Gane el adolfismo o el alvearismo la conducción de la DC, sus cartas presidenciales necesitarán desmarcarse del gobierno de Bachelet lo suficiente para alimentar sus opciones. Pese a la negativa de ambos bandos, la lucha en ese partido se presidencializó, apenas iniciado el segundo período de la Concertación que encabeza un socialista.
El partido dividido en dos que dejó la Junta Nacional de la Democracia Cristiana preanuncia una difícil relación de esta colectividad con el gobierno de Michelle Bachelet, cualquiera sea el resultado de las elecciones abiertas que, en principio, se realizarían el 30 de abril próximo. La apasionada intensidad del debate interno mostró a una patria DC ensimismada en su futuro, con dos bandos que creen tener la mejor fórmula para reverdecer sus glorias pasadas. Definir esta virtual “guerra civil” pasa, para ambos, por superar la situación que dejó a uno de los suyos sin ocupar, por segunda vez consecutiva, la Presidencia de la República. Los dos sectores comparten un mismo “nacionalismo” partidario que no se contrapone con la vocación “regionalista” de permanecer en la Concertación, pero con el objetivo de encabezarla.
La dinámica de este proceso se alimenta necesariamente de un afán presidencialista y esto es lo que subyace en el trasfondo de la agria disputa entre “alvearistas” y “adolfistas”. El senador Zaldívar se dio cuenta de la inconveniencia de enarbolar su nombre en una batalla que podía perder y levantó la opción de reemplazo del diputado Jaime Mulet: la negativa del colorín a repostularse él mismo fue una jugada estratégica para mantener incólumes sus posibilidades para dos años después. Por ahora, una suerte de “adolfismo sin Adolfo” lo sacaría, perdiera o ganase Mulet, de una desgastadora primera línea de fuego.
Cuando Soledad Alvear decidió apuntar al cargo en enero, a escasas horas de la victoria de Michelle Bachelet, la lucha interna de la DC tomó un indecoroso tinte presidencialista: intentar “manchar el vestido de la novia” fue la acusación más expresiva que se le hizo a la recién elegida senadora en el consejo nacional de su partido. Un gesto tal significó desafiar las pretensiones del jefe decé de renovar su mandato, convirtiéndose en el primer “choque de trenes” (la expresión es del diputado Lorenzini) en la ruta que lleva al año 2010. Como Zaldívar ya había sufrido una derrota a manos de su rival, en la definición de la pasada candidatura presidencial, la mejor manera de persistir en el intento de alcanzar La Moneda era postergarse como abanderado, resituándose detrás de la bandera. Y esta no es otra que “la corrección del modelo”, causa que la Democracia Cristiana debe asumir, dijo, más allá del hecho de que haya sido él quien la levantó e instaló en la agenda nacional.
Con este anuncio, el colorín está apuntando tanto a Alvear como a la Presidenta Bachelet. A la primera le dice, en su carta a los militantes del 20 de marzo, que si él aceptase repostular estaría adelantando la definición presidencial, y a la segunda le advierte que trabajará durante su gobierno para “impulsar las correcciones necesarias y si no se logra, crear nuestra propia plataforma programática para presentársela al pueblo de Chile en el momento que corresponda”.
Cualquiera sea el desenlace del largo proceso interno DC, el panorama no se presenta halagueño para el segundo gobierno de la Concertación encabezado por un socialista. A quienes sorprendió el entendimiento de los adolfistas con el bacheletismo, desde los días de la conformación del primer comando presidencial, habría que recordarles que en política se dan las más extrañas alianzas. Bachelet logró que Zaldívar no reprodujese con ella las reticencias que mostró siempre ante Ricardo Lagos, pero eso correspondió a una etapa en que candidata y jefe partidario necesitaban afianzar sus respectivos futuros. Una excesiva influencia de Soledad Alvear en la campaña era inaceptable para ambos, y eso es lo que explica su marginación del comando de la segunda vuelta, porque la senadora electa el 11 de diciembre habría reclamado para sí el crédito del triunfo presidencial del 15 de enero.
Hoy la Presidenta enfrenta un juego distinto. Si Alvear se convierte en jefa partidaria, su carta presidencial estará sobre la mesa; el adolfismo, en cambio, podrá guardar la de su líder aunque pierda la partida. Y cualquiera de los dos necesitará desmarcarse del actual gobierno lo suficiente para alimentar su opción.
Las dos maquinarias de poder que se enfrentaron en la Junta del fin de semana estaban desprovistas de diferenciación ideológica. Las dividió -en dos mitades- una cuestión de procedimiento: si la directiva era designada en esa instancia o si se iba a una elección universal en que cada militante vale un voto. Todas las razones de principio esgrimidas palidecen ante una verdad incuestionable: cada bando se abrazó al mecanismo que le daba más posibilidades de ganar. Uno dijo que el partido se desangra con el acarreo de militantes y una exposición medial de diferencias; el otro contestó que ambos poseen capacidad de convocatoria y que un debate ante el país -como el que protagonizaron por televisión, en los 90, Enrique Krauss y Gutenberg Martínez- es, en definitiva, democrático. Tales argumentos, proferidos a veces con destemplanza, son sólo de conveniencia circunstancial.
Lo que podría interesar a los que no militan en la DC ni en los otros partidos es cómo estas luchas sectariamente chovinistas llegan, al acumularse cuantitativamente, a producir un daño cualitativo en el sistema democrático chileno, uno de cuyos nutrientes lo constituyen las corrientes ideológicas. Las cúpulas y dirigentes de base parecen olvidar que sus instituciones, si representan bien a las porciones de ciudadanos que a ellas adhieren, pueden convertirse en el mejor dique para contener las aventuras populistas y caudillistas que se han vivido en otros puntos del planeta, muy cercanos geográfica y culturalmente de Chile.