Por suerte, José Miguel Carrera no era prudente ni moderado, sino seguiríamos siendo colonia de España, aun cuando no estoy seguro de que ahora no lo seamos, producto de la venta del país realizada por Daniel López Pinochet.
Hernán Larraín pertenece a un partido de raíz totalitaria, la UDI, que jamás permitirá que los roteques, atraídos por toneladas por el Cristo de Palo Longueira y el arcángel Lavín, puedan votar en una elección de presidente de esa colectividad. Buenos son los rotos para sacarse fotos con ellos, pero no los podemos convidar a sentarse con nosotros; a lo máximo, podemos ir juntos a misa, pues parece que don Jechu era medio pobrete. No nos puede extrañar que los partidos pechoños tengan, en su seno, asociaciones proletarias: a comienzos del siglo XX, los conservadores tenían a los “josefinos”, una especie de obreros apatronados y buenos para quebrar huelgas de sus congéneres; en la Falange siempre existió un Departamento Sindical que casi logró triunfar sobre los marxistas.
Carlos Larraín es un beato supernumerario de la orden del Opus Dei. Todos pensarían que se ubicaría mucho mejor en la UDI, sin embargo, por antipatías personales con algunos de los líderes de este partido, prefirió presidir RN y, como es conservador, poco tiene que ver con las locuras seudo liberales de Lúculo Piñera y se entiende bien con su socio, el otro Larraín. Estoy seguro de que como Maximiliano Ibáñez negaba su parentesco con su pariente Carlos –del mismo apellido -poco tiene que ver un aristócrata con un milico- a lo mejor, no me consta, los Larraínes negarán a Quenita, pues una dama de clase alta no puede andar mezclándose con un tal Zamorano, por muy ídolo que sea, ni mucho menos con los siúticos Ríos. Lo mismo ocurre con la “pata” y otros Larraínes de la farándula.
Carlos Larraín es bastante bueno para meter la pata: parece que le cayeron muy mal el arcángel Lavín y Martín Lutero De la Maza en su paso por la Municipalidad más pobre de Chile, Las Condes. Respecto de Lavín, dijo que era un alivio que no hubiera llegado a la presidencia, y de Martín Lutero De la Maza, lanzó diatribas de parecido calibre. Larraín y Larraín están muy de acuerdo en ponerle la proa a la franchuta emigrante de Michelle Bachelet; al fin y al cabo, ella no es g.c.u. –gente como uno -. No dudaron en rechazar el Informe Boeninger y se declaran felices con el sistema binominal, que les garantiza una sobre representación y no permite el ingreso de los rogelios al Parlamento, como si ellos se lo hubieran comprado al igual que sus latifundios. Hernán Larraín desplazó, autoritariamente, a su rival Juan Antonio Coloma, nieto del senador del mismo nombre que, como líder del partido conservador persiguió, con saña, a los antiguos rebeldes falangistas.
