Como las capacidades de operador político de Andrés Zaldívar no sirvieron para articular la acción del gobierno, la Presidenta lo cambió por otro viejo tercio, probado en seguridad ciudadana. Pero la designación de Belisario Velasco y los otros dos relevos en la tripulación no bastan para ajustar el rumbo, que requiere de una carta clara y una conducción firme.
Después del mediodía del viernes, en los círculos mejor informados de Santiago empezó a circular una advertencia: “Ojo con los ministros de apellido croata del gabinete. Algo puede pasar con ellos hoy”.
A las cuatro de la tarde, la suerte ya estaba echada para Zilic y Antonejevic. Lo que no dejó de sorprender es que, al mismo tiempo, la Presidenta de la República decidiese también prescindir de los servicios de su ministro del Interior, Andrés Zaldívar, pese a que siempre se pensó que éste y su correligionario habían quedado condicionales a partir de la crisis estudiantil. Si Bachelet no les mostró entonces tarjeta roja fue para no precipitarse ni aparecer derrotada ante los escolares ni desairar al partido Demócrata Cristiano.
Pero la acumulación de descoordinaciones e insuficiencias se le hizo muy pesada y sólo le cupo, al cumplir cuatro meses de gobierno, mostrar coraje suficiente para acometer los cambios, partiendo por el devaluado y desganado ex senador y ex precandidato presidencial.
Pese a las críticas de opositores de derecha e izquierda de que son las políticas y no nombres lo que hay que cambiar, el golpe de timón hacía necesarios relevos en la tripulación junto con ajustar la carta de navegación. Obviamente, no bastan las maniobras sorpresivas: el barco debe conducirse con estable firmeza. Otras majaderías escuchadas estos días se refieren a las promesas rotas de “caras nuevas” y que “nadie se repetiría el plato”. En la elección de los ministros reemplazantes, estos factores, y el de la paridad de género, se entrecruzaron, porque la nueva titular de Educación, Yasna Provoste, si bien fue ministra de Lagos, pertenece, a sus 36 años de edad, a una generación de relevo. Quien se repite y casi el mismo plato es Belisario Velasco, por su desempeño ininterrumpido durante nueve años como subsecretario de la cartera que ahora encabeza. En aquel puesto actuó prácticamente como viceministro, por la alta influencia que alcanzó, subrogando además unas sesenta veces al titular de turno. Alejandro Ferreiro viene, tras ejercer varias superintendencias, a culminar una carrera como alto funcionario de los gobiernos concertacionistas.
Así sólo quedó incólume la paridad, ese nuevo cuoteo que puede restringir las opciones de la Presidenta al rearmar sus piezas. Ella no tuvo empacho en horadar el cuoteo partidario, al quitarle al PPD una cartera en beneficio de la DC, acaso un caramelo para hacerle menos amarga la partida de Zaldìvar. Puede que llegue el día en que, en otra muestra de coraje, Bachelet se despoje del incómodo corset de la paridad de género.
La tercera majadería en los análisis sobre el cambio de gabinete es que éste pudo ser mayor y que, sin duda, no será el último. Cómo podría ser de otra manera. Lo de Patricio Aylwin, que gobernó con el mismo elenco casi hasta el final (sólo tuvo que dar de baja a su ministro de Salud; Lagos y Ominami se fueron de campaña), fue una singularidad propia de los inicios de la transición y del carácter de ese Mandatario. Más normal es lo que hizo Eduardo Frei, al ejecutar dramáticos ajustes a los seis meses de gestión.
En el caso actual, hay un sinnúmero de impulsos nuevos. Nunca se terminarán de aquilatar los hondos efectos que implica el cambio cultural de tener por primera vez una Presidenta. A diferencia de otras gobernantes de la historia contemporánea, Michelle Bachelet no es un hombre con faldas, en el sentido de una “dama de hierro”, sino una mujer que usa pantalones. Su estilo “maternal” la obliga a tener que mostrar don de mando y carácter para ejercer la alta autoridad de que está investida. Su estilo “ciudadano” –pese a todas las relativizaciones que se ha querido dar al término en las últimas semanas- tuvo que afrontar una doble prueba: frente a los partidos que sustentan el gobierno y ante la gente, que a veces se solivianta, como esa mujer de Chiguayante ofuscada por el dolor y la urgencia. (Aunque tales imágenes no deben llamar a engaño: el duro Ricardo Lagos vivió también situaciones así y, por otra parte, Bachelet volvió a prescindir el viernes de las consultas al establishment de la coalición).
Lo inexcusable parece ser ahora el diseño de una clara agenda gubernativa, con los espacios para incorporar rápidamente los puntos que van surgiendo en el camino. Y anticipándose a éstos, como parece ser la divisa del nuevo ministro Belisario Velasco, a través de la “organización y la información”, según especificó el fin de semana, causando escozor en quienes ven en la inteligencia en democracia algo tan peligroso como en dictadura.
Si es una apuesta su desempeño como operador político ante los parlamentarios y coordinador al interior del gobierno, lo es menos su aporte a las tareas de seguridad pública y lucha contra la delincuencia. Alejandro Ferreiro parece tan apropiado para el diseño de políticas microeconómicas dentro del cuadro macro gestionado por su colega de Hacienda que no cabe sino preguntarse por qué no se le designó antes (¿por cuestión de género?). Si es un regulador dentro de las políticas de mercado imperantes, como lo testimonia su experiencia como superintendente, su contribución puede ser importante.
