Algunos me tacharán de paranoico, lo sé, pero prefiero pasar por tal a quedarme tranquilo mientras veo cómo se larva una sutil corrosión en uno de los pilares básicos de nuestra limitada democracia: el Congreso. Y es que las cacareadas comisiones (la previsional, la para reformar el sistema binominal y la de más allá) podrían ser la leve brisa marina que carcome -poco a poco- las endebles raíces de nuestra anémica república. No se trata de simples comisiones compuestas por tecnócratas de la confianza del gobierno, no señor. Son nada menos que instancias orientadas a buscar un consenso transversal y cuasi vinculante (tan transversal que, en la de previsión, participa el ex ministro de Pinochet, Martín Costabal). ¿Será fácil para nuestros parlamentarios rechazar las conclusiones de una comisión que hará alarde de representar a todos los sectores del país? ¿No es por fortuna misión de nuestro Congreso dar voz a todos los ciudadanos? Estas preguntas nos llevan a sospechar que estamos ante una flagrante duplicación -¿o usurpación?- de ciertas funciones de nuestro poder legislativo. El agravante pecuniario, claro está, es que le estamos pagando a nuestros congresistas para que deliberen sobre todos los asuntos públicos que afecten a Chile. ¿Por qué entonces hemos de aliviarles la tarea con estas comisiones de dudoso origen?
Nuestra bienintencionada presidenta nos argumentará que las comisiones sólo buscan dar mayor eficacia y agilidad a la tramitación parlamentaria de temas urgentísimos. Muy bien, no dudamos de su inspiración, pero sucede que ese tipo de razonamientos era el que usaba el corporativismo que tanto acarició la retorcida mente de Carlos Ibáñez. El rencor antiparlamentario tiene infinitas expresiones y en el PS sus barones no se encargan de reprimirlas lo suficiente. Ya en su imaginario les pesa el fantasma del heroísmo del presidente Balmaceda. Pero el heroísmo y las buenas intenciones no bastan para disciplinar los bajos instintos al rigor del ceremonial democrático. Y Allende, demás está recordarlo, comprobó esto trágicamente.
¿A qué tanta angustia? Insisto, no me estoy ahogando en un vaso de agua: tanto la historia institucional de Chile, como la de los actores involucrados tiene la tendencia a saltarse las formalidades democráticas básicas. El parlamento suele ser un dolor de cabeza para próceres tan representativos de nuestra sociedad como lo son Balmaceda, Arturo Alessandri, Marmaduke Grove, Carlos Ibáñez, Salvador Allende y, espero estar equivocado, Michelle Bachelet. Casi todos ellos (a Michelle le concedo el beneficio de la duda) han buscado atajos institucionales para lograr lo que, legítimamente, pensaban que era el bien del país. El parentesco espiritual de todos ellos queda muy bien retratado en las memorias de Erich Schnake (“Un Socialista con Historia”) quien, hacia la página 120, confiesa la sintonía del general Carlos Ibáñez (versión 2.0) hacia el partido socialista, no tanto por su visión ideológica, sino por su concepto del rigor y la praxis política. Hay que recordar que, en sus años mozos, el partido socialista solía hacer desfilar a sus cuadros con disfraces militares. Sintomático, ¿no?. Sin duda, se trataba de una premonición del gusto de Allende por llamar a uniformados a integrar su gabinete. Reconocer ahora que no es sólo patrimonio de la derecha la pésima costumbre de ir a golpear puertas a los cuarteles es esencial para nuestro futuro político.
No soy alarmista. Sé positivamente que Bachelet y sus asesores están bien inspirados, pero hay que recordar que cada acción política tiene sus repercusiones históricas. De suerte que si en diez años más Chile se encontrase en una situación político-social difícil, podría asegurar que no faltará el desprevenido que recomendará volver a la fórmula de las comisiones de la Bachelet (que, “entre paréntesis, qué buena presidenta fue”, dirá con convicción) para romper con el estancamiento legislativo que dominará en el Congreso de turno. Y si, para ese entonces, las Fuerzas Armadas atravesasen, por ejemplo, por una crisis previsional, muchos estarían tentados de formar -¿y por qué no?- una comisión con algunos “sabios uniformados” (de esos que nunca faltan). De modo que tendríamos a las FF.AA. deliberando, otra vez, sobre asuntos que tienen vedados. Ruido de sables, de nuevo, ¡y en pleno siglo XXI! Todo por saltarse a la “canalla dorada”, a los viejos oligarcas del Congreso. Sí, es mera ficción política, pero, Michelle, ¿serán las comisiones tan sanas como las aguas termales?