No es, entonces, el contenido de las imágenes lo que nos preocupa, sino su contexto de recepción. Por ejemplo, ¿con quién comparte un chico sus horas frente al televisor?
Cada vez más chicos conviven en su habitación con computador, TV, radio y videojuegos. Los adolescentes aumentaron el uso solitario de los medios de comunicación. Los jóvenes de los 2000 no miran más TV que los de 1990, pero lo hacen más en soledad. Los adolescentes crecen en un universo audiovisual y están acostumbrados a su omnipresencia en el espacio privado y en el público. El espacio familiar se privatiza y el público entra en un espacio reservado: el dormitorio.
Esto no significa que hay que des responsabilizar a los medios de comunicación por las imágenes que transmiten. Pero la única violencia que nos debe preocupar, más aún tratándose de nuestros hijos y de su formación como personas, es aquella cuya intención es la abolición del pensamiento. La imagen es violenta cuando le quita al espectador su lugar como sujeto que piensa. Es violenta cuando adormece el pensamiento apelando a la emoción por la emoción.
Frente a la abolición del pensamiento y la distancia, la única clave reside en la capacidad del espectador para re-significar las imágenes que recibe. Dar herramientas de análisis de las imágenes desde la casa y la escuela permitirá que los espectadores niños y adultos- puedan pensar las imágenes y no sólo sentirlas. Estamos hablando de enseñar a ver, aprender a pensar y a hablar de lo que se ve.
Decir lo que vemos, nombrarlo, describirlo, interrogarlo. Detener la imagen y pensarla. Acompañar al niño y al joven en su mirada, para ayudarlo a poner en palabras sus emociones y su reflexión.
Es más fácil prohibir ver que permitir pensar. Cuando se busca controlar las imágenes, en realidad se quiere asegurar el silencio del pensamiento. Y cuando el pensamiento pierde sus derechos, acusamos a la imagen. Cuando la imagen quita al espectador su lugar, generando emoción por emoción o miradas simplificadas y reductoras, la única alternativa real de defensa contra el empobrecimiento mental progresivo de niños, jóvenes y de la sociedad en su conjunto es que el espectador logre encontrar, enriquecer y defender su lugar y su voz.
Antes que prohibir imágenes o condenar emisiones, es imperativo hoy tomar en serio la formación de las miradas y las voces. Y éste es un desafío para la educación y para los padres.
La amnesia y la sensibilidad van con frecuencia juntas. Pero es la acción sostenida de padres y escuela la que permitirá al espectador que en el recuerdo de la imagen, no exista sólo emoción, sino también pensamiento y juicio.
* Director Ejecutivo de la Fundación Educacional ORT
