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Agosto 18, 2026

El intrascendente y mediocre rol de la televisión chilena

El deterioro del rol del periodista se hace cada vez más evidente en la televisión chilena, con excepción de los noticieros y algunos programas de investigación donde aún se conserva el uso de ciertos géneros como son el periodismo informativo, el de opinión y en alguna medida el interpretativo. El resto de la programación es de una trivialidad que desdibuja su función profesional convirtiendo a los profesionales de la prensa en meros entretenedores de audiencias pasivas.

Los matinales son el principio cotidiano del deterioro, carentes de contenido de una mayor complejidad y esclavos del rating, este tipo de programas incorporan como conductores a cocineros, modelos, animadores superficiales y de escaso lenguaje, y uno que otro periodista dedicado a comentar la vida privada de modelos, cantantes, futbolistas, actores, empresarios del rubro de espectáculo, entre otros.

Se trata de una información desechable y de poca significación para el desarrollo y crecimiento personal del televidente. Un alimento superfluo que contribuye a aumentar los niveles de alienación de un ciudadano que a veces es incapaz de estructurar un argumento razonable en torno a temas de implicancia nacional.
 
La programación se estructura sobre la base de imágenes de consumo, éxitos personales, opiniones superficiales, aportadas por un segmento de mujeres atractivas, locutores que exhiben como resultado de su inserción en el medio, las pasarelas desde donde se genera la matriz de sus ingresos, los centros de diversión donde convergen todos aquellos que buscan una figuración instantánea, mucho maquillaje, mascaras, cáscaras blandas que al desprenderlas revelan la escasa consistencia de personalidades febles e inconsistentes, un mundo donde se cocina, se explicitan algunas vivencias privadas relacionadas con pequeños escándalos de infidelidad , y una prensa sometida a la voluntad de algunas productoras que crearon un tipo de información vacía, pero que son de alta rentabilidad comercial.
 
En este espacio se encuentran los programas de farándula, donde se inventa la noticia cuando esta no existe, y este factor sustentado en la mentira reproduce una cadena de respuestas que niegan la información original, y así se mantiene una expectativa vigente de realidades semejantes al formato de una telenovela, que para mantener la tensión dramática del espectador provoca un suspenso transitorio detenido en una situación conflictiva irresuelta.
 
Todo este contexto creado por nuestra televisión pública proyecta un conjunto de antivalores y expectativas falsas, promoviendo actividades que careciendo de importancia para un crecimiento cualitativo de la economía material del país, se constituyen en un referente importante para sectores de la audiencia masiva que convoca. ¿Que aporta una modelo de pasarela a la vida económica del país?. Nada, con la sola excepción de que tributa un porcentaje de sus ingresos, lo mismo sucede con animadores que venden aire y ganan importantes sumas de dinero y que además contribuyen a reproducir este circulo vicioso.
 
Mucha alegría, como si el país estuviese en una fiesta permanente, donde lo que importa es la vida privada de un número reducido de personas que transitan por la ciudad en calidad de “estrellas” que iluminan la deteriorada vida de ciudadanos que trabajan bastante y ganan poco dinero para satisfacer sus necesidades esenciales.
 
Y cuando se hace periodismo se tiende a la creación de reportajes sensacionalistas en donde se muestran una y otra vez, casi en forma majadera, las mismas imágenes de un segmento de delincuentes vinculados al tráfico de drogas, o lisa y llanamente, a asaltantes con un nutrido prontuario policial.
Entonces, la sensación que provocan es que Chile vive entre “celebridades” que disfrutan el país, en salones para la gente “linda”, por una parte, y una pandilla de rufianes que nos acosan cotidianamente con sus perversidades, por la otra.
 
El resto del país, aquel que labora en silencio y que vive con un conjunto de carencias y restricciones, no existe para este formato televisivo. ¿ Que importa la creatividad y el ingenio popular, si un tenista retirado de los circuitos internacionales cambia de pareja, se casa y se descasa con absoluta naturalidad, dejando en evidencia su inestabilidad emocional?; ¿ o que un futbolista de “elite”, o varios futbolistas ventilen sus amoríos con señoritas cuyo único mérito es bailar  con algo de sensualidad y poco vestuario en algunos programas de nuestra paupérrima televisión?.
 
Después de todo, el modelo necesita de modelitos y deportistas para reproducir la alienación de las audiencias, solo este tipo de personajes existen y navegan por los canales cotidianamente, mientras la totalidad de la población no reúne las condiciones para los discriminadores casting que seleccionan sobre la base de glúteos menos y glúteos más, narices respingadas, cuerpos esbeltos y cerebros con neuronas remojadas en vinagre.
 
En estas condiciones la televisión contribuye a aumentar la brecha educacional entre diferentes segmentos sociales, la cultura general es la cultura mediática y los juicios y valores que reproducen numerosas audiencias, responden es este paradigma mediocre y cada vez más desintegrador de nuestra propia identidad.