Latinoamérica busca su propio destino

Como un péndulo, los gobiernos latinoamericanos han oscilado durante un poco más del último lustro desde posturas abiertamente liberales hacia otras, aun cuando no abiertamente de izquierdas –denominación hoy compleja y resbaladiza pero que sin otra mejor será la que usaremos- sí pragmáticas, en las que la ideología del libre mercado ha dejado espacio a un híbrido, que teniendo al mercado como eje y motor de la economía, enfatiza también el aspecto social y humanitario.

En una región que prácticamente colapsó hacia finales de los noventa como efecto de las políticas derivadas de las reformas estructurales, neologismo que apunta a las privatizaciones y traspaso del aparato productivo a manos de privados bajo reglas impuestas por los poderosos organismos financieros internacionales, el efecto más evidente de este malogrado proceso han sido las precarias condiciones de vida de la población y un aumento en la desigualdad de los ingresos. En prácticamente toda la extensión del continente latinoamericano éste ha sido el factor que, bajo democracias de diferente espesor, han impulsado el cambio de signo político.


El caso de Chile, que inaugurará este 11 de marzo un nuevo gobierno de la Concertación con Michelle Bachelet, mantiene su errática y opaca condición, tanto en su conceptualización como izquierda como en su espesor democrático. La Concertación, glorificada por las socialdemocracias europeas y, por cierto, por los organismos financieros internacionales, no ha sido igualmente elogiada por las izquierdas ni por los movimientos sociales latinoamericanos, que han visto a este conglomerado como un buen operador de las políticas afines a los grandes capitales. El dato que Chile, el estable modelo económico liberal de la región, se haya consolidado también como una de las economías más desiguales del mundo, aleja a sus gobernantes de la nueva impronta política regional, aquella apoyada en el rescate de los valores sociales y humanitarios.

El próximo gobierno tendrá, necesariamente, que relacionarse con un nuevo concepto regional de la política, en la que si bien hay elementos ideológicos propios de la cultura de izquierda, existe en mayor grado una nueva y más propia óptica para ver las relaciones económicas, las que vuelven a dar preponderancia a la propiedad de los recursos naturales y al papel que cumplen los inversionistas extranjeros que explotan tales recursos. Y en un mundo ávido de materias primas, la localización y pertenencia de estos bienes será materia de las relaciones políticas y económicas futuras.

La Izquierda, ¿exitoso operador de la economía?

El fenómeno, que ha tendido hacia una muy singular y creciente configuración política en la región, apunta también a un nuevo y también particular escenario económico. Fueron los gobiernos de derecha, proclives al Consenso de Washington y a las recetas de los organismos internaciones, los que condujeron al deterioro económico regional. Hoy son gobiernos de izquierda los que han logrado un estímulo de sus respectivas economías, medido, a falta de mejores indicadores, en el crecimiento del producto.

Las economías latinoamericanas crecieron un 4,3 por ciento promedio el 2005, lo que constituye el tercer año de crecimiento consecutivo, en tanto el desempleo bajó un punto desde el año anterior así como los niveles de pobreza, endémicos para nuestras latitudes, que pese a la contracción se mantienen sobre un 40 por ciento. Este favorable proceso, según afirma la Cepal, se debe principalmente –es necesario admitirlo- a un entorno económico mundial favorable, que ha elevado sensiblemente los precios de las materias primas y el intercambio comercial mundial. No sólo el alza del cobre para Chile y del petróleo para los países productores como Venezuela explican esta bonanza, sino se trata de un fenómeno que se extiende a prácticamente todos los commodities.

Para el año en curso las proyecciones de la Cepal mantienen este sostenido aun cuando discreto crecimiento. Durante el 2006 las economías de Latinoamérica se expandirán sobre el cuatro por ciento anual y el producto per cápita crecerá sobre el diez por ciento. Se trata de crecimiento económico, sin embargo, no puede considerarse, comparativamente, un crecimiento vigoroso: la economía china se sigue expandiendo a una tasa promedio cercana al diez por ciento, en tanto el conjunto de las naciones en desarrollo del mundo han crecido a un mayor ritmo que las de nuestra región.

Al observar las naciones que han registrado más expansión económica encontramos que Venezuela (9%), Argentina (8,6%), Uruguay (6%) y Chile (6%) encabezan este ranking, el que, a su vez, está liderado por tres países con gobiernos de izquierda. Sin embargo, sin restar méritos propios, hay que considerar nuevamente el alza de las materias primas y, también en el caso de estos tres países, el proceso de recuperación desde virtuales colapsos económicos, como ha sido el caso de Argentina y Uruguay.

El fenómeno del giro hacia la izquierda, bien sabemos, no ha tenido tregua. En Bolivia, Evo Morales asumirá la presidencia este 22 de enero y durante el año hay claras estimaciones de una izquierdización de los liderazgos en Perú, con Ollanta Humala, y en México, con Manuel López Obrador.

