Solo retórica. El segundo debate presidencial aplanó las diferencias de contenidos entre los candidatos, lo que impedirá una clara evaluación del desempeño de cada uno de ellos. Aun así, habría temas muy específicos, pero no ciertamente relevantes, que marcarían algunas diferencias, como han sido las opiniones acerca del matrimonio homosexual, tema en el que todos, con la excepción de Tomás Hirsch, han estado en contra.
Tal como en el evento anterior, las materias más recurrentes han sido el desempleo, la desigualdad, las bajas pensiones, la exclusión… así como las soluciones. Pero el formato del debate, de una misma pregunta a todos los postulantes a La Moneda –condición impuesta por los comandos- le ha restado interés al espacio.
Estos debates hay que observarlos sólo en su retórica. No hay espacio para generar contenidos, por lo que resultará ante los medios tradicionales más importante la cantidad de veces que Sebastián Piñera sacudió papeles, el momento que se le torció la corbata o cuando Joaquín Lavín invocó –otra vez- a su Dios. Alguien podrá decir que Michelle Bachelet acertó o erró con su traje rojo o que Tomás Hirsch hizo bien en no vestirse de traje negro –llevaba chaqueta marrón-amarilla- como Piñera y Lavín, aspectos que sin embargo no contribuyen en nada al desarrollo nacional. Pero en elecciones, bien sabemos, todo vale.
Fue malo el debate. Fue aburrido. Sin querer ser sectario, Piñera parece siempre sobreactuado y Bachelet presionada por un guión demasiado rígido. Sólo los extremos resultan de interés: Lavín, entre su convicción religiosa y sus ofertas que desafían la ficción política, y Hirsch, que dijo lo que tenía que decir. Pero debió, desde su lugar, haber dicho un poco más porque tenía la libertad y el espacio para hacerlo.
Es difícil dar por ganador a uno y perdedor a otro. Sobre todo porque son cuatro los competidores y por la estructura del espacio: una misma pregunta para los cuatro, aun cuando con un orden diferente. Lo que vimos fue una fuerte homogeneidad en los discursos, un enorme apego a la actual institucionalidad económica y política que, como extraña paradoja, es también impugnada por los cuatro, pero también algunas no menores diferencias en materias de poca relevancia, como el matrimonio homosexual.
Estos debates hay que observarlos sólo en su retórica. No hay espacio para generar contenidos, por lo que resultará ante los medios tradicionales más importante la cantidad de veces que Sebastián Piñera sacudió papeles, el momento que se le torció la corbata o cuando Joaquín Lavín invocó –otra vez- a su Dios. Alguien podrá decir que Michelle Bachelet acertó o erró con su traje rojo o que Tomás Hirsch hizo bien en no vestirse de traje negro –llevaba chaqueta marrón-amarilla- como Piñera y Lavín, aspectos que sin embargo no contribuyen en nada al desarrollo nacional. Pero en elecciones, bien sabemos, todo vale.
Fue malo el debate. Fue aburrido. Sin querer ser sectario, Piñera parece siempre sobreactuado y Bachelet presionada por un guión demasiado rígido. Sólo los extremos resultan de interés: Lavín, entre su convicción religiosa y sus ofertas que desafían la ficción política, y Hirsch, que dijo lo que tenía que decir. Pero debió, desde su lugar, haber dicho un poco más porque tenía la libertad y el espacio para hacerlo.
Los periodistas dieron la nota. Mauricio Hofman, del Canal 13, se tropezó un par de veces, y Mauricio Bustamante, de Televisión Nacional (la televisión pública por si alguien no lo recuerda) puso el hielo y la vergüenza al hacerle a los candidatos una pregunta de inspiración racista y xenófoba. ¿Bustamante se hizo el harakiri para hacer caer a los candidatos en actitudes xenófobas, o él es un racista redomado? Lo cierto es que en el trance, que causó vergüenza ajena, él fue el único xenófobo: los candidatos no sólo no cayeron en su extraña trampa de rechazar la inmigración de peruanos en Chile, sino que tuvieron la oportunidad de demostrar su inspiración de integración Latinoamericana.
