En algunas oportunidades, incluso, nos sorprenden los militares con actitudes empalagosas hacia las autoridades que nos inducen al sueño de que “nunca más” las armas que los chilenos les confiamos para nuestra defensa serán utilizadas para agredir la voluntad soberana y el estado de derecho. En la simbiosis cívico militar que se proclama, llegamos incluso a sorprendemos de cómo la civilidad adopta en su lenguaje palabras castrenses al grado que para buena parte de la prensa hoy los presidentes de partido son identificados como timoneles. Tal como a los programas o idearios políticos se les llama cartas de navegación. En la farándula nacional, civiles y uniformados coinciden en brindis, espectáculos recreativos e, incluso, actividades académicas que a ratos nos parece que nunca en Chile ocurrió lo que sabemos. Tanto que la propia palabra reconciliación parece mezquina para definir los nuevos tiempos que se imponen en esta relación de los chilenos con o sin uniforme.
Confieso con franqueza que, en general, los militares no me gustan. Desprecio su vocación, sus privilegios, su forma de perder el tiempo y su histórica agresión a la población civil. Me desagradan su hermetismo y la obnubilación que siempre les producen los poderosos y los ricos. Encuentro completamente ridículos sus rituales, sus coloridas vestimentas, así como la pesada bisutería que cargan oficiales de alta graduación y esposas.
Como excepción a la regla, en algunas oportunidades he conocido militares excelentes. Guardaré siempre gratitud por ese coronel que me arrendó su casa en tiempos de Análisis, sin pedirme papel y recomendación alguna (y donde realmente estuvimos más seguros). En México me tocó estar en la oficina contigua a la Agregaduría Militar, donde amenicé y compartí veladas excepcionales, especialmente cuando estos transplantados oficiales recibían su valija diplomática en las que habitualmente venían manjares del mar y el campo chilenos que ningún “empolvado” de la Cancillería se atrevía a interceptar o fiscalizar.
Siempre me honro de haber estimado y compartido mucho con el general Emilio Cheyre, de quien aprendí a conocer una actividad que nunca fue muy bien vista por mi familia ni por mi colegio, el Internado Nacional Barros Arana. De él recuerdo su agudeza y sentido de humor, cuanto la forma en que se le relacionaban sus “camaradas” de armas y subordinados. Con ironía y una mueca de desazón me invitó, una vez, a que revisáramos las poquísimas tarjetas de navidad que recibió cuando ya pasó a retiro, en contraste con la multitud de saludos que le llegaban durante el servicio activo.
Créanme que he hecho muchos esfuerzos por entender la lógica militar. Donde puedo los observo y sinceramente trato de intimar con nuestros “valientes soldados”. Es más: he llegado al convencimiento de que ellos fueron víctimas también del odio y de la insensatez que se apoderó de Chile. Supe lo que estar preso y, por lo mismo, me compadezco de su actual desfile por los Tribunales y reclusión en aquellas cárceles de lujo, pero prisiones al fin.
Sin embargo, confieso que no logro creerles. Especialmente cuando escucho al Comandante en Jefe del Ejército estar alistado para rendirle culto al Tirano cuando éste muera, pese a que los Tribunales de Justicia lo tienen imputado con presunción fundada de haber cometido tantos horrores.
