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Agosto 18, 2026

Una tragedia familiar revela el carácter clasista de nuestra prensa


{mosimage}Un drama familiar alcanzó a ser portada de algunos periódicos, tema destacado en otros y titular en la televisión. La desaparición del joven Santiago Errázuriz, que derivó en tragedia, ha sido también una nueva exhibición del carácter clasista e irreflexivo de nuestra prensa. Apellidarse Errázuriz es en el Chile del siglo XXI motivo más que suficiente para que la prensa nacional levante una tragedia familiar y la convierta en noticia de relevancia nacional.


La Segunda, aquel vespertino que mantiene en estado de hibernación  los últimos y más concentrados resabios del conservadurismo, llamaba al joven del colegio San Ignacio de El Bosque (no de la comuna; de Providencia), “el estudiante Errázuriiz”, que recuerda aquellos títulos otorgados a sí mismos por los miembros de la burguesía criolla, tales como la doña, el caballero, el licenciado, el doctor, títulos adquiridos desde la cuna, en muchos casos -“don Carlitos está llorando…”, “don Augustito se hizo caca”- y otros más ganados (en el sentido de un sorteo social) por los efectos de aquella cuna, que colocaban más tarde a los nenes en el manejo de los fundos, de las industrias, y, ahora, en las gerencias y directorios de las empresas privatizadas globalizadas.
 
Comparto profundamente el dolor de esta familia. Pero otra cosa es observar el carácter clasista, una vez y otra vez más, de nuestra prensa, elaborada por profesionales esencialmente clasistas. Jóvenes y adolescentes deprimidos y angustiados pueden desaparecer todas las semanas de las poblaciones de las ciudades chilenas, pero se trata de chicos sencillos, también estudiantes, que no ostentan título ni rancio apellido.


Hace poco menos de un año la prensa levantó otro evento similar cuando desapareció en Tailandia por el tsunami la hija de Alan Cooper. Hubo, sin embargo, un matiz: se trataba de la chilenización de una tragedia global, o también, de nuestra integración y participación en un evento mediático global (que era también una tragedia global).

 
El caso de Santiago Errázuriz no está relacionado con nada propiamente noticioso. No tiene una relevancia social ni política, no se trata tampoco de un caso policial –creemos- ni de un hecho extraño o misterioso. Lo único que ha mutado esta tragedia en noticia es el carácter clasista de nuestra sociedad, el que está amplificado por los medios. Podemos incluso decir que nuestra prensa no sólo reproduce esta condición, sino alimenta el clasismo en la sociedad chilena.
 
Pero hay otro fenómeno deformado en estos medios: es su esencia irreflexiva, o la actitud de rebaño. No siguen la información, sino la noticia que tiene otro medio. No actúan por reflexión, sino por mimesis. Aquí no hay realidades, sino noticias, que son eventos ya formateados y previamente elaborados. Tampoco hay información, porque es espectáculo, que es la información entendida como un mero producto. Y el producto es también, bien sabemos, mercancía.