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Agosto 18, 2026

El debate del empate

El cuádruple empate registrado en el último foro presidencial estuvo determinado por la necesidad de cada uno de los candidatos de ajustarse a un libreto que les rindiera los mejores dividendos posibles. Extrañamente, las plantillas a las que debieron ceñirse quedaron confeccionadas apenas en la víspera, cuando se dio a conocer la encuesta del Centro de Estudios Públicos que –según la frase que se impuso en los medios- “cambió el escenario electoral”.

Incluso el candidato que anatemizó ese estudio de opinión, Tomás Hirsch, quedó bajo el influjo del inesperado tres por ciento que aquel le adjudicó. No sólo porque tuvo que argumentar en su contra, sino también porque debió demostrar que su candidatura es una alternativa válida frente a las demás, especialmente la del oficialismo.

 

Para eso tenía que desmadrarse de la Concertación de la que formó parte, como dirigente humanista, pero proyectar también un perfil de rebelde capaz de gobernar y, con tal fin, acudió a su calidad de ex embajador de Aylwin en Nueva Zelandia. No es que deba cimentar su propuesta alternativa al modelo que objeta, y de hecho no lo hizo cuando así se le pidió en una pregunta.  El necesita plantarse como el vocero creíble de una crítica al sistema imperante y eso lo logró con su soltura en el discurso, su manejo de cámaras y una natural simpatía que le facilita la comunicación. Apareció como un candidato con título de tal en los tiempos que corren, ante el cual muchos se preguntarán: ¿cómo es que sus planteamientos no logran estar representados en el Parlamento?

 

A su lado, Lavín había aprendido la lección del foro anterior y, dejando el talante agresivo, cortejó a su socio Piñera –incluso acudiendo al léxico del Juntos Podemos Más-, pero sin renunciar a disparar a Lagos y su ex ministra en los terrenos de la delincuencia y las carencias sociales. Volvió, en gran parte de su intervención, a ser un candidato cercano a la gente, por lo menos a la gente que no internaliza o que está dispuesta  a obviar su integrismo católico. Reivindicó, entonces, su derecho a permanecer ahí.

 

Piñera, el gran empresario y catedrático egresado de Harvard, se sentó con el soplo a favor de la encuesta CEP y desplegó una estrategia de alejamiento de Lavín y de aproximación a ese electorado cristiano de centro que tal vez produjo el descenso de Bachelet a los 39 puntos que le otorga ese estudio. Con su aplomo pudo acaso evocar y superponer la solvencia de estadista de Lagos. Pero su estilo autorreferente no lo puede batir ni él mismo y sus frases repetidas, llenas de adjetivos, y enumeraciones sistemáticas pueden distraer y cansar al grueso público. Pero no importa. Dejó una imagen de candidato preparado y capaz.

 

Si la encuesta que planeaba en el ambiente del foro en CasaPiedra arrojó resultados exactos o no tampoco importaba ya. La candidata perjudicada decidió asumirla como verdadera, por si acaso. El resultado fue el mejor foro televisado de los cuatro que Bachelet lleva en el cuerpo. Pese a su tendencia a tropezar con las palabras, logró la síntesis de lo que es y se espera que sea: cálida y responsable, espontánea y estudiosa, tranquila y preocupada. Su sinceridad puede ser a la vez defecto y  fuerza y eso se notó especialmente cuando se sacó mal la pregunta sobre el matrimonio homosexual: para ella, en su mente laica, no es cuestión de que la sociedad esté preparada o no, sino que una de las dos alas de su coalición no  acepta la unión que no sea entre hombre y mujer, y ella debe gobernar por consenso de demócrata cristianos y socialistas, de fuerzas más conservadoras y más liberales.

 

En resumen, los cuatro aspirantes –con sendas postulaciones parlamentarias, municipales o presidenciales en sus currículos- demostraron en la televisión que ya son candidatos profesionales. Mientras Hirsch debe aspirar a lo inviable al hacer su diagnóstico y lograr construir así una alternativa, Lavín tiene que apelar desde ya a la unidad de la Alianza por Chile para mantener una opción de derecha. Piñera enfrenta el dilema de crecer tanto como pueda hacia el centro, superando un matrimonio forzado con el lavinismo, y Bachelet debe contener la posible fuga del centro que le plantea la esfinge de la flecha roja. Para eso los estrategas del michelismo tienen que decidir si le creen a las encuestas que le asignan a su oponente de izquierda apenas un tres por ciento o a aquellas que hacen crecer a Hirsh hacia el siete por ciento y más.