La gran incógnita es la ex jefa regional de Atacama y ex titular de Mideplán promovida a Educación. Con ella no caben los vaticinios, sino una tensa y espesa expectativa, por lo que pueda lograr ante los 3 millones 700 mil escolares, 630 mil estudiantes universitarios y 140 mil profesores que hay en el país. Un contingente, como se sabe, no sólo numeroso, sino potencialmente explosivo.
A las cuatro de la tarde, la suerte ya estaba echada para Zilic y Antonejevic. Lo que no dejó de sorprender es que, al mismo tiempo, la Presidenta de la República decidiese también prescindir de los servicios de su ministro del Interior, Andrés Zaldívar, pese a que siempre se pensó que éste y su correligionario habían quedado condicionales a partir de la crisis estudiantil. Si Bachelet no les mostró entonces tarjeta roja fue para no precipitarse ni aparecer derrotada ante los escolares ni desairar al partido Demócrata Cristiano.
Pero la acumulación de descoordinaciones e insuficiencias se le hizo muy pesada y sólo le cupo, al cumplir cuatro meses de gobierno, mostrar coraje suficiente para acometer los cambios, partiendo por el devaluado y desganado ex senador y ex precandidato presidencial.
Pese a las críticas de opositores de derecha e izquierda de que son las políticas y no nombres lo que hay que cambiar, el golpe de timón hacía necesarios relevos en la tripulación junto con ajustar la carta de navegación. Obviamente, no bastan las maniobras sorpresivas: el barco debe conducirse con estable firmeza. Otras majaderías escuchadas estos días se refieren a las promesas rotas de “caras nuevas” y que “nadie se repetiría el plato”. En la elección de los ministros reemplazantes, estos factores, y el de la paridad de género, se entrecruzaron, porque la nueva titular de Educación, Yasna Provoste, si bien fue ministra de Lagos, pertenece, a sus 36 años de edad, a una generación de relevo. Quien se repite y casi el mismo plato es Belisario Velasco, por su desempeño ininterrumpido durante nueve años como subsecretario de la cartera que ahora encabeza. En aquel puesto actuó prácticamente como viceministro, por la alta influencia que alcanzó, subrogando además unas sesenta veces al titular de turno. Alejandro Ferreiro viene, tras ejercer varias superintendencias, a culminar una carrera como alto funcionario de los gobiernos concertacionistas.
Así sólo quedó incólume la paridad, ese nuevo cuoteo que puede restringir las opciones de la Presidenta al rearmar sus piezas. Ella no tuvo empacho en horadar el cuoteo partidario, al quitarle al PPD una cartera en beneficio de la DC, acaso un caramelo para hacerle menos amarga la partida de Zaldìvar. Puede que llegue el día en que, en otra muestra de coraje, Bachelet se despoje del incómodo corset de la paridad de género.
La tercera majadería en los análisis sobre el cambio de gabinete es que éste pudo ser mayor y que, sin duda, no será el último. Cómo podría ser de otra manera. Lo de Patricio Aylwin, que gobernó con el mismo elenco casi hasta el final (sólo tuvo que dar de baja a su ministro de Salud; Lagos y Ominami se fueron de campaña), fue una singularidad propia de los inicios de la transición y del carácter de ese Mandatario. Más normal es lo que hizo Eduardo Frei, al ejecutar dramáticos ajustes a los seis meses de gestión.
En el caso actual, hay un sinnúmero de impulsos nuevos. Nunca se terminarán de aquilatar los hondos efectos que implica el cambio cultural de tener por primera vez una Presidenta. A diferencia de otras gobernantes de la historia contemporánea, Michelle Bachelet no es un hombre con faldas, en el sentido de una “dama de hierro”, sino una mujer que usa pantalones. Su estilo “maternal” la obliga a tener que mostrar don de mando y carácter para ejercer la alta autoridad de que está investida. Su estilo “ciudadano” –pese a todas las relativizaciones que se ha querido dar al término en las últimas semanas- tuvo que afrontar una doble prueba: frente a los partidos que sustentan el gobierno y ante la gente, que a veces se solivianta, como esa mujer de Chiguayante ofuscada por el dolor y la urgencia. (Aunque tales imágenes no deben llamar a engaño: el duro Ricardo Lagos vivió también situaciones así y, por otra parte, Bachelet volvió a prescindir el viernes de las consultas al establishment de la coalición).
Lo inexcusable parece ser ahora el diseño de una clara agenda gubernativa, con los espacios para incorporar rápidamente los puntos que van surgiendo en el camino. Y anticipándose a éstos, como parece ser la divisa del nuevo ministro Belisario Velasco, a través de la “organización y la información”, según especificó el fin de semana, causando escozor en quienes ven en la inteligencia en democracia algo tan peligroso como en dictadura.
Si es una apuesta su desempeño como operador político ante los parlamentarios y coordinador al interior del gobierno, lo es menos su aporte a las tareas de seguridad pública y lucha contra la delincuencia. Alejandro Ferreiro parece tan apropiado para el diseño de políticas microeconómicas dentro del cuadro macro gestionado por su colega de Hacienda que no cabe sino preguntarse por qué no se le designó antes (¿por cuestión de género?). Si es un regulador dentro de las políticas de mercado imperantes, como lo testimonia su experiencia como superintendente, su contribución puede ser importante.
La gran incógnita es la ex jefa regional de Atacama y ex titular de Mideplán promovida a Educación. Con ella no caben los vaticinios, sino una tensa y espesa expectativa, por lo que pueda lograr ante los 3 millones 700 mil escolares, 630 mil estudiantes universitarios y 140 mil profesores que hay en el país. Un contingente, como se sabe, no sólo numeroso, sino potencialmente explosivo.
