Durante el segundo trimestre del presente año un número significativo de partidos políticos chilenos realizará elecciones internas con el fin de renovar a sus dirigentes para las distintas instancias de sus estructuras. Los militantes serán convocados a las urnas para expresar en ellas su decisión y voluntad de apoyo a los que postulan a dirigirlos. Las nuevas dirigencias partidarias tendrán la responsabilidad de diseñar e implementar nuevas estrategias políticas que les permitan acceder, mantener o aumentar sus cuotas de poder dentro del sistema político.
Después de un tiempo de postergaciones, la democracia nuevamente ha llegado a los partidos. Finalizadas las elecciones parlamentarias, las presidenciales y la instalación del nuevo gobierno, los partidos se han ido volcando progresivamente hacia si mismos para intentar resolver democráticamente las legítimas diferencias y aspiraciones de sus militantes y liderazgos. Sin duda un ejercicio que más allá de renovar rostros y dar cuenta de las nuevas correlaciones de fuerzas internas contribuye en alguna medida a fortalecer el sistema de partidos y a consolidar la democracia en el país.
En efecto, los partidos políticos resultan ser fundamentales para el funcionamiento de los regímenes democráticos y para el desarrollo de las sociedades. Son organizaciones que surgen de la sociedad civil y se constituyen en fuerzas políticas en torno a ciertas visiones de la realidad y en función de principios, valores e ideas. Sus militantes suelen elaborar colectivamente propuestas políticas y programáticas que presentan a la sociedad. Desde una perspectiva clásica, los partidos aspiran a articular y agregar las demandas e intereses de la ciudadanía y conducirlas luego hacia las estructuras de poder para intentar satisfacerlas.
Los militantes de los partidos ingresan a ellos en forma absolutamente voluntaria, suelen provenir de los más diversos sectores sociales y representan una diversidad amplia de necesidades, intereses y demandas. Todo militante adquiere deberes y derechos y necesariamente debe adscribir a los principios fundacionales, al proyecto partidario, a la línea política definida para el período y ejercitar la democracia interna en un contexto de respeto, fraternidad y camaradería.
El militante es el sujeto que da sentido y razón a un partido político. Una línea de análisis de la ciencia política supone que el conjunto de los miembros de un partido, a través del ejercicio de su militancia, son los que configuran su perfil político frente a la ciudadanía, los que formulan las propuestas programáticas de cambio social y de transformación política para las sociedades y los depositarios indiscutidos de la soberanía partidaria, es decir, en cada militante radicaría en potencia la fuerza del conjunto de la organización.
En un contexto legal de relativas condiciones de igualdad para competir por el poder, los partidos políticos mediante diversas estrategias buscan posesionar sus liderazgos y discursos para influenciar políticamente a la ciudadanía, lograr su adhesión, construir mayorías y negociar luego con las estructuras de poder de la sociedad. En estricto rigor, la existencia y viabilidad de los partidos políticos está determinada por su vocación de poder. La finalidad última consiste en acceder al poder para desde ahí realizar transformaciones e implementar sus propuestas programáticas.
Si bien la función principal de los partidos es participar en la disputa por el poder político de la sociedad, con su inserción social, su presencia en las organizaciones de la civilidad, su accionar frente a la coyuntura y sus discursos partidarios ayudan a politizar a la ciudadanía, a desarrollar las relaciones sociales y la cultura cívica de una sociedad. Los partidos sin duda contribuyen o no a mantener la cohesión social y a garantizar o no la gobernabilidad.
Volviendo a lo señalado inicialmente, corresponde preguntarse por aquello que está en juego para los distintos partidos en las elecciones internas. En todo caso no es cierto aquello que un alto dirigente democratacristiano -que no va a la reelección- ha expresado con respecto a que en el presente período político no haya nada importante como para estar presente en la dirección partidaria. Nada más lejos de la realidad y de la prudencia política.
Es muy probable que en los próximos dos años se logren construir los acuerdos políticos necesarios para reformar el sistema electoral binominal. Tal situación no puede pasar inadvertida para los partidos y sus dirigencias. La reforma al binominal y la instauración de un sistema electoral de carácter proporcional implicaría la redefinición de las políticas de alianzas y la reformulación de las coaliciones políticas existentes hasta ahora.
Importantes pilares del modelo de crecimiento económico chileno serán sometidos a modificaciones y correcciones para hacerlo menos excluyente, depredador y regresivo y más redistributivo, protector y solidario. La previsión social, el cuidado del medio ambiente, la descentralización del país, la distribución del ingreso y la redefinición de los subsidios, el mercado de capitales, los TLC y la integración latinoamericana –entre otros- serán temáticas que demandarán el máximo de atención de los partidos y sus dirigentes. Aspectos ideológicos significativos surgirán y serán puestos en el debate público, potenciando procesos de diferenciación política entre los partidos.
Los partidos durante los dos próximos años deberán, además, prepararse para enfrentar las elecciones municipales del año 2008. Seleccionar candidatos, definir comunas, establecer acuerdos políticos, construir plataformas electorales y de programas, elaborar estrategias de posicionamiento locales y aspirar a respaldos mayoritarios de la ciudadanía que les permita quedar en un buen pié para entrar al escenario presidencial del año 2009.
De ahí entonces que las próximas elecciones del PS, de la DC, del PPD y de RN no deberían ser meros actos formales de participación de sus militancias. Muy por el contrario, de algún modo en ellas está en juego la fisonomía del sistema de partidos, las identidades partidistas, los proyectos partidarios, las políticas de alianzas, los tipos de liderazgos internos y las estrategias políticas para posicionarse en la ciudadanía y en la sociedad. Para las nuevas dirigencias políticas articular y proyectar armónicamente continuidad y cambios en cada partido será clave.
