Las críticas dentro del oficialismo a la gestión gubernativa llegan a una ciudadanía muy receptiva y preocupada no tanto de los estilos como de los contenidos de las políticas públicas. Ella está cobrando la deuda del “crecimiento con igualdad” y exigiendo, a la vez, más calidad en educación, vivienda y salud, mayor eficacia en el enfrentamiento a las catástrofes naturales y la delincuencia y mejores sistemas de pensiones y abastecimiento energético.
Tras los coletazos del cambio de gabinete, el oficialismo se encuentra en una situación en que todo se ve peor de lo que es. La seguidilla de lamentos por la salida de Zaldívar y los otros dos ministros duró, tal vez, más de la cuenta, porque los sacrificios personales deben considerarse menos importantes que la suerte del país y su gobernabilidad. Curiosamente, una frase del senador derechista Sergio Romero –“se ha cometido un crimen político”- pareció ilustrar el estado de ánimo de muchos democratacristianos, aunque tuviesen claro que aquélla estaba motivada más por el interés de avivar la hoguera que preservar el prestigio del defenestrado ministro del Interior. Así la romería a la casa de Zaldívar y las comidas ¿de desagravio? que se le brindaron tuvieron harto de conductas desconcertantes: por un lado, se respetaba las atribuciones de la Presidenta, pero por otra se expresaba dolor. ¿En qué quedamos, los ministros son o no tapones que se cambian cuando se producen cortocircuitos en la gestión?
Lo que ha venido a complicar el panorama después del cambio es que persistan descoordinaciones e incoherencias al interior del oficialismo. Y también que los accidentes y obstáculos en la ruta –a los que se agregó la regasificación de las relaciones con Argentina- no den tregua a un gobierno empeñado en aceitar su maquinaria. Es el precio del rodaje que experimentaron también los antecesores de Bachelet, pero a ella todo parece salirle más caro por algunos factores distintivos: ser la primera Presidenta mujer; querer instaurar un estilo más cercano a la gente (¿ciudadano?); alentar la paridad de género en la atribución de altas responsabilidades, e intentar una transición hacia el recambio generacional de las élites gobernantes. A esto debe sumarse la ansiedad de una derecha que siente que se le escaparon dos oportunidades consecutivas de acceder a La Moneda y que quiere construir una tercera. Para fortuna de la Concertación –y de quienes votan decisivamente por ella como mal menor-, la derecha no sabe todavía cómo hacerlo, y lo prueba el hecho de que no ha logrado capitalizar para sí los problemas que afligen a la centroizquierda.
El hecho que las encuestas de opinión desfavorezcan hoy a ambas coaliciones debe leerse al revés y al derecho: si la Alianza tiene aún tres años para convertirse, a ojos de los ciudadanos, en mejor opción, no es menos cierto que la Concertación tiene el mismo plazo para mejorar la performance de su cuarto gobierno. Y a lo largo de los tres períodos anteriores, los socios oficialistas dieron muestras de una inagotable capacidad para vivir en crisis y en superarlas una tras otra. ¿No es acaso la persistencia de tensiones en su interior, entre los más conservadores y progresistas, la fuente de su poder, una vez que las contradicciones se resuelven justo al centro? Lo que está viviendo hoy el oficialismo no es sino la reproducción de crisis anteriores, pero con una caja de resonancia mayor por las dudas planteadas por un gobierno que quiso trabajar con nuevos estilos y ahondar ciertos contenidos.
Todo lo que se ha visto en los cónclaves, ampliados o no, de la Concertación apuntan a reconstituir las viejas prácticas. Esta insistente dirección tomada por los jefes de partido y los parlamentarios debe verse en los reclamos de la bancada socialista, la semana pasada, a la ministra Veloso por un trabajo más coordinado, y en la queja que Alvear planteará el jueves a Bachelet: igualdad en su trato a los cuatro partidos. Claro, aquélla siente que el jefe socialista estuvo enterado antes de los relevos en el gobierno y que incluso tuvo un margen para influir en ellos. ¿De dónde saca eso doña Soledad? Es fácil: basta remitirse al calificativo de “exacta” que Escalona adjudicó a su crítica a la gestión de Zaldívar. ¿Está el dirigente partidario más cercano a la Presidenta al tanto de las razones precisas que tuvo ella para despedir a su ministro del Interior?
