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Agosto 18, 2026

El esplendor de la política-espectáculo

Michelle Bachelet presentó su programa de gobierno un día
antes del debate presidencial en televisión. Se trataba, tal vez, de la acción
más determinante para su candidatura, de los contenidos ordenados de su discurso,
el que, acaso, salvo un titular oblicuo en La Tercera (algo así como ¡Bachelet
quiere subir los impuestos!), pasó sin convertirse en noticia.

Es posible que los periódicos –y sabemos muy bien cuáles
son nuestros periódicos de circulación nacional- no relevaron su programa como
muestra de pluralismo –“o todos aparecen o ninguno”- pero la mínima cobertura
responde con más precisión a otros aspectos bastante más extendidos: desde hace
ya mucho tiempo la política y las campañas dejaron de tener como eje argumental
un programa de gobierno. Las campañas se basan en temas, o “las cosas que le
interesan a la gente”, como ha repetido, pero ya repite menos, el candidato de
la UDI. La delincuencia es hoy el tema, el que ha estado precedido por el
desempleo, las malas pensiones y algunos otros un poco más escasos no por sus
posibles impactos electorales sino por su complicación política, como lo es el
acceso masivo a una salud y educación de calidad, o el tema, aún más complejo,
de la desigualdad social.

Decir que las campañas son así porque han sido inventadas
por el sistema político medial norteamericano es una afirmación fatalista y
resignada.  Por cierto que para un
funcionario de partido será también una afirmación cínica y oportunista: “Esto
es lo que hay”, o “así funcionan las democracias modernas”.

Colocar los ejes argumentales de la campaña en temas que
son meros efectos de causas más o menos evidentes es no querer atender a esas
causas o, en cierta manera, actuar con cinismo y engañar al electorado. En esta
campaña el único gran tema ha sido la delincuencia y sus medidas de control,
pese a que cualquier análisis debiera diagnosticar sus causas. Hacerlo, sin
embargo, sería ingresar en la verdadera política, algo que ningún político
tradicional parece dispuesto a hacer.

Los candidatos –cito aquí nuevamente al fallecido teórico
norteamericano Neil Postman- reducen su discurso al lenguaje de la televisión
o, con suerte, a la estructura y lógica del titular de portada de un diario.
Esto es simplificar al máximo la política hasta llegar a aquel discurso propio
del marketing y la publicidad. La propuesta de una cárcel-isla tal vez jamás ha
sido pensada para ser construida, pero sí como una sagaz figura retórica que se
instala en la opinión pública y en el potencial electorado.

Se dice que los políticos han de adaptarse a la lógica
(comercial) de los medios; el buen candidato ha de ser “mediático”. Pero ¿es
posible afirmar que toda la estructura política funcione para los medios?
Llegar a hacer esta afirmación es creer en lo que Guy Debord llamó durante la
vorágine de mayo del 68 la “sociedad del espectáculo”.

Un clásico de la teoría de la comunicación como el
sociólogo norteamericano Paul Lazarsfeld decía a mediados del siglo XX que la
campaña electoral había terminado en los precisos momentos cuando ésta se
iniciaba. Lo que en realidad decía Lazarsfeld era que los actores políticos
estaban siempre electoralizando la
política, lo que es, en cierto modo, una verdad: Lavín no ha sacado hoy el tema
de la delincuencia. Ha sido levantado de forma persistente por la derecha, lo
que es, también de cierto modo, una forma de estar siempre en campaña.

No hace falta introducirse más en las mecánicas ni
orgánicas de los partidos chilenos. Es un “tema” demasiado conocido, que poco o
nada puede interesar. Sin embargo es de mayor interés regresar a la idea
anterior de la relación íntima entre un político y los medios con objetivos
electorales. En PF 601 salió publicada una brillante columna del teórico
brasileño Frei Betto titulada  “Se venden
candidatos”, en la que expone el actual escenario político carente de
ideología. El profesional de la política, que hace una carrera política, sin
más ideología que la pragmática, estará siempre en una exposición ante los
medios más por interés personal que colectivo. Este personaje, que moldea un
discurso simplista o tecnocrático hacia los medios hará depender cada uno de
sus actos de los sondeos de opinión. Y no sólo se ocupará qué decir, sino cómo
decirlo, que es, a fin de cuentas, la esencia del discurso publicitario. En un
escenario político sin contenidos, más vale la forma, la retórica, las
ilusiones y los deseos o (falsas) expectativas generadas.

La estructura del foro de CNN y Canal 13 responde a la
perfección con este modelo de la política espectáculo. Pocos minutos, pocos
temas, que han de ser trabajados por cada candidato como un spot publicitario
de televisión. No hay diferencias entre la publicidad de un producto y la
promoción de una candidatura. En ambos casos hay un cliente y un objeto que se
destaca a modo de mercancía. Pero hay una no menor diferencia: a través de la
publicidad podemos conocer y finalmente adquirir ese objeto, aun cuando nos
resulte frustrante o inútil. En el caso de la publicidad política, nos quedamos
con el puro mensaje, que es como haber adquirido el spot publicitario.

 

Columna publicada en Punto Final 

 

*Periodista chileno