No es que Bachelet sea más izquierdista que Lagos, sino que ella debe avanzar en las tareas pendientes de una modernidad que no puede seguir embelesada con los índices macroeconómicos y las obras de infraestructura. Son las expectativas que había detrás de la emotividad desplegada durante los actos de asunción del mando.
La emotividad que inundó los actos de traspaso y asunción del mando presidencial estuvo acompañada –y se diría que hasta determinada- por la alta carga de expectativas de una ciudadanía que no se mostraba tan enfervorizada desde los triunfos del No y de Patricio Aylwin. Algo pasó en el sentir colectivo frente el hecho de que un prestigiado Presidente Lagos entregase la banda a una mujer. Las nostalgias adelantadas que pudieran comenzar a sentirse por la partida de aquél dieron paso rápidamente a una sensación de que el relevo no sólo es una exigencia democrática, sino una necesidad de renovar equipos en vías de desgaste. Y esto se hizo de la manera más novedosa posible: pasando la posta a alguien como Michelle Bachelet, quien proyecta una acogedora sensibilidad femenina junto a un marcado progresismo, rasgos ambos de los que empezó a dar muestras desde sus primeros gestos y palabras. ( “La política va a ser más humana y el gobierno más social”, se atrevió a pronosticar el presidente la CUT, Arturo Martínez, al ingresar el lunes a una primera reunión con las nuevas autoridades del Trabajo).
La Presidenta recién investida pronunció tres discursos en el intenso fin de semana, en una celebración ininterrumpida de dos días que, como las de Fiestas Patrias, tanto gustan a los chilenos. La tónica común de sus intervenciones la constituyeron la elocuencia y una notable cercanía con la gente, que le permitió interactuar con ella, incluso durante lo que se supone era su crucial aparición en uno de los balcones La Moneda. Con una prolija selección previa de los ingredientes a utilizar en cada uno de los tres discursos, la Presidenta estuvo mejor que en los que pronunció como candidata, al menos en los que se difundieron masivamente.
Su estilo cordial no es sólo un arma para conquistar al público. También se manifestó espontáneamente en la solemne ceremonia del Congreso Pleno (“habría que pedirle el teléfono”, le susurró al presidente del Senado, Eduardo Frei, refiriéndose al que gritó desde las tribunas “Te amamos, Michelle”). De acuerdo al testimonio del canciller Alejandro Foxley, su calidez logra romper la rigidez que envuelve muchas veces la interlocución con gobernantes y dignatarios extranjeros.
El saldo a nivel de relaciones exteriores que deja el traspaso del mando es el de buenos aprontes, tanto en lo que interesa directamente a Chile como en lo que pueda contribuir el país para facilitar el diálogo en las Américas. La proverbial exuberancia de Hugo Chávez no dio lugar a desaguisados diplomáticos, en parte porque su paso fue fugaz; no hubo el temido cara cara de éste con Condoleezza Rice, pero sí el de la jefa de la diplomacia estadounidense con Evo Morales y el de Kirchner con Tabaré Vásquez, que disputan por unas plantas de celulosa al borde del río Uruguay. El presidente electo de Haití, René Préval, tuvo la oportunidad de hacer sus planteamientos a Chile, y el nuevo gobernante de Bolivia pudo derrochar y sentir afecto en una histórica visita.
Aunque la cautela tenga que imperar en las cancillerías, la empatía producida con Evo en el Estadio Nacional y Cerro Castillo es un hecho que lleva irresistiblemente a una nueva etapa de convivencia, y no sería de extrañar que Santiago y La Paz anuncien pronto el restablecimiento de relaciones a nivel de Embajador. Que siete mil chilenos corearan “Mar para Bolivia” llevó al emocionado Presidente de este país a un reflexivo compromiso: no agitar más esta bandera por pretextos de política interna, sino únicamente por razones de justicia internacional, en cuya consideración deben atenderse los complejos intereses de una y otra parte.
Algunos de los adherentes al acto de homenaje al gobernante indígena estuvieron el domingo en la fiesta “Canta América, Canta”, hasta enarbolando banderas del partido Comunista. Los aires estaban inundados por la música de Violeta y Víctor Jara, los dos artistas a quienes nombró la Presidenta Bachelet en su alocución. Pero el día anterior ella había aludido a las estatuas de Portales, Jorge Alessandri, Salvador Allende y Frei Montalva y a sus tres inmediatos antecesores en la Moneda, con especial énfasis en Ricardo Lagos. La Mandataria piensa “y lo dijo” que los chilenos creen que ella “simboliza el reencuentro de todos los chilenos”, lo que incluiría a los represores de ayer. Para incorporar a los militares en este cuadro acudió a una elipsis, a través de la figura de su padre, el general de Aviación muerto en la cárcel, poco después del golpe. Hoy, las fuerzas armadas obedecen de nuevo al poder civil y le rinden honores a su máxima autoridad, la hija de Alberto Bachelet. La hábil oradora no hizo un apartado para referirse al Presidente Allende –el más vitoreado de su lista de monumentos-, pero subliminalmente terminó sus palabras con una invocación a “las grandes alamedas”.
Que es “más izquierdista que Lagos”, dicen algunos derechistas. Pero no, “es el progreso, imbécil”, para parafrasear la célebre frase sobre la economía. La red de “protección social” que Michelle Bachelet se propone tejer de aquí al 2010 es la tarea pendiente de una modernidad que ya no puede seguir embelesada con los índices macroeconómicos y las obras de infraestructura y eso constituyó el reclamo hasta de la derecha en la última elección. Si Lagos no careció de la visión del “crecimiento con equidad” es su sucesora la que hereda el desafío de avanzar hacia esa meta con la sensibilidad mayor de una mujer que es médico pediatra y jefa de familia, por añadidura.