Sin embargo, hasta ahora la ausencia de debates, de confrontación de ideas y de competencias de propuestas políticas ha sido común a todos los partidos. La militancia decidirá por personas y no por las ideas y propuestas que postulan. Se votará por dirigentes para conducir los partidos desconociendo a cabalidad sus ideas y sus cartas de navegación. La lógica indicaba que previo a la elección de dirigentes hubiese sido adecuado realizar procesos congresales que involucraran al conjunto de la militancia en la definición de los grandes temas partidarios para luego elegir los mejores liderazgos que les dieran conducción.
Los militantes de los partidos ingresan a ellos en forma absolutamente voluntaria, suelen provenir de los más diversos sectores sociales y representan una diversidad amplia de necesidades, intereses y demandas. Todo militante adquiere deberes y derechos y necesariamente debe adscribir a los principios fundacionales, al proyecto partidario, a la línea política definida para el período y ejercitar la democracia interna en un contexto de respeto, fraternidad y camaradería.
El militante es el sujeto que da sentido y razón a un partido político. Una línea de análisis de la ciencia política supone que el conjunto de los miembros de un partido, a través del ejercicio de su militancia, son los que configuran su perfil político frente a la ciudadanía, los que formulan las propuestas programáticas de cambio social y de transformación política para las sociedades y los depositarios indiscutidos de la soberanía partidaria, es decir, en cada militante radicaría en potencia la fuerza del conjunto de la organización.
En un contexto legal de relativas condiciones de igualdad para competir por el poder, los partidos políticos mediante diversas estrategias buscan posesionar sus liderazgos y discursos para influenciar políticamente a la ciudadanía, lograr su adhesión, construir mayorías y negociar luego con las estructuras de poder de la sociedad. En estricto rigor, la existencia y viabilidad de los partidos políticos está determinada por su vocación de poder. La finalidad última consiste en acceder al poder para desde ahí realizar transformaciones e implementar sus propuestas programáticas.
Si bien la función principal de los partidos es participar en la disputa por el poder político de la sociedad, con su inserción social, su presencia en las organizaciones de la civilidad, su accionar frente a la coyuntura y sus discursos partidarios ayudan a politizar a la ciudadanía, a desarrollar las relaciones sociales y la cultura cívica de una sociedad. Los partidos sin duda contribuyen o no a mantener la cohesión social y a garantizar o no la gobernabilidad.
Volviendo a lo señalado inicialmente, corresponde preguntarse por aquello que está en juego para los distintos partidos en las elecciones internas. En todo caso no es cierto aquello que un alto dirigente democratacristiano -que no va a la reelección- ha expresado con respecto a que en el presente período político no haya nada importante como para estar presente en la dirección partidaria. Nada más lejos de la realidad y de la prudencia política.
Es muy probable que en los próximos dos años se logren construir los acuerdos políticos necesarios para reformar el sistema electoral binominal. Tal situación no puede pasar inadvertida para los partidos y sus dirigencias. La reforma al binominal y la instauración de un sistema electoral de carácter proporcional implicaría la redefinición de las políticas de alianzas y la reformulación de las coaliciones políticas existentes hasta ahora.
Importantes pilares del modelo de crecimiento económico chileno serán sometidos a modificaciones y correcciones para hacerlo menos excluyente, depredador y regresivo y más redistributivo, protector y solidario. La previsión social, el cuidado del medio ambiente, la descentralización del país, la distribución del ingreso y la redefinición de los subsidios, el mercado de capitales, los TLC y la integración latinoamericana –entre otros- serán temáticas que demandarán el máximo de atención de los partidos y sus dirigentes. Aspectos ideológicos significativos surgirán y serán puestos en el debate público, potenciando procesos de diferenciación política entre los partidos.
Los partidos durante los dos próximos años deberán, además, prepararse para enfrentar las elecciones municipales del año 2008. Seleccionar candidatos, definir comunas, establecer acuerdos políticos, construir plataformas electorales y de programas, elaborar estrategias de posicionamiento locales y aspirar a respaldos mayoritarios de la ciudadanía que les permita quedar en un buen pié para entrar al escenario presidencial del año 2009.
De ahí entonces que las próximas elecciones del PS, de la DC, del PPD y de RN no deberían ser meros actos formales de participación de sus militancias. Muy por el contrario, de algún modo en ellas está en juego la fisonomía del sistema de partidos, las identidades partidistas, los proyectos partidarios, las políticas de alianzas, los tipos de liderazgos internos y las estrategias políticas para posicionarse en la ciudadanía y en la sociedad. Para las nuevas dirigencias políticas articular y proyectar armónicamente continuidad y cambios en cada partido será clave.
Sin embargo, hasta ahora la ausencia de debates, de confrontación de ideas y de competencias de propuestas políticas ha sido común a todos los partidos. La militancia decidirá por personas y no por las ideas y propuestas que postulan. Se votará por dirigentes para conducir los partidos desconociendo a cabalidad sus ideas y sus cartas de navegación. La lógica indicaba que previo a la elección de dirigentes hubiese sido adecuado realizar procesos congresales que involucraran al conjunto de la militancia en la definición de los grandes temas partidarios para luego elegir los mejores liderazgos que les dieran conducción.
Antiguamente los procesos de renovación de dirigentes en los partidos políticos movilizaba orgánicamente a las estructuras partidarias y a sus militancias, germinando de nuevas ideas y propuestas políticas a sus liderazgos. Hoy la marcha de los militantes hacia las urnas sólo cumple una función litúrgica y formal, carente del potencial energizador y creativo que la participación real da a los militantes.