El poder es como la nicotina

La adicción al poder es mucho más fuerte y maligna que la nicotina: nada se obtiene con amenazar a nuestros prohombres sobre las graves consecuencias del vicio de fumarse los cargos públicos; seguramente, terminarán con cáncer a la laringe y la boca y no podrán cantar pateras loas a nuestra emperatriz, Catalina II, Michelle Bachelet. La mayoría de los ambiciosos políticos aspira a ser la persona, por sus méritos personales, lealtad y afinidad política, para ocupar cargo en la administración pública; la mayoría cree que la presidenta piensa día y noche en cada uno de ellos o ellas.

Humildemente, están dispuestos a cambiar el puesto de ministro por el de un intendente, un gobernador o un seremi, lo importante es no dejar el dulce vicio de inhalar toxinas del poder en los lugares públicos, por eso, con razón, están en contra de esta ley prohibitiva que impide fumar en lugares cerrados.
En todos los cambios de mando presidencial no hay político que no se vea con una elegante corbata italiana o un monstruoso traje sastre en las miles de siúticas fotografías en que las autoridades lucen sus sonrisas. Nuestra Michelle es porfiada y le gusta elegir, ella sola, su equipo de gobierno; desafortunadamente, la Presidenta dejó de lado en los cargos principales a conspicuos políticos que se creían sus amigos, y con méritos de sobra; es el caso de Ricardo Solari, quien después de muchos desvelos, como jefe de la campaña presidencial en la primera vuelta, no ha logrado, hasta ahora, ni una mísera gobernación; lo mismo está ocurriendo con Abdula Sergio Bitar quien, mágicamente, cuando Michelle Bachelet se encontraba a punto del despeñadero en las encuestas, reorganizó la campaña y la llevó a la primera magistratura. Para qué hablar de los hábiles lobbistas de los ex Mapu, entre ellos Eugenio Tironi, Enrique Correa, José Joaquín Brunner, y otros, quienes estaban convencidos de contar con un cargo vitalicio en los ya eternos gobiernos de la Concertación. Sin la nicotina del poder estos pobres prohombres no pueden dormir tranquilos; no tienen ningún subalterno a quién dar órdenes, ningún periodista que les pregunte sobre nada; como son inteligentes, volverán a guarecerse en millonarias ONGs, que publicarán interesantes investigaciones destinadas a criticar cualquier error que cometan quienes les usurparon sus cálidas y placenteras sillas del poder. Nada más utópico que querer eliminar el vicio de la nicotina del poder, aunque conlleve enfermedades terminales, sin fumar la existencia de los políticos carece de sentido. Morir fumando sin pegas ni cagando

Rafael Luis Gumucio Rivas