Lo que sí está claro es que a diferencia de las anteriores candidaturas de la Concertación, la de Bachelet emergió con fuerza desde la ciudadanía y desde entonces se ha preocupado de mantener “simbólicamente” un estrecho contacto con ésta a través de una actitud acogedora y de sensibilidad ciudadana. Por otro lado, la votación lograda en la segunda vuelta le ha permitido tomar cierto distanciamiento crítico respecto de los partidos políticos que constituyen la base de sustentación de la Concertación y de su gobierno, por tanto ha contado con mayor libertad para definir las líneas prioritarias de su gobierno y para conformar sus equipos de colaboradores.
Es a partir de éstos hechos, y sin duda de otros, que es posible identificar ciertos rasgos que podrían llegar a constituir el estilo de su liderazgo presidencial, en un contexto en el que tendrá sólo cuatro años para desarrollar y demostrar sus capacidades.
Llamó poderosamente la atención que Bachelet haya concurrido al TRICEL a recibir personalmente los resultados finales de las elecciones de enero. Un gesto que ninguno de los presidentes electos anteriores había realizado. Al parecer su asistencia al TRICEL marca un estilo de liderazgo claramente presencial.
El hermetismo parece ser otro de los elementos que tienden a configurar ese liderazgo. La conformación de su Gabinete y la definición de subsecretarios, intendentes y gobernadores ha permanecido en el más absoluto de los silencios. A diferencia de otras oportunidades en que se filtraba información, se medían las reacciones políticas de los actores y a partir de tal evaluación se tomaban las decisiones, hoy la ausencia de trascendidos y de presiones políticas ha permitido mantener la expectativa, ordenar a los integrantes de la coalición, y lo que es fundamental, transmitir una imagen de autoridad firme, clara que comunica las decisiones en el plazo que se ha propuesto .
Asociado a lo anterior, surge también el elemento de la confianza y la seguridad. La adhesión y la confianza exigida a sus colaboradores más cercanos resultan esenciales para mantener la cohesión de sus equipos, el norte en los objetivos definidos, la imagen de autoridad y la seguridad en una gestión que buscará ser extremadamente exigente. Sin duda la educación familiar, la influencia castrense, la formación profesional, el período de clandestinidad y la experiencia gubernamental y dos ministerios altamente sensibles han afinado su temple al momento de tomar decisiones.
Un posible cuarto elemento sería el control riguroso a la gestión a realizar por sus colaboradores. No pasó inadvertido que luego de nombrar a sus ministros Bachelet haya sostenido reuniones con cada uno de ellos para interiorizarlos de los grandes lineamientos nacionales de su gobierno, y al mismo tiempo, haya entregado carpetas con los contenidos específicos que le interesa desarrollar en cada cartera. Recordemos que en sus primeros cien días de gobierno deberá responder a las 36 medidas comprometidas .
A partir de lo señalado, al parecer estamos frente al surgimiento de un liderazgo presidencial femenino que va a provocar cambios significativos en la forma de gestionar la función gubernamental, de articular las confianzas y los respaldos de los partidos políticos, de entender la vocación de servicio público y preocupado de disminuir las brechas entre el discurso y la práctica. Un liderazgo presidencial que se aproxima, enfrenta y resuelve los temas nacionales incorporando a las tradicionales lógicas de la racionalidad política la intuición, la emocionalidad y la sensibilidad femenina.
A estas alturas todo hace presumir que aquello de lo que menos carece Michelle Bachelet es propiamente de carácter. Cabe la pregunta entonces: ¿Estará dispuesta a modificar la Constitución Política y uno de los rasgos más característicos del pinochetismo, el presidencialismo fuerte, y así acercar más a la ciudadanía a los espacios de toma de decisiones?