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Agosto 19, 2026

Los nuevos invasores

La obra del dramaturgo Wolf, Los invasores, causó
sensación en el Santiago de los años 60. Por cierto, que el barrio alto
de nuestra sociedad era muy distinto al de ahora: no había alarmas
electrónicas, ni arcángeles Lavín, ni muros que aíslen a los
propietarios de las poblaciones que, en esa época, colindaban con las
casas de los ricos. A la familia de la obra de marras le gustaba
disimular su riqueza, asimilándose a la clase media: tenían un
televisor en blanco y negro Bolocco, traído de Arica y su mayor gozo
era comprar vestidos en el puerto libre de esa ciudad norteña o, a lo
máximo, viajar a Mendoza. 

Hoy,
a esta familia le quedaría chico el destruido Cancún o las playas de la
República Dominicana. Actualmente, la riqueza está escondida en los
muros del miedo, pero se ostenta como signo de éxito en la vida. Los
miembros de la familia rica eran buenas personas y estaban dispuestos a
dialogar con los pobres invasores, pero, poco a poco, estos se pusieron
las pantuflas del dueño de casa, se tomaron el whisky argentino de la
coctelera y se apropiaron del alma y de los bienes de estos buenos y
acaudalados propietarios. Se veía venir el poder popular y el triunfo
de Salvador Allende.

Increíblemente, en París del
2005 ocurre un drama similar: los cómodos burgueses franceses, tan
buenas y solidarias personas, han convivido, durante decenios, con los
invasores argelinos, marroquíes, tunesinos y de otros países de
Ã?frica. El centro de la capital pertenecía a los franceses,
triunfadores y gozadores de la vida: ahí se comían los mejores quesos y
los ricos caracoles, que no tienen parangón en el mundo. Las afueras de
París estaban destinadas a los hijos de los magrebianos, hoy
convertidos en franceses. La banlieue, así se llama a estos barrios
periféricos, eran un reinado de los alcaldes comunistas que, como
buenos padres protectores, formaban centros culturales, cuyos nombres
recordaban a grandes poetas y presidentes de izquierda: Aragón, Neruda,
Salvador Allende, y tantos otros. Era el cinturón rojo que rodeaba
París. 

Los
habitantes de la periferia pasaban el día en colas de las agencias
estatales de empleo para cobrar un subsidio; otros trabajaban como
guardianes en fábricas y supermercados. Personalmente, viví diez años
como exiliado en la ciudad de Orly y frecuenté los mismos empleos
destinados a los emigrados y, como padezco de una dislexia, en todos
los empleos no alcancé a durar un mes, lo que no me permitía gozar del
anhelado aporte estatal destinado a los cesantes. 
 

De
repente, se derribó el muro de Berlín y los emigrados, ahora franceses,
comenzaron a hacer tonterías, huérfanos de sus protectores ediles
comunistas. Muchos de los electores votaron por sus verdugos, los
nacionalistas de Le Pen: el cinturón rojo se convirtió en pardo. A
Jacques Chirac se le ocurrió, sin que nadie lo obligara, convocar a un
plebiscito sobre la constitución de la Unión Europea, que nadie la
leyó, ni la entendió, pero una mezcla de ex eurocomunistas, socialistas
de izquierda y fascistas nacionalistas, más miles de personas
desengañadas, hicieron triunfar el No a la constitución: cómo vamos a
aceptar el ingreso de los turcos o de los ex comunistas de Europa del
Este. ¡Francia para los franceses!, decían orgullosamente. El euro se
pegó un costalazo respecto al dólar, del cual no se repone hasta ahora.
Era la Francia de siempre; de los jacobinos que acabaron en el Termidor
ya no había ni robespierres, ni dantones, ni babeuf, sino un sordo
malestar, cuyo único punto de encuentro lo constituía el famoso
nacionalismo. Era la misma dulce Francia del egoísta Luis XIV que,
entre canapés, sostenía que después de mí, el diluvio; la del limitado
Luis XVI, que escribía en diario, el 14 de julio, toma de La Bastilla,
rien nada- .
 

Los
economistas, que son unos profetas al revés, que sólo saben analizar el
pasado, como los camaleones, dicen que nada grave ha pasado: la bolsa
de París sigue en alza, el capitalismo es tan fuerte que ha resistido,
con toda facilidad, el derrumbe de las torres gemelas y los atentados
de Madrid y Londres. Es cierto que Europa crece apenas un 2%, pero aún
nos da para seguir con nuestras viejas y ahorrativas costumbres
campesinas, que nos permitan seguir gozando del banquete de Mamón; poco
importa que la cesantía se mantenga en dos dígitos por decenios, son
cesantes estructurales que, por último, los auxiliamos con subsidios y
pequeños y temporales trabajos; si no se mueren, es seña de que están
bien. 
 

