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Agosto 19, 2026

Las líneas oblicuas que dejó la guerra


Europeos y latinoamericanos coinciden: el campo de la integración regional es fértil en proyectos, pero ellos se ven arrasados, cíclicamente, por ventarrones como el que hoy se cierne sobre Chile y Perú.

 


Para calibrar mejor la importancia del diferendo peruano-chileno, puede ser útil colocarse en la perspectiva de personeros que no detentan ninguna de ambas nacionalidades. El miércoles tuvimos la oportunidad de conocer las impresiones de un dignatario iberoamericano y  un diplomático europeo con asiento en Santiago. Los dos sentían preocupación por lo que estaba ocurriendo.

El primero puso énfasis en la necesidad de que las partes se supieran escuchar y que cada una se colocase en el lugar de la otra. El segundo le dio derechamente la razón a Chile, juzgando que la cuestión de los límites marítimos ya estaba resuelta en los convenios de 1952 y 1954. No es del caso, agregó, que no haya tratados ratificados por los parlamentos de las naciones involucradas, puesto que todos los acuerdos entre Estados tienen validez jurídica.

En esa óptica, el europeo visualizó la solución del problema por la vía bilateral. El latinoamericano insistió en lo virtuoso que resultan para aventar estos obstáculos los avances en integración territorial, infraestructural y energética.

Desde ambas posiciones se puede extraer claramente la conclusión de que la comunidad internacional sigue este tipo de problemas, pero entiende que ellos deben resolverse a través de la diplomacia bilateral y que los terceros sólo pueden expresar su buena voluntad para promover el entendimiento entre las partes. Ni la Organización de Estados Americanos ni la recién creada Secretaría General Iberoamericana pueden hacer mucho.

¿Qué sentido tiene, entonces, la fuerte ofensiva que Chile desató en el terreno internacional, enviando emisarios especiales a Buenos Aires, Brasilia, Quito y La Paz; anunciando en un primer momento que acudiría a la OEA e informando a los embajadores de EE. UU., país garante, y del Reino Unido, que ejerce la presidencia rotativa de la Unión Europea?

Fueron gestiones a título informativo y no de búsqueda de apoyos o resoluciones, se aclaró más tarde, cuando el Presidente Lagos multiplicó sus llamados a la cautela. Acaso hayan tenido también el carácter de preventivos, si el mar en disputa se encrespa después.

Esta vez fue el Perú el que decidió guardar la compostura, sin perjuicio de que calificara de inaceptable la reacción chilena ante su anuncio de ejercer su soberanía legislativa, procesando una ley de líneas de base para proyectar su mar patrimonial: líneas oblicuas como la terrestre de la Concordia- en vez de rectas.

El gobierno chileno, en vez de poner los paños fríos que reclamaron algunas autoridades parlamentarias de la contraparte, creó una serie de imágenes de emergencia: el Jefe de Estado arribando en helicóptero a Cerro Castillo, donde se reunió con los altos mandos castrenses; cita alargada en la residencia presidencial en Santiago del comité político de ministros en día feriado y cena, esa noche, con la candidata presidencial Michelle Bachelet, experta en temas de Defensa, se recordó, y -pese a los resquemores que este gesto despertó en los otros abanderados- ovación de pie de los diputados opositores para aprobar, junto a los oficialistas, un proyecto de acuerdo que respalda la gestión del gobierno en el diferendo.

Claro, Perú es el que tomó la iniciativa y Chile sólo se defiende de una agresión. Pero por la rendija de estos gestos se colaron los chovinistas y militaristas de siempre, a ambos lados de la frontera, y aquí se escucharon expresiones ensalzando a las Fuerzas Armadas por el rol que cumplen y pueden llegar a cumplir en caso que el conflicto se caliente. Se proyectan, por un lado, escenarios de guerra y, por otro, se aprovecha de reivindicar, sibilinamente, la represión que ejercieron los militares en contra de civiles chilenos durante los años de plomo.


La diplomacia tiene que sacudirse los uniformes y la de Santiago, en particular, empatizar con los vecinos. Como  decía el alto funcionario internacional citado al comienzo, países como Bolivia y Perú despiertan fácilmente la solidaridad internacional por haber perdido mar y tierra en una guerra. Donde latinoamericanos con vocación regionalista y europeos con cariño hacia este subcontinente ven tronchados sus buenos deseos es en el campo de la integración: lo ven tan fértil en proyectos, pero arrasados, cíclicamente, por ventarrones nacionalistas como el que hoy se cierne sobre Chile y Perú.