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Agosto 18, 2026

“Chilenidad”

Estimado señor director:
Mascotas desechables, novillos torturados  y zorros inmolados por  pura crueldad y en nombre de un ¡viva Chile!

La noticia no fue muy difundida y sonó como a  dato “raro”: “Descubren cementerios de perros en Perú”[1]. Es decir, y específicamente, pueblos originarios del Perú, de  la cultura Chiribaya, contaban con cementerios para mascotas, en los cuales,  por lo visto, el trato digno  era su sello pues las difuntas mascotas eran   “cubiertas de cómodas mantas y alimentos”[2]. 

La noticia, en todo caso,  no es para nada “rara”.  Históricamente está demostrado el respeto sagrado que los pueblos originarios le prodigaban en su ser y estar en el mundo a  los “otros” hermanos: animales, árboles, plantas, ríos, agua, tierra. En nuestra cultura accidentalizada  un respeto así es virtualmente impensable.   Respecto a los perros,  Chile podría ser llamado, fácilmente,   el país de las mascotas desechables.

Efectivamente,  un número altísimo  de  perros  “zombi”  deambulan   sin rumbo por nuestras calles y barrios; y ya son parte del paisaje urbano. El espectáculo conmueve: se los ve con sus ojos de abandono,  raquíticos, no pocos con tiña, brutalmente maltratados. En las noches frías despedazan la basura embolsada  esperando encontrar algún rastrojo para introducir algo en sus  vientres  vacíos. Cuántos no terminan mordiendo o  tragándose  algún plástico,  o con  su  hocico sangrando  por alguna lata de jurel San José vacía transformada en una trampa maldita. Nosotros/as sostenemos que es una  mentira el afirmar que se  trata de  perros vagos.  La verdad es que  “perros vagos” no es más que un  sobrenombre que los humanos les hemos puesto  para ocultar nuestra responsabilidad y desprecio hacia ellos. Seamos sinceros: llamémosles mejor perros abandonados. Es verdad que hay un número de ellos que se ha extraviado, pero en general se trata de perros desechados,  olvidados, que algún día alguien de “alma grande” decidió tirar a la calle como quien tira una de esas bolsas  de basuras aludidas.   ¿Quién puede decir que jamás ha visto a uno de ellos?  Sólo quien no quiera verlos. De hecho la mayoría los elude.  Es que esos perros son un  llamado que se incrusta como un taladro insoportable en  nuestras conciencias: si te los encuentras sus ojos tristes e indefensos  te hablan, te parten el pecho;  sus ojos son los ojos  del  abandono, ojos del espanto causado por  nuestra crueldad; ojos que parecen preguntarte  ¿por qué?, o  como que aullaran  desde su más honda tragedia un  auxilio desgarrador, o como que lloraran  al cielo suplicando  ¡piedad, misericordia, justicia, dadme agua, dadme algo para comer  o  libérame de este  tormento! 

Digámoslo, y aunque no nos guste admitirlo: no les llegamos ni a los tobillos a nuestros antepasados en materia de respeto a los que éstos  y  Francisco de Asís reconocieron como  hermanos.  Es que aquí prima un antropocentrismo soberbio y que  en no pocos casos invoca razones bíblicamente distorsionadas para asegurar la supremacía del hombre sobre toda la creación, jurando que el sitial reservado para éste es el  vértice de la pirámide cósmica. Así es, y seguro debe ser por esto de que  aquí en nuestra patria (humanista y cristiana) se exalta como un valor sumo  la ley  bruta de la pura crueldad y del matonaje del más fuerte  contra  el más  débil. ¡Pobres mascotas desechables! ¡Pobres “hermanos menores”, especialmente en septiembre! Para colmo este mes  llegan los circos, muchos de ellos  verdaderas cárceles rodantes para miles de animales condenados a perder su libertad y dignidad porque a alguien se le ocurrió lucrar con ellos forzándolos a andar en dos patitas para que unos ciudadanos “humanistas y cristianos” celebren y  rían a carcajada  batiente  comiendo cabritas desde unas butacas pasadas  a  peo. ¿Y los rodeos? Ni hablar de los rodeos.  

