La Democracia Cristiana era una niña de un hogar católico y bien constituido: su mamá era un vieja bigotuda, que se la pasaba confesándole a los curas pecados inexistentes. Por las tardes rezaba el rosario con las “chinas” incluidas y, en la noche, soñaba que Jesucristo, con su inmensa misericordia, salvaba a los diablillos, el profesor Lagos y Michelle Bachelet. Su marido, Diego Portales, era un putero empedernido y, como era cínico, decía no creer en Dios, pero sí en los curas, lo asesinaron los herejes pipiolos, en el Cerro Barón.
La pequeña doña Flor Demócrata Cristiana llegó rápidamente a la adolescencia y su cabeza se llenó de deseos sexuales: le aburrían los aristócratas pelucones y le gustaban los siúticos masones radicales; cuando su amante la besaba, sus bigotes, rozando su boca, la hacían estremecer de lascivia, incluso, quiso casarse contra el deseo de su madre pelucona, con un profesor negrito y feo, llamado “don Tinto”: ¿no será que mi hija se está convirtiendo un poco en puta?, pensaba la pechoña señora.
Doña Flor se fue a vivir, como amante, en la garzonière, comprada por los mediócratas Juan Antonio Ríos y el bailarín de zamba Gabriel González Videla. A los arribistas radicales poco les importaba que su amante invitara a curitas y tuviera una estatua de la Virgen del Carmen en su pecador velador; total, en la noche, doña Flor era una fiera en la cama y mostraba especialmente sus senos, que eran más grandes y silicosos que los de Luciana Salazar. Su último amante, borrachín y jugador, se gastó todo su capital acumulado por los radicales para satisfacer sus ambiciosos proyectos.
Doña Flor, separada de sus siúticos amantes radicales, logró triunfar y convertirse en millonaria en 1965: tuvo nada menos que ochenta diputados y una prima narigona como presidenta. Los jesuitas eran más poderosos que en las Misiones de Paraguay, y los araucanos los querían más que los guaraníes. No faltaban las peleas entre los demócrata-cristianos, sobre todo, cuando tomaban el desayuno después de comulgar en ayunas. En Punta de Tralca, dominio del Arzobispado, cohabitaban con los sacerdotes unos pescadores marxistas que, poco a poco, se fueron acercando a los demócrata-cristianos: algunas jóvenes, como Rafaela Gumucio, Alberta Jerez, Julia Silva, la gordita mórbida Enriqueta Correa y la pelada Josefa Miguela Insulza, se arrancan de noche a los bosques a revolcarse, en orgías, con estos pescadores marxistas.
Doña Juana Antonia Coloma, una vieja de clase media, pero muy pechoña, estaba desesperada con la calentura de sus hijas: intentó llamar a los monseñores Moreno y Medina Estévez para que las convenciera de andar mostrando sus provocadoras partes en las playas; incluso, las excomulgaron, pero de nada sirvió. Los curitas, por culpa del guatón Juan XXIII, ya no vestían sotana y les dio por ir a vivir con los rotos en las poblaciones; ni siquiera visitaban a sus parientes aristocráticos, pero los domingos, hambrientos, devoraban la comida de sus millonarios parientes. Incluso un hijo de buena familia, como el padre Arroyo, escribía que Marx y Cristo eran la misma cosa: ambos iban a liberar al proletariado.
Agotados sus devaneos izquierdistas, ya ajada y vieja, doña Flor intentó sentar cabeza enamorándose de un latifundista, gran señor y raja diablo, llamado Onofre Jarpa, quien le propinaba coscorrones todas las noches: no se te vaya a ocurrir volver a meterte con rotos y siúticos, yo sé que tu eres media puta, pero si lo haces, te encierro en un convento.
El 11 de septiembre llegó un padre cruel y castigador y, de un dos por tres, mató, exilió o hizo desaparecer a los califas pescadores marxistas: incluso, Santa Úrsula recuperó a las once mil vírgenes. A doña Flor le repugnaba la sangre y, poco a poco, fue volviendo a sus viejos amores con los pescadores marxistas, pero estos también habían cambiado: ahora les gustaba el neoliberalismo, abominaban del pobrete Cristo y adoraban a Mamón, (el dios del dinero). Incluso el guatón Correa se acordó que había sido estudiante en el seminario, en Ovalle, y que sabía, de memoria, los latinajos de los curas. Rojos, convertidos en rosados, y azules cristianos comulgaban juntos y escuchaban, anonadados, las prédicas democráticas del jesuita de turno.
Llegó la democracia: doña Flor era toda una señora, tuvo dos parientes presidentes ¿cuál de ellos más malo y anodino? Ella repartía los cargos inferiores entre sus nuevos amigos pescadores marxistas, hoy convertidos en unos caballeros, con ternos de corte italiano y corbatas francesas. Por cierto, aunque “la mona se vista de seda, mona se queda”, y por mucho que un roto se vista bien, siempre será un roto; a algunos, los ternos les quedaban como poncho, es el caso del charro Núñez, pero la riqueza de doña Flor se volatilizó entre las manos y llegó, para su desgracia, un hombre fuerte, como el profesor Lagos, quien, con sus discursos, la volvía loca y lograba que llegara al más puro clímax orgásmico. Para colmo de colmos, este canalla del profesor se enamoró de la rubia Michelle, despreciando a la adolescente Chol. Como dicen las mujeres, no hay hombre bueno.
En Punta de Tralca había un boticario muy inteligente para especular en la bolsa y, como era avaro, tenía millones de reales en su caja fuerte. El boticario era dueño de Lan-Chile, varios helicópteros, un parque en Chiloé, un canal de televisión…, pero estaba solo y esto lo entristecía. De repente, vio pasar a doña Flor por la calle que, aun cuando ya cuarentona, tenía un trasero bien redondeado y miles de votos humanista-cristianos. El boticario le ofrece a doña Flor volver a ser una dama, respetada por el pueblo, y tener las llaves del fundo de la derecha.
