Coalición de Gobierno y Suprapartidismo

Ha llamado poderosamente la atención la forma en que la presidenta electa, Michelle Bachelet, ha designado a sus ministros, subsecretarios e intendentes. Sin ahondar en el hermetismo y en la discreción usados para manejar las nominaciones, parece ser que la influencia de los partidos de la Concertación llegó sólo hasta el momento en que elaboraron los listados con sus militantes más idóneos para desempeñar las funciones del futuro gobierno.

La politología enseña que en los gobiernos de coalición los partidos en forma natural tienden a ejercer una fuerte influencia en la conformación de los gabinetes, de las carteras y de los gobiernos regionales y provinciales. Con claridad tal influencia se aprecia en gobiernos conformados en regímenes parlamentarios y con mayor nitidez en aquellos que surgen bajo sistemas presidencialistas.

Este último es el caso de Chile, sólo que quizás la diferencia se encuentre en que en esta oportunidad la mencionada influencia de los partidos en la conformación del futuro  gobierno no se aprecie con nitidez. Quizá habría que señalar que la relación de la autoridad presidencial con los partidos está comenzando a cambiar y, que impulsada por la propia presidenta, una nueva modalidad de relación ha comenzado a configurarse entre gobierno y partidos.

El 11 de marzo se iniciará el cuarto gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia. La Concertación ha sido la coalición de gobierno más amplia, duradera y exitosa en toda la historia política de Chile. Ha ganado todas las contiendas electorales en las que ha participado y ha entregado, no sin costos significativos para las expectativas de muchos ciudadanos, estabilidad política, gobernabilidad democrática, crecimiento económico y desarrollo social al país.

¿Cuál ha sido la clave de la Concertación para mantenerse unida por 18 años y cuál la de los gobiernos de la coalición para asegurar su éxito y continuidad? Ha sido la unidad política, la necesidad de construir fuerza política de mayorías estables que recoja y refleje la diversidad y el pluralismo existente en la sociedad chilena. De ahí que partidos políticos tan distintos en lo ideológico, en lo político y en lo orgánico -en el pasado- se hayan unido en torno a un proyecto democratizador orientado a reestablecer el estado de derecho, a recuperar la democracia, a generar condiciones para el desarrollo y el crecimiento económico y para avanzar sustancialmente en la justicia y en la igualdad social. En otras palabras, ningún partido de la coalición puede ofrecer hoy al país lo que la Concertación representa y ofrece. El “camino propio” y el “avanzar sin tranzar” están superados.

El suprapartidismo constituye la clave para responder a la segunda parte de la pregunta. Se sabe que no basta sólo con ganar elecciones sino que es necesario gobernar y además hacerlo bien. Para tales fines es necesario que el Presidente ejerza su autoridad sin la presión constante de los partidos políticos que conforman la base de sustentación política de su gobierno. La gestión gubernamental en consecuencia adquiere rasgos marcadamente suprapartidistas, es decir, la autoridad que toma las decisiones es el Presidente, sus colaboradores responden a él y no a los partidos a los cuales pertenecen.

Unidad política y suprapartidismo, en términos generales, han sido dos de las claves del éxito de la Concertación y de sus gobiernos. Si esto es así, ¿por qué ha llamado la atención la forma en que la presidenta Michelle Bachelet ha designado a sus colaboradores?

No ha aceptado presiones ni influencias de los partidos de la concertación. Se ha concentrado en responder a los compromisos adquiridos con la ciudadanía y mostrar  rostros nuevos, calidad profesional y paridad de género en las responsabilidades gubernamentales. Su actitud claramente difiere de la forma en que sus predecesores designaron a sus colaboradores. Con algunos matices, desde Aylwin a Lagos, las nominaciones obedecieron a los clásicos parámetros de la política partidaria.

Ha mantenido los equilibrios políticos de la coalición. Cada partido aparece representado en el gobierno según su relativo peso electoral, y al mismo tiempo, tratando de reflejar sus tendencias internas. Sin embargo, la imagen percibida es que las nuevas autoridades no ejercen necesariamente influencias políticas significativas al interior de sus propios partidos. Esta característica del gobierno de Bachelet introduce un giro interesante en la relación que ha existido entre los gobiernos de la concertación y los partidos.

Se ha preocupado especialmente de mostrar un nuevo perfil de servidor público, menos político y más técnico. Un número significativo de ministros, subsecretario e intendentes son profesionales relativamente jóvenes, exitosos, con estudios en el extranjero, con fuertes vínculos hacia el sector privado, con escasa vida militante y miembros de corporaciones y fundaciones de inspiración neoliberal. Resulta curioso el calificativo de pro algo para referirse a la orientación política de alguno de ellos. Habrá que verlos en acción.

En este contexto, bien podría afirmarse que Michelle Bachelet se ha propuesto realizar el cambio generacional, tanto en el gobierno como en los partidos de la coalición, al que algunos sectores partidarios se han opuesto tenazmente.

De ser así, un cambio generacional de tal naturaleza sin la participación de los partidos de la coalición sería un error político grave. La campaña presidencial intentó prescindir de los partidos y centrar su accionar en la ciudadanía como principal actor. Fue notorio el cambio en la segunda vuelta. Votar por Bachelet era votar Concertación. A nadie le cabe duda que fueron los partidos de la coalición los que permitieron el triunfo presidencial.

En este contexto, los partidos políticos de la Concertación se encuentran enfrentados al gran desafío de modernizar y renovar sus estructuras, sus proyectos y sus liderazgos, de ponerse en sintonía con la ciudadanía y de asumir conjuntamente la gran tarea de redefinir el proyecto democratizador de la Concertación. Del mismo modo, se enfrentan al desafío de buscar nuevas formas de relación con la presidenta y de cooperación con el gobierno.

Es un gran desafío para quienes comparten una misma historia. Para los partidos que llevaron a Michelle Bachelet a la Moneda, y para la Presidenta que los ha puesto en un pie forzado. En todo caso, curioso fue que el aniversario número 18 de la Concertación, el 02 de febrero, haya pasado casi inadvertido.

 

Patricio Bustos Pizarro