 En   nuestros “adorables” y “patrióticos”  rodeos  -y no sólo en septiembre-    se ovaciona con delirio   a unos señores de talones de suela  y pezuñas rompe sábanas  que se sienten “héroes haciendo patria”   por atormentar a unas indefensas  criaturas de Dios  abandonadas a su suerte en unas  medialunas que evocan   a los circos  romanos   (en cuyo suelo  corrían  ríos  de  sangre de víctimas indefensas a objeto  de satisfacer  el apetito  insaciable de algún    Calígula pelacables). ¡Que desgracia la de estas pobres criaturas de Dios!

En virtud de lo precedente, y considerando especialmente septiembre, debiéramos  sentirnos llamados a hacer  una reflexión aunque sea  mínima sobre el respeto que le debemos a nuestros hermanos menores los animales, sobre todo considerando que somos humanistas y… cristianos. Por de pronto, a  nosotros/as  nos da vergüenza;  sí,  porque hasta aquí hemos atropellado flagrantemente los  más elementales derechos de esas criaturas, también  hijas e hijos  de Dios. Un ejemplo de ese atropello,  otro ejemplo: el caso de “la caza del zorro”, organizado por un club de huasos acá en la IV Región (de esos que no se pierden ni una fiesta de religiosidad popular,  y que en los cuasimodos ponen ojos blancos al cielo y caras de “inocentes niños buenos”  y que  se queman hasta los ojos con la esperma de las velas que levantan en la celebración).

Para que se sepa a qué referimos, señor director:  resulta  que estos neo-huasos, aprovechándose de las fiestas patrias,  no encontraron  nada mejor que imitar una tradición cortesana  inherente a las noblezas  europeas o  monarquías feudales  (claro que haciendo gala de un estilo más rasca que tapadura de greda)    y  organizaron  cacerías de animales. Sí; y la víctima elegida  es un  pobre zorro, al que  sueltan para la ocasión.  ¿Y sabe quién se lleva  el trofeo de ganador o campeón? Respuesta:   el “lord”  que vuelva con el zorro muerto al hombro.  Y corren hasta apuestas en dinero para darle  más “honor” al ganador y color a la cuestión. ¿Podríamos  llamarle a esta  invención, una acción  zorrúa, señor director? ¿O así  estaríamos haciéndoles  un flaco favor a los pobres zorros?

En último término, dicha invención, o “entretención”,  se inscribiría  -siguiendo la línea argumental del  destacado historiador chileno Alfredo Jocelyn-Holt-  en un viejo truco más por parte de  cierto trasnochado “nacionalismo político y cultural”[3] que se ha enquistado entre nosotros, y que “desde hace casi ya 200 años”[4] viene operando en las fiestas patrias para hacerle creer  a no pocos que en esos entretenimientos vulgares, picantes y deshumanizantes  está la “chilenidad”, gritando a los cuatro vientos unos  “viriles”  ¡viva Chile! ¿Sabrán lo que es desear vida y jugársela por la vida? ¡Por favor!

Respetuosa y perrunamente,  le damos las gracias, señor director,  por tomar partido por promover el respeto  debido a nuestros hermanos “menores”,  porque como advertía sabiamente Gandhi: La  nobleza de un pueblo  se mide por el respeto  que sus habitantes tienen por  los animales.

Nosotros/as decimos que ese respeto   nos hace más humanos. Por último, ¡que  ejemplo de humanidad y respeto a todas las creaturas nos dan una vez más los pueblos  originarios, especialmente  los Chiribaya, de nuestra  hermana República del  Perú!
 
Muy Atte., Juan Alegría Mundaca, Micaela Huala,   voceros movimiento
autónomo de filosofía –UC del Norte, IV Región, Chile.
 
 
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[1] Diario La Tercera, domingo 24 de septiembre de 2006, p. 40.
[2] Ibid, p. 40.
[3] Ibid, p. 3.
[4] Ibid, p. 3.

saitsabeon@yahoo.es