A propósito del sistema binominal y de la tan anhelada -pero hasta ahora frustrada- conclusión del proceso de transición a la democracia, percibo desencantado que no hay nada que esperar de nuestros “representantes”, ávidamente aferrados a sus respectivas cuotas de poder y plenamente adaptados a la espuria institucionalidad que se las otorga, por lo que la única solución viable está en la creación de un gran movimiento ciudadano, como no se ha visto desde el plebiscito de 1988, pero del que pudimos vislumbrar un nuevo despertar en el movimiento estudiantil reciente.
Me parece que estamos en el momento propicio para promover una institucionalidad que ponga fin a nuestra inconclusa transición y se da la oportunidad de optar por el régimen parlamentario, que representa la mejor y más acabada expresión de la democracia. Se puede decir que constituye el canon de la democracia occidental, con expresión en los cinco continentes. La sola excepción se produce en la America Latina, debido a nuestra condición de “patio trasero” de la superpotencia americana. En opinión de don Andrés Bello, el régimen presidencial en Chile -exacerbado hasta el absurdo por la Constitución de 1980- constituía una mala copia de Estados Unidos.
Desde otro punto de vista, el apoyo al parlamentarismo tiene carácter transversal, como se demostró en los inicios del Gobierno de Aylwin, por lo que con su implantación -previo plebiscito o asamblea constituyente, i.e., con intervención del poder constituyente originario, nosotros los ciudadanos, olvidados desde 1988- daríamos por fin descenlace a una transición eterna, que no concluirá mientras no tengamos una institucionalidad que nos represente a todos, que ciertamente no es la actual.
En el ínterin y en las condiciones actuales, sólo obtendremos la perpetuación del status quo, i.e., la permanente derrota de la derecha por la Concertación y el subsecuente cogobierno de ésta con aquélla, con la ciudadanía totalmente al margen de esta “Democracia de los Acuerdos”, que tanto agrada a nuestros políticos
