazú, en julio de 2004,  un apretón de manos preludió la calurosa recepción a Lagos en Miraflores en abril de 2005, a tres años del golpe que intentó sacarlo de allí. El anfitrión no sólo aceptó no incomodar al huésped con un discurso agresivo contra EEUU, sino que quedó convertido en el generalísimo de la candidatura de Insulza a la OEA ante los países del Caribe.
 
Es en este cuadro que la Presidenta Bachelet deberá tomar una decisión, frente a un socio que más vale tener de amigo que de adversario. Descontados los exuberantes gestos personales –incluso físicos- del líder caribeño “a Michelle”, todos los cuales son, finalmente, irrelevantes en una relación entre Estados (véase el ejemplo de los lazos de la gobernante con los Kirchner), la cooperación con Venezuela ya ha probado ser fructífera en lo político y podría serlo también en un ámbito en el que Chile se muestra tan carente como el energético.
 
Es por eso que no hubo una declaratoria de “persona non grata” del embajador discípulo del estilo Chávez en Santiago ni se optó por llamar a consultas a Claudio Huepe. Habrá carencia de dramatismo hasta el final. El 16 y 17 de octubre, cuando se vote en Naciones Unidas, Chile emitirá su voto en la primera ronda –que puede ser por Venezuela o de abstención- y, de no alcanzarse una definición, tal vez la salida sea un tercer candidato. Chávez sabe que el estilo de Bachelet, como el de Lagos, no es el de ”demonizar” a nadie. Así lo advirtió ella en Viena. Las invocaciones al diablo Bush –o de éste a los “ejes del mal”- o al papel jugado por la DC frente a Allende pueden ser o no ciertas, pero cada uno las asume midiendo sus alcances, según las circunstancias históricas y los intereses estratégicos de cada cual.
 
Lo único que se contrapone a este diseño de política exterior frente al factor venezolano es el porfiado intento de muchos de convertir el episodio en un escarceo más de la política doméstica.