Hacia inicios de esta década, uno de los primeros líderes de la Izquierda en acceder al poder en Latinoamérica fue el dirigente histórico del PT de Brasil Luiz Inacio Lula da Silva. Durante más o menos el año previo a las elecciones, recordamos, los organismos financieros internacionales presionaron sin compasión la economía brasileña para impedir el cantado triunfo de Lula, con efectos sobre el real que se extendieron por toda la región. Una campaña del terror económico que, hoy en día, además de haber generado daños inútiles, fue, aparentemente, injustificada (a menos que pensemos que las actuales políticas económicas brasileñas sean la consecuencia de aquella advertencia). La administración de Lula –y aquí no vamos a hacer una evaluación de sus políticas- resultó ser muy ortodoxa con los lineamientos de los organismos financieros internacionales, lo que ha quedado más que demostrado con el reciente pago de 15 mil millones de dólares que Brasil hizo al FMI, operación seguida casi simultáneamente por el gobierno argentino de Néstor Kirchner.

Ante el nuevo escenario, los organismos internacionales observan, en apariencia, satisfechos. El secretario ejecutivo de la Cepal, José Luis Machinea, al presentar el balance de las economías regionales del año 2005 señaló, sin mayores rodeos, que los gobiernos de Izquierda no representan ni han representado durante los últimos años un factor de inestabilidad para Latinoamérica. Ante las próximas elecciones, Haití (en principio para febrero), Costa Rica (febrero), Perú (abril), Colombia (mayo), México (julio) y Brasil (octubre), Machinea ha estimado que sin duda habrá ruido político, lo que no es ningún indicador de desastre económico.  

La señal de los inversionistas extranjeros

Pero sin duda el mejor indicador para medir el nuevo escenario económico y político es la reacción que han tenido los inversionistas, empezando por el más voluminoso: España. Tras el complejo periodo derivado de las crisis financieras, que en Argentina condujo, incluso, a un proceso de desinversión, hoy los flujos tenderían a normalizarse, no obstante será muy difícil que regresen a los niveles de la década pasada. Incluso en un país levantado como modelo de estabilidad económica, como es Chile, las inversiones extranjeras han disminuido de forma sensible.

Las empresas españolas han optado por la diversificación hacia otros mercados, entre los cuales se halla China, hoy el principal polo de atracción mundial para la inversión extranjera. Pese a esta fragmentación de los flujos hispanos, durante la primera mitad del 2005 casi el 20 por ciento del total invertido en el mundo por empresas españolas se dirigió a Latinoamérica. El flujo, sin embargo, sigue y probablemente seguirá bajo. Lo invertido el primer semestre del 2005 fue casi la mitad del flujo del 2004, aun cuando marca una notable diferencia con el 2003, año sellado por un fuerte retiro de capitales.

Aun cuando la economía latinoamericana crezca, es improbable que se repitan los flujos de la década pasada, los que estuvieron atraídos por los numerosos procesos de privatización de los servicios públicos. Hoy, con las inversiones ya realizadas, las grandes operaciones de inversión están acotadas a los procesos mundiales de fusiones y adquisiciones. En Chile, la sequía de inversiones extranjeras, que lleva ya unos cinco años, sólo fue alterada con las grandes movidas en el sector de las telecomunicaciones, como Movistar o la mexicana Telmex.

La Cepal observa que, pese al aumento relativo de la inversión extranjera, el porcentaje de captación de capitales ha disminuido de manera sostenida en América latina. Por tal evidencia, el organismo económico sugiere a los países, como ya lo ha hecho antes, pero con pocos efectos, concentrarse en la atracción de inversiones extranjeras de mejor calidad, “para lo que tendrían que adoptar una estrategia más ingeniosa de formulación de políticas”. De lo contrario será el mercado la única guía para estas inversiones, lo que, ya sabemos, no augura un camino, ni a corto ni mediano plazo, a un verdadero desarrollo, que no es solo económico sino también social.

Si los inversionistas están tranquilos, no puede decirse lo mismo con el amigo del Norte. Estados Unidos, que ha hecho lo posible por borrar del mapa regional al gobierno de Hugo Chávez, es muy probable que sume a partir de finales de este mes al gobernante boliviano como su próximo objetivo. Sin embargo, no son pocos los analistas que observan en el nuevo fenómeno latinoamericano una situación que se le ha escapado de las manos a la administración norteamericana, ocupada más en el Medio Oriente y empantanada en Irak. Es probable que estas circunstancias hayan permitido el actual proceso latinoamericano, que tiene características inéditas en cuenta a su espontaneidad y libertad: ha surgido desde densas corrientes políticas mantenidas en la penumbra durante la década pasada y surge como movimientos nacionales, relacionados más con los problemas reales de los pueblos que con un marco ideológico previo.

Washington, en este nuevo y vertiginoso escenario, no es hoy el único dueño de Latinoamérica. A las profusas inversiones europeas, que son básicamente españolas, ahora tendrá que comenzar a incorporar a un nuevo y sorpresivo intruso.

El curioso TLC entre China y Chile

¿Qué interés pudo tener la economía China al suscribir un Tratado de Libre Comercio con un país latinoamericano pequeño como Chile? La pregunta, que no ha sido planteada ni desarrollada en Chile, puede tener muchas interpretaciones. De partida, al considerar la escala de las dos economías, la respuesta podría ser ningún interés, no obstante al observar el lugar geográfico de Chile, su relación con el resto de la región, su estabilidad macroeconómica y su institucionalidad económica, podemos invertir esta respuesta y señalar que China tiene un gran interés en Chile. No obstante, podemos agregar que tiene interés en Chile porque tiene un mayor interés en Latinoamérica.