Como sea, el problema mayor no lo constituyen tanto las luchas de intereses al interior de las élites como la interpretación que logre el gobierno de las necesidades de la gente. La tarea pendiente de “crecer con igualdad” pasa, sin duda, por problemas de gestión y así parece percibirlo la ciudadanía, un tanto perpleja por el desempeño de la Presidenta. Pero todo dependerá, finalmente, del contenido de las políticas pro viviendas y barrios habitables, mejor educación, mayor salud, más calidad en los empleos, pensiones dignas, seguridad energética, eficacia en el enfrentamiento de las catástrofes y logros en la lucha contra la delincuencia.
Hoy, la Concertación cosecha los frutos de su discurso y gestión de 16 años. No necesitaba tildar a su cuarto gobierno de “ciudadano”, porque de todas maneras una mayor exigencia de participación se iba a expresar. Y ello está ocurriendo ya no tanto en pos de objetivos de cobertura, sino de redistribución, justicia y de calidad y más calidad.
Lo que ha venido a complicar el panorama después del cambio es que persistan descoordinaciones e incoherencias al interior del oficialismo. Y también que los accidentes y obstáculos en la ruta –a los que se agregó la regasificación de las relaciones con Argentina- no den tregua a un gobierno empeñado en aceitar su maquinaria. Es el precio del rodaje que experimentaron también los antecesores de Bachelet, pero a ella todo parece salirle más caro por algunos factores distintivos: ser la primera Presidenta mujer; querer instaurar un estilo más cercano a la gente (¿ciudadano?); alentar la paridad de género en la atribución de altas responsabilidades, e intentar una transición hacia el recambio generacional de las élites gobernantes. A esto debe sumarse la ansiedad de una derecha que siente que se le escaparon dos oportunidades consecutivas de acceder a La Moneda y que quiere construir una tercera. Para fortuna de la Concertación –y de quienes votan decisivamente por ella como mal menor-, la derecha no sabe todavía cómo hacerlo, y lo prueba el hecho de que no ha logrado capitalizar para sí los problemas que afligen a la centroizquierda.
El hecho que las encuestas de opinión desfavorezcan hoy a ambas coaliciones debe leerse al revés y al derecho: si la Alianza tiene aún tres años para convertirse, a ojos de los ciudadanos, en mejor opción, no es menos cierto que la Concertación tiene el mismo plazo para mejorar la performance de su cuarto gobierno. Y a lo largo de los tres períodos anteriores, los socios oficialistas dieron muestras de una inagotable capacidad para vivir en crisis y en superarlas una tras otra. ¿No es acaso la persistencia de tensiones en su interior, entre los más conservadores y progresistas, la fuente de su poder, una vez que las contradicciones se resuelven justo al centro? Lo que está viviendo hoy el oficialismo no es sino la reproducción de crisis anteriores, pero con una caja de resonancia mayor por las dudas planteadas por un gobierno que quiso trabajar con nuevos estilos y ahondar ciertos contenidos.
Todo lo que se ha visto en los cónclaves, ampliados o no, de la Concertación apuntan a reconstituir las viejas prácticas. Esta insistente dirección tomada por los jefes de partido y los parlamentarios debe verse en los reclamos de la bancada socialista, la semana pasada, a la ministra Veloso por un trabajo más coordinado, y en la queja que Alvear planteará el jueves a Bachelet: igualdad en su trato a los cuatro partidos. Claro, aquélla siente que el jefe socialista estuvo enterado antes de los relevos en el gobierno y que incluso tuvo un margen para influir en ellos. ¿De dónde saca eso doña Soledad? Es fácil: basta remitirse al calificativo de “exacta” que Escalona adjudicó a su crítica a la gestión de Zaldívar. ¿Está el dirigente partidario más cercano a la Presidenta al tanto de las razones precisas que tuvo ella para despedir a su ministro del Interior?
Como sea, el problema mayor no lo constituyen tanto las luchas de intereses al interior de las élites como la interpretación que logre el gobierno de las necesidades de la gente. La tarea pendiente de “crecer con igualdad” pasa, sin duda, por problemas de gestión y así parece percibirlo la ciudadanía, un tanto perpleja por el desempeño de la Presidenta. Pero todo dependerá, finalmente, del contenido de las políticas pro viviendas y barrios habitables, mejor educación, mayor salud, más calidad en los empleos, pensiones dignas, seguridad energética, eficacia en el enfrentamiento de las catástrofes y logros en la lucha contra la delincuencia.
Hoy, la Concertación cosecha los frutos de su discurso y gestión de 16 años. No necesitaba tildar a su cuarto gobierno de “ciudadano”, porque de todas maneras una mayor exigencia de participación se iba a expresar. Y ello está ocurriendo ya no tanto en pos de objetivos de cobertura, sino de redistribución, justicia y de calidad y más calidad.
