Los viejos comentaristas de la casta política se lamentan por la pérdida de caudillos gerontes, que amenazaban con mantenerse en sus cargos en forma vitalicia y rasgan vestiduras acusando a jóvenes senadores y diputados de izquierdistas, faranduleros, denunciadores y rebeldes. Personalmente, me alegro de que la nueva Cámara tenga, entre ellos, a estas personas que dan frescura y nuevas ideas a un desprestigiado Parlamento, que estaba, cada vez, más lejano de la sociedad civil.
Los Navarros, Escalonas, Letelieres y Tantos otros estoy seguro serán menos complacientes con el inmovilismo y la continua transacción entre víctimas y victimarios y entre las dos derechas. En la Cámara de Diputados, el aporte de jóvenes rebeldes, como Escobar, Farías, Carolima Toha, Rossi, Enríquez Ominami, estoy seguro, van a aportar un aire fresco y nuevo y abrirán puertas y ventanas a los pobres ciudadanos que, hasta ahora, sólo miraban los pasos de ballet de los eternos plutócratas.
Los mal pensados me acusarán de nepotista al referirme a mi querido sobrino, Marco Enríquez-Ominami Gumucio. Con gusto me declaro culpable, pues tengo que dar testimonio de sus grandes y auténticos valores humanos: Marco es un gran creador intelectual, filósofo profundo, cineasta brillante e iconoclasta, y un trabajador creativo e incansable. Estos son los valores deseables en Chile que tiene que salir del marasmo. Marco tuvo varios papás, hecho maravilloso en este Chile de padres ausentes: es hijo del gran idealista Miguel Enríquez, que murió luchando contra la tiranía de Daniel López Pinochet; su segundo padre es el senador Carlos Ominami, un brillante y consecuente crítico de las injusticias del modelo chileno; mi padre, Rafael Agustín Gumucio, fundador de la Falange Nacional, de la Democracia Cristiana, del Mapu y de la Izquierda Cristiana, reconocido universalmente como un político transparente, honesto y consecuente, fue un verdadero papá de Marcos, durante casi diez años, en el exilio, en París, cuando lo llevaba y buscaba en las tardes, al salir de la escuela, por eso Marco es casi mi hermano menor y mi sobrino adorado.
Marco heredó de su madre el amor por un cine iconoclasta: sus películas no dejan indiferente a nadie; en la última, “Los héroes están fatigados”, no dejó títeres con cabeza denunciando a los fueran amigos de su padre, hoy conversos desde el leninismo al estalinismo del mercado. Escribió un libro, dialogado con su padre Carlos Ominami, en cual el senador parece un hombre serio y maduro, y Marco, el pequeño demonio de Sócrates, que no acepta nada de lo establecido sin antes masticarlo y digerirlo y probar su verdad.
Marco, como Marco Polo, quiso adentrarse en la política presentándose como candidato en el Distrito 10 de la Quinta Región; no faltaron los que lo acusaron de afuerino en la zona y muchos no podían concebir que venciera a la diputada María Eugenia Mella, hermana del alcalde de la Comuna de Quillota, pero Marco planificó una campaña inteligente, de trabajo directo en terreno y demostrando, como siempre, un gran compromiso con sus electores. Su esposa, Karen Doggenweiler, fue un ángel rubio que visitaba las casas de los ciudadanos. Antes, cuando era rostro de la TVN, famosa por su simpatía y cercanía, a quienes en la mañana la veían siempre sonriente y comprensiva; luego, durante la campaña, Karen no dejó casa por visitar y su sola presencia transformaba la tristeza de la vida cotidiana en alegrías y sueños.
Con estos ingredientes, la joven pareja logró un triunfo contundente, en un Distrito que siempre había sido esquivo al Partido Socialista. Marco Enríquez-Ominami logró una primera mayoría, con un 34,36%, que ningún encuestólogo, politólogo o mago se hubiera atrevido a augurar. A pocos días de ser elegido, ya Marco muestra su deseo de no esperar un segundo para plantear proyecto que nos saque de este transar sin parar, de la república de castas, del inmovilismo, que ha colocado una fosa entre el mundo de los políticos, que hablan jeringonza, como la niña cantante Cristel, y los ciudadanos que sufren los abusos en castellano.