La incógnita abierta sobre el desenlace electoral del 15 de enero próximo aparece resuelta sólo en términos aritméticos en favor de Michelle Bachelet. Pero ya se sabe que las elaciones entre las matemáticas y la política son algo más complejo que el simple trazado de sumas, restas y divisiones. Si se quiere plantear las cosas en ese terreno habría que hablar más bien de progresiones geométricas, las que estarán determinadas por las variables que se den en el curso de la campaña. Para decirlo en otras palabras, se trata de un proceso en que los saltos cualitativos dependerán más de las fortalezas y debilidades, errores y aciertos, logros y fracasos que exhiban ambas candidaturas antes que de los antecedentes cuantitativos con que llegan a la segunda vuelta presidencial.
En los medios masivos de comunicación se instaló la idea de que la primera de las cinco semanas de campaña por el balotaje fue negativa para la abanderada de la Concertación y ampliamente favorable para su contrincante, quien alcanzó 20 puntos menos que ella el 11 de diciembre último. La verdad es que algo de lo que ocurrió fue anticipado por los análisis previos a esa elección. Es posible que la prevista capacidad de la derecha para rearmarse fuese más fulminante de lo que permitieron medir los temblores que la remecieron hasta entonces. La operación “todos con Piñera” alcanzó grados de prontitud e irrestricción marcados por la rápida capacidad de reacción del derrotado Joaquín Lavín y la necesidad de Sebastián Piñera de ordenar el frente interno antes de salir a cazar los votos del centro y la clase media que necesita para saldar su déficit electoral.
Es pertinente preguntarse si este impulso adrenalínico de los primeros días se reanudará después de las fiestas de fin de año. No tanto por señales externas como las que dieron los dirigentes de la UDI Jovino Novoa y Pablo Longueira, que se fueron al exterior, a cumplir compromisos familiares o tomarse un período de vacaciones, sino más que nada por las amplias brechas que existen entre los proyectos de la “derecha popular” y el “liberalismo” más bien individualista de uno y otro sector de la Alianza opositora. Un síntoma de la procesión que va por dentro lo dio tal vez el propio Novoa, cuando en la fiesta post eleccionaria de la UDI mencionó el apoyo al candidato presidencial de la coalición, pero sin nombrarlo… por reticencia o prudencia, ya que hacerlo podía dar lugar a pifias. Días después, fueron notorias las ausencias en un acto municipal del piñerismo de alcaldes de la UDI muy significativos, como los de Recoleta y Las Condes.
Al revés, desde el viernes es posible constatar que el remezón interno de la Democracia Cristiana, provocado por sus malas cifras a nivel parlamentario, está dejando la pista de la Concertación y el comando bacheletista, para permitir que el oficialismo se rearticule en pos de un probable triunfo el 15 de enero. Las facturas pendientes entre el adolfismo y el alvearismo tendrán que quedar instintivamente para después, porque así lo demanda la supervivencia a la agenda electoral. El problema es que, a estas alturas, la acumulación de cuentas es tal, que después no bastarán las expresiones del corazón a favor de Soledad de Patricio Aylwin y las taimadas reclusiones en Maitencillo de la propia senadora electa por Santiago Oriente. En lo que hay consenso entre las facciones en pugna es que es mejor dirimir fuerzas con la Concertación en la Moneda por cuarta vez que fuera de ella.
Tal como lo demostraron los resultados de las elecciones presidencial y legislativa, el balotaje se decidirá con la concurrencia de dos factores: la proyección del candidato y el respaldo de las coaliciones que están detrás de cada uno. No es posible en el Chile de hoy llevar un fenómeno ciudadano –como lo fueron en sus respectivos momentos Lavín y Bachelet- muy lejos de las grandes corrientes de pensamiento que cruzan la política nacional. Por eso la candidata socialista y el de Renovación Nacional necesitan a sus partidos y a las coaliciones de los que ellos forman parte. Pero eso tampoco les basta para ganar. Hay un voto blando al que necesitan convencer, a partir de sus preparaciones personales para encabezar la Nación. Pero esta convocatoria tampoco puede ser desideologizada. Piñera apela al “humanismo cristiano” en desmedro de una “socialista atea”, pero sólo consigue figuras de segunda o tercera línea. Otras pertenecieron, en realidad, al ala derechista de la Concertación -los liberales Hurtado, Riesco y Puig-, tan preterida como los dirigentes radicales de base que se cansaron de la exclusión. La ex ministra obtiene de su gobierno el envío de un proyecto de ley para reformar la ley electoral, en un guiño no sólo a los comunistas, sino también a los demócrata cristianos, que fueron víctimas del sistema binominal en esta pasada.