La mayoría de los chilenos conoce el nombre de Potemkin por la película sobre el motín en el Acorazado, que lleva el nombre de este ministro de Catalina II; la zarina era una de las tantas monarcas que poseían ilustración: mantenía correspondencia, a menudo, con filósofos como Voltaire y Diderot, entre otros. Como nuestra Abeja Reina, Michelle Bachelet, Catalina era soltera pero no fanática de ese estado: entre tantos pretendientes, metió entre sus cálidas sábanas al precursor de la Independencia de América, Francisco Miranda, quien por esa época era un agente del imperio británico; el ministro Potemkin, celoso de Miranda, logró reconquistar el cariño de Catalina.
La zarina, al igual que la princesa Michelle, se preocupaba por la suerte de los pobres campesinos y, queriendo por sus propios ojos cómo vivían los pobres en las aldeas, decidió solicitar a su ministro Potemkin preparar una visita sorpresiva al lugar; asustado el ministro, sacó algunos fondos del superávit fiscal para pintar las “rucas” de los campesinos rusos y arreglar sus dientes para que lucieran brillantes y sanos, a la vista de la zarina. Cuando la monarca se retiraba, los campesinos volvían a su misma vida miserable que habían llevado siempre. Estas eran las famosas aldeas Potemkin.
Estoy convencido de que si Potemkin hubiese sido chileno nadie hubiera descubierto la falsedad de sus aldeas. Desde su nacimiento como república, la apariencia de bienestar se ha convertido en nuestra mejor carta de presentación en el exterior: Chile es el país más ordenado de América Latina, es el único que funciona eficazmente…Podemos atribuir a Diego Portales la invención de esta maravillosa aldea Potemkin: por medio del “peso de la noche” nadie se atrevía a rebelarse y quien lo hiciera era desterrado, como lo fueron los pipiolos y Ramón Freire; con un poco de “garrote y zanahoria”, bien administrado este pueblo de borregos podría ser feliz; el ideal del despotismo ilustrado: todos para los rotos pero sin los rotos.
Con el tiempo, todos los gobernantes tuvieron un Potemkin que supo mostrar al “monarca” las condiciones ideales en que vivían sus súbditos: Luis XIV Lagos le creyó al potemkin Rodríguez Grossi cuando le informó al “rey sol” que la crisis energética era un problema que casi se solucionaba solo; si los argentinos se ponían pesados, compraríamos gas licuado en el país virtual de“Tumbutú”; qué importa que sea caro, para eso tenemos millones de superávit. El ahora ciudadano Lagos jactanciosamente seguro que no habría ningún problema en el abastecimiento eléctrico; la verdad es que tuvo suerte, pues el año pasado llovió, pero bastaría una “niña” para botar por el suelo toda nuestra seguridad energética. A pesar de la franqueza de Alejandro Foxley, nuestra Catalina II anda repitiendo los mismos dichos de Luis XIV.
A los chilenos nos encanta creerle a Potemkin: alabamos al profesor Lagos como el mejor presidente de Chile y presentamos sus obras como perfectas: no hay ningún sentido crítico, ningún problema, empresarios y trabajadores andan del brazo y felices. Quién fue el descriteriado que habló de lucha de clases? La princesa Michelle tiene obnubilados a moros y cristianos: cuando visita un hospital no se ve ninguna cola, los funcionarios con suma amabilidad y amor a los pacientes, de la noche a la mañana, los mayores de 60 años no pagan ninguna prestación de salud, en las sala-cunas los niños hablan inglés y chino-mandarín y cantan, mejor que Pavarotti, un área de la Flauta Mágica y, para colmo, constatando que existían perros sarnosos y rabiosos, que podían morder a los invitados en la transmisión de mando, un funcionario del ministerio de Potemkin se le ocurrió la brillante idea de eliminar estos canes, entre gallos y media noche; incluso, el pobre Diógenes, jefe de la escuela de los canes, está escondido ante el temor de morir en manos de un funcionario del gobierno de la Abeja Reina. Como decía José Manuel Marroquín, poeta colombiano, “no era una perra sarnosa, era una sarna perrosa, con figura de animal”. No hay caso, los chilenos siempre amarán las falaces aldeas Potemkin, propias del despotismo ilustrado, para no mirar la realidad.