Si el director alemán Oliver Hirschbiegel empatiza o no con Hitler en su filme La Caída es una cuestión que parece resuelta después de transcurrido, aproximadamente, el primer cuarto de hora del metraje.
Hasta entonces, efectivamente, el Führer que encarna el actor suizo germano Bruno Ganz es un hombre afable con el personal que le sirve y afectuoso con su perra y su novia. En contraste, se le ve más distante con sus generales, pero respecto de ellos se produce una de las situaciones más curiosas de este drama con factura de documental: mientras los lugartenientes se debaten en la confusión y el desbande, el líder insufla el ambiente con una fortaleza de ánimo basada en la fe en las tropas que combaten fuera del bunker Ese es el momento de empatía con el genocida, en que el espectador cándido puede caer en la trampa insensiblemente tendida por el realizador, gracias la hipnosis cinematográfica.
Pero, de repente, todo estalla y se da vuelta. Cuando el Estado Mayor le hacer ver al Führer que, en realidad, el Tercer Reich se desmorona sin reversa, el temple del liderazgo revela su naturaleza sicótica y se hace furia contra los traidores que no quieren defender Alemania.
Este es el punto de quiebre de la humanización del Gran Dictador. De ahí en adelante todos los gestos hacia la enajenada Eva Braun, los niños Goebbels y la candorosa secretaria Traudl sólo reaparecerán como el otro lado del sicópata capaz de ordenar el exterminio de millones de judíos y la ejecución de sus propios hombres.
La posición de algunos sectores de opinión de que el director Hirshbiegel no debió malgastar película en mostrar ese Hitler humano no quiere tomar en cuenta que todo asesino en serie en este caso el mayor criminal en la historia de la humanidad- posee siempre una doble personalidad: la más afable atrae a sus víctimas o concita el apoyo de su pueblo, en el filme representados por sirvientes y secretarias, que dudan en abandonarlo, y por la señora Goebbels, que no imagina a sus seis hijos crecer en un mundo sin nacionalsocialismo y prefiere, por lo tanto, asesinarlos.
Los gritos postreros de Hitler se nutren, en La Caída, de los ecos de los discursos auténticos registrados audiovisualmente a lo largo de su ascenso y auge. Inédito resulta el tono más coloquial y relajado que el intérprete Bruno Ganz logró para los momentos privados, a partir de su estudio de la grabación clandestina de una conversación informal del dictador, en 1942, con un aliado finlandés, el mariscal y político Mannerheim. Es decir, la doble personalidad no sólo es verosímil, sino que está documentada.
Hay otros momentos que muestran a Hitler en un estado intermedio, de reflexión desesperanzada dentro de su fanatismo. Como cuando cree que, al menos, se le reconocerá que tuvo razón en limpiar el espacio alemán del judaísmo. O cuando emite la atroz sentencia de que el pueblo alemán merece ser destruido, porque no supo defenderse. Ahí no sólo es fiel a una de sus máximas los débiles no pueden sobrevivir-, sino que expresa una profunda decepción personal: él, como austriaco, se subió a la historia de un pueblo que creía superior y éste, finalmente, no fue capaz de demostrar que lo era.
Son algunos de los aspectos de un complejo personaje que se extraen de un filme que, al mismo tiempo que no podía reflejarlo íntegramente, muestra piedad con sus restos mortales, al no querer enfocarlos después del suicidio junto a su recién desposada mujer.
Basado en parte en el diario de vida de su secretaria Traudl Junge, este docudrama termina con una benigna ambivalencia, al hacer suya la justificación culpable de esa mujer: ella no era nacionalsocialista cuando se incorporó al servicio del Führer y nunca supo de las atrocidades que se concibieron, pese a estar dentro de su círculo de hierro. Pero, agrega, debió saber que el mismo día de su iniciación una joven judía de su misma edad era ejecutada en una cámara de gas.
Estas dualidades han bien alimentado la polémica en torno a un filme que basa su amplia convocatoria a la taquilla en la pasión que despiertan sus atribuladas imágenes, frías, terribles y entrecortadas como el ruido de la metralla que las acompaña en la sincronización sonora.