Una opinión distinta manifiesta el comandante Machuca, un viejito canoso de la vega, bueno para el tinto, el blanco y el amarillo. Él señala: “los libros son lo más bonito. Yo no leo, pero son lo más bonito que hay. Si se acaba el mundo, hay que meter todos los libros en bóvedas intergalácticas que le vayan diciendo a los marcianos de cabeza ovalada, que aquí en la tierra, en un país llamado chilito, existió un Neruda, una Gabriela Mistral, un José Luis Rosasco y una Pamelita Gil(es)”.
El último Congreso Mundial de escritores de todo el mundo, realizado en la Bienal de Tokio durante el mes de diciembre del año pasado, estuvo plagado de licores de todo tipo, aceitunas croatas y caviares. También se habló de literatura y, en la intervención del novelista árabe Mahul Abjahalaraja, se tocó por primera vez el tema del futuro de los libros escritos ante el eminente fin de la tierra, todo bajo el alero del documento de la Nasa. No se llegó a conclusión alguna, pues era la hora del café y la entrega de galvanos para los invitados, pero sí llamó la atención la presencia en dicho encuentro, con lentes ahumados y peluquín verde, en el último lugar de los asientos y casi en cuclillas, de Michael W. Rafston, y el comandante Machuca, con peluquín morado, juntos, lo cual generó especulaciones de todo tipo, que fueron fuertemente difundidas en todos los medios del mundo, generando un escándalo que pulverizó en seis días la carrera política de ocho eventuales presidentes de catorce países africanos.
Será, sin duda alguna, un tema que irá cobrando importancia a medida que pasen los años y la humanidad se acerque a su inevitable final. Es de esperar que para ese entonces ya se encuentre resuelto el destino de los libros de nuestra civilización. Quizá una buena idea sea abrir un concurso literario público, internacional, interracial y pluridiomático, para elegir las obras que ocuparán un espacio en las bóvedas intergalácticas de las que hablaba el comandante Machuca. Respecto de las multitudinarias obras que pierdan en dicha gesta, quizá sea bueno pensar que deban ser lanzadas como excremento o vómito a las tierras del tercer mundo, siguiendo y ampliando el planteamiento de Michael W. Rafston.
