Bachelet y el PC: Las cartas sobre la mesa

En la última elección parlamentaria de la anterior República, aquella que antecedió, en marzo de 1973, al golpe militar, el Partido Comunista llamó a su electorado a votar por Luis Maira en el Primer Distrito de Santiago. Quien fue electo diputado por la Democracia Cristiana en la elección anterior se había convertido en uno de los líderes fundadores de la Izquierda Cristiana y al PC le interesaba que este joven valor continuase en la Cámara. Maira fue reelegido, como cabeza de lista de la Unidad Popular por uno de los distritos más importantes del país, pese a que ni su partido ni el Mapu tenían fuerza propia suficiente para acceder al Parlamento.
En esa época, los comunistas contaban con 17% de los votos, lo que les permitía elegir no sólo 25 diputados y 9 senadores, sino desplazar sus piezas en el tablero electoral en jugadas estratégicas, según las necesidades de su política de alianzas. Hoy, el postmodernismo parece que alcanzó al otrora monolítico partido de Fonseca, Lafferte y Corvalán, el que, al margen de su peso en votos, ostentaba una notoria influencia en medios sociales y culturales. Sus dirigentes ya no pueden, como los de ningún otro partido, controlar los votos de sus militantes y simpatizantes y transferirlos o restarlos a candidatos distintos a los que originalmente se destinaron.

Así quedó comprobado en 1999, cuando Gladys Marín anunció que anularía su voto para la segunda vuelta, pero que comprendía la actitud de los compañeros que quisiesen votar por Ricardo Lagos para impedir el triunfo de la derecha. El actual jefe comunista, Guillermo Teillier, ha asegurado que de sus últimas conversaciones privadas y algunos dichos públicos de la malograda dirigenta puede inferirse una postura favorable, llegado el caso, a tratar con la Concertación un apoyo comunista en la segunda vuelta presidencial de 2006. Es lo que ha hecho la directiva post Marín, y de la única manera que permitían los intereses de uno y otro referente: sin negociar realmente, sino colocando las cartas sobre la mesa, para que el oficialismo las recogiera pública y formalmente y el comunismo acusara recibo de ello, con más o menos satisfacción. No podía ser de otro modo, porque ambos jugadores conocían los naipes del otro. Michelle Bachelet necesita el decisivo 5% que logró el PC en la elección de diputados y a la vez impedir la fuga del centro más conservador. Los comunistas sabían eso y algo más: que el grueso de sus votos iría a parar de todos modos a la candidata socialista de la Concertación, tal como ocurrió con Lagos anteriormente.

Lo que amostaza a una parte de la izquierda extraparlamentaria -aparte de que los socialistas estén entregados al modelo neoliberal- es que figuras democratacristianas como Soledad Alvear ayer y los Zaldívar hoy aparezcan salvando ambas candidaturas. De ahí que esta vez la postura de los miembros más duros del comité central comunista de llamar a anular el voto sólo haya sido contrarrestada con la de no regalar sin más votos al “mal menor”, colocando condiciones -cinco- para una convocatoria en su favor, la principal de las cuales es el compromiso de derogar el sistema binominal.

Que los votos ya no se controlan lo admitió explícitamente la declaración oficial del PC, al advertir que se trata sólo de un llamado a votar por Bachelet y que a ella corresponde efectivamente conquistar los sufragios. Hay dos consecuencias que aún se pueden extraer del episodio. El eventual cuarto Gobierno de la Concertación ya no estará en condiciones de continuar postergando el cambio del sistema electoral, porque el compromiso llegó muy lejos y la izquierda se propone cobrar la palabra con movilizaciones en los próximos meses.

La otra conclusión tiene que ver con el postmodernismo. No es más redituable a la derecha agitar, en lo que resta de campaña y especialmente en la franja televisiva, el apoyo comunista a Bachelet como otra prueba de su “izquierdización”. Tal como se lo reprochan algunos sectores asistémicos, el partido de Gladys Marín ha insistido en actuar dentro del marco legal, que incluye el electoral, y eso ha contribuido a que haya ganado -si no la fuerza e influencia de antaño- una respetabilidad como interlocutor válido que aleja temores e inquietudes en la ciudadanía.