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Agosto 18, 2026

Los estudiantes contra el establishment

La movilización de los escolares evidenció el profundo divorcio entre las élites habituadas a la componenda y los chilenos de a pie más desencantados por la abdicación de los dirigentes de ayer de la lucha por la igualdad de oportunidades. Eso explica las reticencias a  deponer paros y tomas y a integrarse a un consejo asesor que visualizan como inoperante.

Por vías paralelas empezaron a transitar el gobierno y los estudiantes a partir de la noche del 1 de junio, cuando la Presidenta Bachelet dio, por cadena nacional, su respuesta a las demandas de los alumnos secundarios. Desde ese momento, cada uno de los protagonistas del conflicto se fortificó en sus respectivas posiciones, viviendo dentro de ellas diversos avatares de desorden y reordenamiento.

Un episodio más, de los muchos de descoordinación e improvisación que desató la revuelta estudiantil, se produjo dentro del oficialismo, cuando el ministro del Interior avaló la gestiones del senador Mariano Ruiz Esquide para producir un reacercamiento entre las partes, y el vocero de La Moneda salió a quitarles piso. Fue la primera de las frustraciones que experimentarían los jóvenes movilizados en sus contactos oficiosos con representantes del Poder Legislativo.

De acuerdo al diseño estratégico que se trazó, Michelle Bachelet anunció, en una segunda cadena nacional, que enviaría de inmediato una enmienda constitucional para posibilitar y nutrir cambios reales a la orgánica vigente sobre educación (LOCE), y  que instalaría un Consejo que la asesorara en la preparación del proyecto de ley respectivo.

Pero como la casa gubernativa había evidenciado fisuras ante el embate estudiantil, creyó oportuno “leerles la cartilla”  a sus colaboradores de confianza, encabezados por los ministros de Estado. Lo que llamó la atención fue el momentum escogido y la publicidad –un tanto alevosa- que se dio a la lectura del decálogo presidencial de buen servicio a la ciudadanía. De los dos Mandatarios anteriores habían trascendido, a poco de iniciar sus períodos, frases del tipo “el que no me pueda seguir se va tranquilamente para la casa”, pero esta vez se hizo una escenificación que alcanzó cierto dramatismo, por el hecho que el gobierno se debatía aún en una crisis desatada por el conflicto con los secundarios. Estos aún hacían fuertes exigencias a la Presidenta, a pocas horas de iniciar una gira por Estados Unidos y el Caribe, y ella necesitaba, sin duda, dar golpes de autoridad. Implícitamente los estaba dando ante los estudiantes, al continuar en la vía paralela en que se había embarcado, pero estimó que la oportunidad para un acto mediático se la proporcionaba el cuestionado desempeño reciente de algunos de sus ministros, subsecretarios, intendentes, seremis, directores y asesores.

Sólo la evolución que tenga la actuación del gobierno dirá si los efectos de este sermón serán positivos o negativos (o neutros, no hay que olvidar que en Chile las lecciones suelen convertirse en letra muerta). Del mismo modo, la experiencia mostrará  los beneficios y desventajas de una comisión tan numerosa y variopinta como la de ¿74? miembros que deberá hacer una propuesta “consensuada” para mejorar la calidad de la educación. Por el momento, todo indica que ese consejo tendrá una marcha accidentada en la medida que sea difícil procesar los disensos dentro de él, y en tanto los escolares integrantes los denuncien como causal de inoperancia.

Los secundarios vivieron su propio, difícil proceso de reordenamiento de filas, después de la eclosión de un “mayo chileno” destinado a tener hondas repercusiones en las relaciones entre las élites y la ciudadanía. Cómo  canalizar la enorme energía desplegada en el ambiente nacional –con ecos en el extranjero- fue la pregunta, después de demostrar inteligencia y capacidad de organización, lo que, junto a la legitimidad de las demandas, produjo plena empatía con todos los sectores sociales.

Algunos comentaristas han sostenido que “los dirigentes debieron vender sus acciones cuando ellas tenían un alto valor en el mercado” y que el paro del 5 de junio “las devaluó”. Pero ver que “el fracasado alargue diluyó el impacto inicial” es una constatación sólo de la alta teatralidad del conflicto, no de las corrientes que subyacen. Los dirigentes radicalizados y los manipuladores externos –que los hay- no bastan con su “voluntarismo” como explicación. A través de esta experiencia se evidenció el profundo divorcio entre las élites y los chilenos de a pie más desencantados por la abdicación de los dirigentes de ayer de la lucha por la igualdad de oportunidades.

Mientras éstos persisten en sus formas atávicas de compartir el poder, los jóvenes -que se sustraen sistemáticamente de las elecciones nacionales- plantean una transversalidad que no tiene que ver con la componenda y sí con la común constatación de que la democracia, tal como está organizada, no ha sabido responder a sus necesidades. Los llamados “pingüinos”  se   comunican por internet y celulares, pero también saben participar en asambleas donde no hay directivos, sólo voceros que pueden ser relevados apenas se aparten de los acuerdos. Las fisuras que se mostraron en los últimos días dieron cuenta de un difícil aprendizaje, más que de una juvenil impaciencia. Si los estudiantes no depusieron las tomas sino -y con reticencia- después que se anunció el cumplimiento de la “agenda larga” es porque vieron al establishment instalado en el consejo asesor para la educación, y porque temen que el impacto que provocaron se diluya en la pesada morosidad de los ritmos institucionales. No están dispuestos a dejar que la inercia consuma las urgencias que todos ventean durante unos días, para olvidarlas después. Y la incapacidad para tomarse seriamente lo ocurrido la constataron respecto de un estamento de actores –los parlamentarios-, cuando el miércoles pasado no se produjo en el Congreso un verdadero debate educacional.