El analista internacional del Miami Herald Andrés Oppenheimer escribió en un comentado artículo que “el Presidente Hu Jintao pasó más tiempo en Latinoamérica el 2004 que el Presidente Bush”. (20 de febrero de 2005.) “Y el vicepresidente de China, Zeng Qinghong, pasó más tiempo en la región el mes pasado que su homólogo norteamericano, el Vicepresidente Cheney, en los últimos cuatro años”.

La observación de Oppenheimer fue muy aguda y tiene profundas proyecciones. Está relacionada al creciente interés que tiene China en nuestra región, pero también a la aprensión que este interés ha generado en el gobierno de George Bush. De una u otra manera, China no sólo se ha introducido en el otrora “Patio Trasero” de Estados Unidos, sino que lo hace justo cuando surgen corrientes políticas latinoamericanas que impugnan los llamados Consensos de Washington, cuando en no pocas naciones fracasaron estas políticas y, lo que no es menor, China estrecha lazos con gobiernos repudiados por Washington, como Cuba y Venezuela.

El ensayista norteamericano Saul Landau se preguntaba hace un par de meses por qué los líderes chinos se decidieron hacia fines del 2004 y comienzos del 2005 para acelerar sus relaciones con Latinoamérica. La respuesta estaría en el fracaso del ALCA. (Los desesperados intentos por reflotarlo observados en la pasada Cumbre de Buenos Aires nos dan una impresión de la gravedad que tiene para Washington el estado de salud de esta iniciativa).

China ingresa con rapidez en un continente cada vez más renuente ante las políticas de Estados Unidos. No sólo hay que mencionar los casos más evidentes como Cuba y Venezuela, sino la muestra sigue con Brasil, Argentina, Uruguay, y tiene altas probabilidades de continuar en Bolivia, Ecuador y en el 2006 incluso en México con un eventual gobierno de López Obregón. De instalarse este nuevo escenario, puede que todos los acuerdos comerciales planificados por Estados Unidos estén destinados al fracaso.

Aquí es cuando ingresa, con fuerza, rapidez y avidez, China, en principio con un pragmatismo a toda prueba que trascendería miradas ideológicas y políticas, aun cuando es difícil hacer una clara afirmación al respecto, en especial al tener en cuenta las sospechas de Washington. Sea como fuere, lo cierto es que hay un enorme interés de una economía que crece a un promedio del nueve por ciento anual y que requiere ingentes cantidades de materias primas, como minerales –cobre, hierro, acero- a circuitos integrados, maquinaria eléctrica y, por cierto, mucho petróleo.

China no es todavía una importante fuente de inversiones en el exterior: es un importante receptor de inversión extranjera. Sin embargo, de forma creciente ha comenzado a invertir en el mundo y, principalmente, en Latinoamérica, que durante el 2004 fue el principal receptor de sus inversiones en el extranjero, con aproximadamente la mitad de ellas –casi mil millones de dólares- superando a su tradicional receptor Hong Kong.

Las inversiones son todavía incipientes, pero todo indica que se incrementarán. En Chile sólo alcanzan a 84 millones de dólares y en México a 135 millones, así como en recursos petroleros en Venezuela. Según estudios norteamericanos, el 2007 China será el segundo consumidor de petróleo del mundo.

Si así es en las inversiones, también lo es en el comercio exterior entre China y Latinoamérica, que ha crecido en forma geométrica. Entre 1999 y el 2004 las importaciones chinas de Latinoamérica aumentaron un 600 por ciento, hasta los 21.700 millones de dólares. Las exportaciones, en tanto, también crecieron, aun cuando un más discreto 245 por ciento, para ubicarse en 18.300 millones.

Un informe del Departamento de Comercio de Estados Unidos señala que, básicamente, el interés de China en Latinoamérica puede resumirse en cinco puntos. asegurar una fuente fiable de materias primas para alimentar el crecimiento de su economía, disminuir su aislamiento en los foros internacionales, mostrar su potencial como poder económico emergente, buscar oportunidades de defensa e inteligencia y fortalecer su política de aislamiento de Taiwan, estrategia que es aprobada y reconocida por 12 gobiernos latinoamericanos.

Los acuerdos comerciales, y por cierto el Tratado de Libre Comercio con Chile, le garantizan a gran escala y a largo plazo suministros de energía, minerales y productos agrícolas, y la entrada a sus mercados industriales y de consumo.

El ingreso de China en Latinoamérica expresa la fragmentación económica y, en cierto modo, política que tendrá el mundo futuro, lo que configura un escenario más diverso y en el cual todos los analistas apuntan a un deterioro, gradual, del poderío norteamericano. El rápido cambio de signo político en Latinoamérica, junto con el ingreso de nuevos y extraños aliados, podría generar grandes y tal vez gratas sorpresas a partir de ahora.