Se busca un tal Abraham

Se sabe que Nietzche trató de superar al Nazareno reemplazándolo por un dios juguetón, parrandero y jugador, como Dionisio. Jehová o como cualquiera de sus mil nombres, jamás pudo ser representado con imagen humana alguna, al igual que Mahoma. Este Dios invisible se entretenía jugando con los estúpidos hombres; a un tal Abraham, que vivía en Ur, de Caldea, lo hizo caminar hasta millas y millas de desierto, a pie pelado, hasta llegar a Canaam y, para más remate, se le ocurrió nada menos que pedir el sacrificio cruento de su hijo Isaac; como Abraham era un reputado califa, tenía mujeres por docenas: una de ellas le dio un hijo llamado Ismael, padre de los musulmanes.

Aquí empieza la historia trágica del odio entre las religiones monoteístas, que ha producido más muertos que todos los terremotos juntos. No me puedo explicar por qué le producía temor y temblor al filósofo danés Kierkegart este acto de infanticidio. Posteriormente, este Dios invisible siguió formando guerreros crueles y sanguinarios, por ejemplo, los famosos macabeos, – la palabra macabro viene de ellos – que, fanáticamente, no podían aceptar los simpáticos dioses griegos, como el violador Zeus y la inteligente Atenea. Tampoco los zelotes, a los cuales se dice que pertenecían la mayoría de los apóstoles de Jesús, eran blancas palomas: eso de “amaos los unos a los otros” no se lo tragaban mucho, pues Pedro andaba armado y, según el Evangelio, le cortó una oreja, nada menos, que a un soldado romano.

Con el correr de los tiempos, a un patriarca se le ocurrió que los judíos habían asesinado a Cristo y, a su vez, a los coterráneos de Jesús no le caían muy bien los guerreros de esta secta; piensen que el primer mártir cristiano se llama Esteban y fue lapidado por los judíos en Jerusalem. Más tarde, el emperador Constantino se convirtió del paganismo al cristianismo al ver en una batalla el signo de la Cruz, pretexto para convertir el cristianismo en la religión oficial del imperio; de nuevo, ríos de sangre: los nestorianos, los monofisistas, los gnósticis. Condenados, no les quedaba otra salida que la abjuración o la muerte.

Hacia el año 600, un tal Mahoma, analfabeto, casado con una millonaria, se le ocurre tener comunicaciones directas con el arcángel Gabriel, quien le dicta cantando las surras del Corán, tradición que se mantiene hasta ahora. El mismo Dios de Abraham, y nuevamente su ebriedad guerrera: el Islam se prolonga por todo el mundo, hasta ser parcialmente detenido por Carlos Martel, en la batalla de Piotier. De nuevo las divisiones: los chiitas son los seguidores de los parientes directos del Profeta; Alí, hijo de Fátima, Hussein y Hassan. Los chiitas siempre recuerdan el asesinato de Alí como el sacrificio de Cristo, en una ciudad cercana a Bagdad; nada más parecido a los autoazotes cristianos que las ceremonias chiitas recordando el crimen del pariente del Profeta. Los sunitas son los sucesores de los califas, en el fondo, chiitas y sunitas se odian desde que fuera asesinado Ali por los sucesores de Omar. Pero los cristianos tampoco lo  hacían major: luteranos, calvinistas y católicos provocaron las peores guerras religiosas que terminaron en la matanza de San Bartolomé; para qué hablar del fanatismo de las Cruzadas o de los tribunales de la “Santa Inquisición”.

En América, la entronización del cristianismo por parte de los españoles se hizo en base al crimen, obligando a los indígenas a aceptar un credo y a un Dios ajeno a su cultura y más cruel que los dioses aztecas e incas.

Es cierto que junto a la crueldad del Dios de Abraham existieron siempre profetas que denunciaron el abuso, como el Padre de Las Casas y Pedro Claver, y también filósofos judíos de la tolerancia, como Spinoza, que por esta razón fue expulsado de la Sinagoga.

Quién hubiera pensado que la brutalidad del ex alcohólico, hijito de papi, convertido en fanático predicador protestante, George W Bush, apoyado por su borrego e infantil pueblo, iba a provocar una cuasi guerra civil entre fanáticos sunitas y chiitas. Personalmente, no creo en la ingenua tesis de la guerra entre religiones: detrás de todos estos odios y asesinatos está el famoso oro negro, que provoca mucha más pasión que los conflictos entre los hijos de Abraham. El neoliberalismo es la religión más criminal de la historia de la humanidad y sólo puede vivir del tanax que elimine a los moscardones pobres del planeta. Desesperado, vuelvo a leer al burgués Voltaire en su lucha por la tolerancia y el dedicarnos a cultivar nuestro jardín.