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Agosto 19, 2026

A falta de Educación, Reality: Simulacros de Movilidad Social

Días antes del discurso de la presidenta miraba embobado la tragedia que, capítulo a capítulo, se despliega al interior de Mekano (Megavisión) donde un puñado de muchachos de las clases bajas y aspiracionales se matan por un lugar en la televisión. En tanto, la revolución educacional prometida por Bachelet aguarda no se sabe qué para comenzar. Sin ella, lo único que les queda a esos jóvenes es sobrevivir en Mekano o… Ganar el loto.


Esta no es otra quejumbrosa columna contra el “monstruoso sistema neoliberal”. Por el contrario, pretendo derechamente reivindicar el capitalismo: la piedra basal de este sistema es ofrecer una posibilidad medianamente real de ascenso social mediante el propio esfuerzo y mérito. Eso en el Chile de hoy no existe. Es por ello que la economía de mercado amenaza con hacerse cada día más ilegítima e inviable. Y no puede ser de otra manera si la educación de, al menos, el sesenta por ciento de la población no logra instalar en los cerebros de sus egresados algún conocimiento capaz de ayudarlos mínimamente a la hora de enfrentar la selva del mercado laboral. No lo dudo: si el sistema escolar se mantiene como está, renuncio a todos mis principios liberales, pido a gritos una economía de estricta planificación central y, claro está, apoyo el correspondiente cierre de fronteras. El modelo podría ser Corea del Norte (Cuba está demasiado cerca de Chicago).

Se me tachará de catastrofista. No lo creo. El tema es el siguiente: el cien por ciento de los niños que participaban en Mekano eran de las clases bajas o medias bajas. No di con ninguno que -por su forma de hablar o sus giros lingüísticos- denotara provenir de alguna familia acomodada de Nuñoa, Providencia o Las Condes. ¿A qué se debería tal aplastante uniformidad? Nadie abandona lo valioso. Un adolescente que estudia en un colegio bilingüe de Nuñoa o  Las Condes, si bien podría tener ganas de pasarse un par de horas en el set de televisión por mero afán de jarana, difícilmente se arriesgaría a perder demasiadas clases en tal dudoso afán. Y esto, claro está, porque sabe que con lo que aprenderá en su establecimiento tendrá posibilidades razonables de optar a puestos de trabajo decentes y con cierto prestigio social. Algo muy distinto ocurre con los pupilos de la educación pública, pues en sus tiernos corazones late la desesperanza más absoluta. Huelen que nada sabrán al finalizar cuarto medio y que un futuro laboral de desolación les espera. En ese contexto, claro, lo mejor sería no salir jamás de Mekano. De ahí la atroz pesadumbre que invade sus rostros cuando se enteran de que fueron eliminados del programita infame, del sucedáneo de movilidad social en Chile. 

Lo que más exasperó del pasado discurso del 21 de mayo fue la suficiencia con que la presidenta enfrentó el tema de la educación. Y es que habló como si el único problema a enfrentar fuese el dotar de calidad a un sistema de instrucción pública que ya está funcionando como Dios manda. En el fondo, su mensaje sugería: ya ganamos la batalla de la cobertura y de los doce años mínimos de escolaridad, ahora sólo falta hincarle el diente a la calidad. Como quien dice: “ya construimos la casa, sólo queda pintarla”. Y con esta cantinela evitó hacerse cargo del problema central: no existe en Chile algo que merezca llamarse educación pública. De la revolución que prometió durante su campaña para encarar el desastre, nada.  A ella le correspondía -como mínimo- hacer un esfuerzo semejante al de Pedro Aguirre Cerda, con todo prefirió insistir en un programa que se limita a remozar, lijar y redondear lo ya realizado por las administraciones concertacionistas. Para ella no es motivo de alarma el que las escuelas públicas -a duras penas- tengan para pagar los sueldos líquidos de sus profesores, tampoco lo es el que el Estado destine un subsidio mensual de 1.5 unidades de fomento (UF) por alumno, mientras las fundaciones privadas exitosas en la educación de los más pobres destinan montos que parten de las tres UF per cápita mensuales. Menos aún le acongoja el que el ex ministro Bitar haya reconocido en los diarios que los profesores de matemáticas no saben fracciones. Y, encima de todo esto, tiene la candidez de llamar a los rapazuelos a que luchen por sus derechos a cara descubierta. ¿Entenderán el mensaje si son semianalfabetos funcionales? Chile, a partir del régimen militar, descubrió que la forma de ahorrar presupuesto fiscal era invertir menos del mínimo indispensable para educar razonablemente bien. La Concertación suavizó este predicamento, pero no alteró su sustancia. Es así como hemos criado a una generación de bárbaros y a estos no se les pide que procuren sus demandas civilizadamente. No pueden, son bárbaros. Que Dios la guarde y nos guarde.