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Agosto 18, 2026

Nueva institucionalidad

A propósito del sistema binominal y de la tan anhelada -pero hasta ahora frustrada- conclusión del proceso de transición a la democracia, percibo desencantado que no hay nada que esperar de nuestros “representantes”, ávidamente aferrados a sus respectivas cuotas de poder y plenamente adaptados a la espuria institucionalidad que se las otorga, por lo que la única solución viable está en la creación de un gran movimiento ciudadano, como no se ha visto desde el plebiscito de 1988, pero del que pudimos vislumbrar un nuevo despertar en el movimiento estudiantil reciente.

Me parece que estamos en el momento propicio para promover una institucionalidad que ponga fin a nuestra inconclusa transición y se da la oportunidad de optar por el régimen parlamentario, que representa la mejor y más acabada expresión de la democracia. Se puede decir que constituye el canon de la democracia occidental, con expresión en los cinco continentes. La sola excepción se produce en la America Latina, debido a nuestra condición de “patio trasero” de la superpotencia americana. En opinión de don Andrés Bello, el régimen presidencial en Chile -exacerbado hasta el absurdo por la Constitución de 1980- constituía una mala copia de Estados Unidos.

Desde otro punto de vista, el apoyo al parlamentarismo tiene carácter transversal, como se demostró en los inicios del Gobierno de Aylwin, por lo que con su implantación -previo plebiscito o asamblea constituyente, i.e., con intervención del poder constituyente originario,  nosotros los ciudadanos, olvidados desde 1988- daríamos por fin desenlace a una transición eterna, que no concluirá mientras no tengamos una institucionalidad que nos represente a todos, que ciertamente no es la actual.

En el intertanto y en las condiciones actuales, sólo obtendremos la perpetuación del status quo, ya que el problema con la institucionalidad actual -aparte de su ilegitimidad de origen- es que provoca el inmovilismo, gracias, básicamente, al sistema binominal, con el cual, la  Concertación continuará, ad eternum, derrotando a la derecha para pasar luego cogobernar con ella, ambas coaliciones autosatisfechas con sus respectivas cuotas de poder y plenamente a salvo de la influencia de una ciudadanía descontenta y totalmente al margen de una  “Democracia de los Acuerdos” -que es más bien, “de los Conciliábulos”- que tanto agrada a  nuestros políticos de ambas coaliciones, ya que en ella, los votos ciudadanos nada valen, sino que sólo sirven de disfraz legitimante a los previos acuerdos políticos y designaciones de las élites políticas de ambos bandos.

No tengo nada contra los acuerdos políticos, pero siempre que se hagan por los legítimos representantes de la ciudadanía y no por élites políticas eternizadas en el poder gracias a una institucionalidad política ad hoc, sin que la ciudadanía con su voto pueda influir mayormente.

Si queremos una legítima política de acuerdos, démonos una nueva Constitución, ratificada por el pueblo y optemos por el parlamentarismo, sistema en el que lo que prima son los acuerdos para la formación de mayorías gobernantes, pero, simultáneamente, la coalición en el poder está permanentemente sujeta a un control parlamentario efectivo, con los mecanismos de voto de censura y voto de confianza, por cuya aplicación, se confirma la mayoría de la fuerza gobernante o bien ésta pasa a ser reemplazada por otra, sin que ello signifique ningún trauma, sino sólo la dinámica propia de un sistema de gobierno que refleja fielmente la voluntad ciudadana.

Rafael Cárdenas
rcardenas@adsl.tie.cl