Cuando
el sol dejó de calentar a la bella ciudad luz aparecieron los jóvenes,
habitantes de los suburbios que, aburridos de las ratonadas, -los
racistas franceses llaman despectivamente a los árabes ratones- que la
policía, de tiempo en tiempo realiza en las poblaciones so pretexto de
buscar delincuentes. Como puede ver, estimado lector, el arcángel
Miguel Lavín no ha inventado nada nuevo. Los jóvenes franceses,
descendientes de los africanos, sacaron toda la furia acumulada y
comenzaron a quemar cuanto automóvil encontraron; como la furia, el
miedo, el rencor y la miseria se expande como el aceite, las provincias
también fueron abrazadas por esta rebelión contestataria y,
posteriormente, se prolongó a Bélgica y a Alemania, que convive
difícilmente con la población turca.
 

En
los templos de la religión neoliberal está prohibido hablar de los
pobres. Los indicadores económicos no son capaces de mostrar a los
pobres que no aceptan su triste vida; por lo demás, el Estado, según
Max Weber, es el monopolio del uso legítimo de la fuerza. En
consecuencia, declarar el Estado de Sitio y aumentar el contingente
policías garantiza detener esta anárquica furia. Como los gobernantes
son buenos y aman a su pueblo después, una vez calmada la situación,
podremos pensar formas que hagan más humano el modelo, pero jamás
pensar en reemplazarlo: el Leviatán neoliberal no puede vivir sin
tragarse a los excluidos de los goces del capital.
 

Esto
no tiene nada que ver con Chile: en nuestra patria la gente es
tranquila. Los que ganan pensiones entre $30.000 ó $40.000 son capaces
de sobrevivir dignamente; los empleadores adoran a los trabajadores,
todos tienen contrato indefinido, a nadie le pagan con boletas de
servicio; las Isapres aseguran una salud, de alta calidad, a sus
afiliados; en los Liceos enseñan a los alumnos, desde inglés, hasta
chino-mandarín; el Estado es un benefactor, que acaba de subir a un 5%
el sueldo a los empleados públicos. Eso del monopolio de la fuerza
legítima o ilegítima no va con nosotros, sólo creemos en el bien común.
No me explico. Dice un cándido político, cómo en los informes de
Naciones Unidas la mayoría de los encuestados se sienten unos
derrotados por el modelo. Por qué aparecemos como el país de más mala
distribución del ingreso, cómo se le ocurre a Lamarca, un empresario
exitoso, decir que unos pocos monopolios estrujan la teta; esas son
puras leseras, dice nuestro cándido interlocutor; está en la naturaleza
humana siempre querer más, mire usted, yo gano tres millones de pesos y
a veces me falta para terminar el mes o pagar la matrícula de mis
hijos, en las maravillosas universidades privadas.
 

Nuestros
candidatos son gente sensible que asume como propias las tristezas y
miseria de sus probables electores: el arcángel Lavín, además de
regalarle alas para que vuelen en el cielo de la rentabilidad, les dice
estoy contigo y, ahora te toca a ti. Michelle, que como buena mujer es
madre de todos los chilenos, deja caer un lágrima furtiva entre los
vidrios de sus anteojos al ver la miseria de los desdentados ancianos
jubilados, y les promete que desde el primer día de su reinado les
mejorará, substancialmente las pensiones. Para eso nadamos en plata.
Craso Piñera profetiza que en cuatro años no quedará ningún pobre en
Chile y que es posible que los hijos de empleado público, como él, se
conviertan todos en pilotos de LAN. El arcángel Miguel Lavín nos llama
por teléfono asegurándonos que, en su reinado, a nadie le robarán la
billetera después de recibir nuestros suculentos sueldos, pues todos
los cacos se entrenarán en la Isla del Diablo para cantar el aria de
los bandidos, en la ópera Carmen, ópera que se estrenará en el
arruinado Teatro Municipal, el 18 de septiembre del 2010, fecha del
Bicentenario de la República. Juan Bautista Hirsch nos promete ser
bautizados en el Jordán para formar parte del ejército mundial de los
luchadores contra el neoliberalismo.
 

Que
a nadie se le ocurra proponer cambiar el modelo, si nos ha hecho tan
felices: de una ciudad colonial Santiago se ha convertido en una
megalópolis, llena de carreteras de alta velocidad. Es posible mejorar
la repartición del ingreso, subir algunos impuestos, pero sin tocar a
las empresas privadas del cobre. A lo mejor comprar más computadores
para que los niños se entretengan con algunos juegos electrónicos;
repartir condones a diestra y siniestra, pero jamás proponer una
utopía, un sueño despierto. A lo mejor Alberto Hurtado, que es un santo
distraído, deja abierta la cañería del cielo y el chorreo se transforma
en chorro de bienes, destinados a los pobres. ¡Señor, dame tu
fortaleza!